sábado 7 de noviembre de 2009

CUANDO LOS DIOSES REGRESEN - XI

CUANDO LOS DIOSES REGRESEN
(Novela por entregas)

David Posse


CAPITULO ONCE


Convenientemente purificados tras ser regados con la sangre de una víctima sacrificada en los altares del templo con ese único fin, todavía con ésta fresca sobre sus ropas, goteando, los recién llegados se dirigen presurosos atravesando oscuros pasillos hasta la sala en donde Moctezuma los aguarda rodeado de sus nobles y familiares que forman la corte.
En la puerta los espera uno de los mayordomos del emperador, que les facilita la entrada. Los tres mensajeros avanzan por el amplio pasillo sin detenerse más que cuando llegan frente al estrado en el cual Moctezuma, sentado e impaciente, aguarda.
Hacen una profunda reverencia y tras arrodillarse, permanecen agachados hasta que éste, luego de mirarlos con gravedad largos instantes, como intentando adivinar las nuevas que portan, les ordena hablar.
Solo uno de ellos levanta la cabeza para tomar la palabra mientras los otros dos permanecen sumisamente encorvados.
-Mi señor. Tal y como nos habéis ordenado, fuimos a la vencida Tlaxcala a llevar vuestro mensaje a los extranjeros. Como ya sabéis, esta provincia, ahora derrotada por ellos, les rinde pleitesía. Los extranjeros desbarataron sus ejércitos, muy superiores en numero, por tres veces-
-Lo sabemos, continuad-
-Siguiendo vuestras ordenes, fuimos con nuestra embajada ante los forasteros, los cuales ya se encontraban cómodamente instalados en la ciudad. Nos recibieron bien, y aunque por momentos, debido al mal recibimiento del cual fuimos objeto por parte del pueblo, temíamos que los tlaxcaltecas nos matasen, ellos nos ampararon y nada malo nos sucedió. Nos presentamos ante su general, que nos agasajó y nos honró. Recibió con agrado los presentes que le habéis enviado y le expusimos vuestro mensaje. Sin embargo, no nos contestó nada referente al tema, simplemente ordenó que nos hospedaran-
El embajador dirige una mirada de soslayo a sus acompañantes, que continúan encogidos y cabizbajos, desentendiéndose del asunto como si la cosa no fuese con ellos. En vista de la escasa ayuda que comprende va a recibir de sus compañeros, continua su narración. El emperador no dejó de notarlo. Las noticias eran malas y no querían ser ellos quienes las diesen. Su gesto se tornó más serio.
-Al día siguiente, mi señor, hicieron acto de presencia multitud de caciques. Todos ofreciendo sus hombres y sus servicios a los extranjeros. El consejo de Tlaxcala, con su derrotado general al frente, en una ceremonia inaudita en gentes tan belicosas, entregaron abiertamente sus ciudades, hombres, haciendas y campos al servicio de los extranjeros-
Moctezuma y el resto de los presentes escuchan en silencio. Como ya es normal en los últimos tiempos, las noticias, para no perder la costumbre, no son del agrado de ninguno.
-Nosotros, tras la ceremonia, hicimos ver a los extranjeros que los tlaxcaltecas no eran gentes de confianza y que no podían esperar nada bueno de todo aquello, mostrándonos sorprendidos por que gentes tan sabias como ellos se dejasen engañar por pueblos tan bárbaros, advirtiéndole que deberían pensar bien en lo que estaban haciendo con aquella alianza, pues los de Tlaxcala solo intentaban confiarles para luego traicionarles. Mi señor, su general no nos prestó atención. Antes bien, se ratificó en que no podía negar la paz a quienes se la pedían, pues esa era su intención, llegar en paz a todos los pueblos-
El mensajero se mira de soslayo las manchas de sangre que cubren su túnica, ya secas, antes de mirar fugazmente a su alrededor. Los rostros de los presentes continúan serios, esperando expectantes.
-En vista de que no tenía ninguna intención de tener en consideración nuestras palabras, nos sentimos desanimados y ultrajados, pero no cejamos en nuestro intento. Para ello, pusimos en su conocimiento cuanto deseáis vos el ser amigo y aliado de su príncipe y señor que los envía, para lo cual hicimos lo que nos ordenasteis. Le dijimos que estabais dispuesto a pagar todos los años algún tributo, y que también estabais dispuesto a repartir con él vuestras riquezas, ya que no podía ser si no un hijo del Sol y como a tal deseabais honrarlo-
-Y cual fue la respuesta-
-Mi señor, perdonadme, permitidme continuar, a eso voy. Le propusimos dos simples condiciones, tal y como fuimos aleccionados. Como vos sabéis, la primera era que los extranjeros no deberían aliarse con Tlaxcala, y la segunda que debían abandonar todo intento de seguir camino a Tenochtitlán, pues ni vos podéis recibirlos, ni el pueblo lo permitiría, esas eran nuestras condiciones y nuestras leyes-
-¿Han aceptado?- Pregunta de nuevo Moctezuma, con un vano brillo de esperanza en su mirada.
-Se limitó a contestarnos que parecíamos cansados, que lo mejor que podíamos hacer de momento era retirarnos a descansar y que en cuanto tuviese ocasión y estuviese menos ocupado, nos atendería-
Los murmullos invadieron el salón. Todos se mostraban sorprendidos por tan despectiva respuesta. Moctezuma levantó una mano imponiendo el silencio para que el mensajero pudiese continuar.
-Qué sucedió entonces. Habla!-
-Mi señor, los tlaxcaltecas dieron una gran fiesta con mucha ceremonia y agasajaron a los extranjeros como a los mismos dioses. Hubo discursos por parte de los caciques y el consejo, y poco después entraron formalmente en la ciudad. Durante tres días Tlaxcala fue una fiesta sin fin. La entrega de los tlaxcaltecas a los extranjeros fue total, de eso somos testigos. Nosotros íbamos de un lado a otro, siguiendo al general extranjero para que nos diese alguna razón, pero ni siquiera conseguimos acercarnos a él. Pasados los tres días fuimos conducidos a su presencia. No nos permitió decir nada, simplemente nos dio un mensaje para vos, mi señor-
El mensajero traga saliva ruidosamente antes de continuar.
-El mensaje es que deberíamos haceros participe e informaros cumplidamente de todo lo que habíamos visto, es decir, la rendición y entrega incondicional de Tlaxcala y sus provincias, así como las instancias y demostraciones que hacían de paz, tanto como del buen afecto que ahora reinaba entre ambos, extranjeros y tlaxcaltecas, pues éstos ya estaban totalmente a su disposición y no tenían otro dueño de su voluntad que él, y que siendo éste uno de los motivos de su embajada, se veía obligado a continuar su viaje hacia Tenochtitlán para solicitar vuestra benignidad y merecer vuestro agradecimiento. Es todo, mi señor-
-¡Esto es inaudito!- Exclamó Moctezuma. -Pero como se atreven a...!- De pronto guarda silencio, permaneciendo repentinamente pensativo. Con un gesto ordena a los mensajeros que se retiren, lo cual hicieron con presteza tras las reverencias de rigor.
Los murmullos se intensificaron de nuevo. Moctezuma se levantó con gesto airado y abandonó el salón con la vaporosa túnica ondeando tras de sí.
Con paso rápido se dirigió al templo mayor. Era grave la situación y hora de consultar con los dioses, no tenia tiempo que perder. Atravesó raudo los pasillos y patios del palacio. Varios sacerdotes y criados se cruzaron con él por el camino, pegándose rápidamente a la pared, manteniéndose agachados con gran reverencia hasta que éste, que ni les presta atención, desaparece de su vista.
En el adoratorio, solo ante las efigies de los dioses, los observa uno a uno con absorción.
-¿Ya todo está perdido?- Pregunta en voz alta.
“Tú estas perdido” resuena sorpresivamente una voz a sus espaldas. Con un gesto raudo se vuelve hacia quien lo increpa, pero allí no hay nadie. Sin embargo, la efigie pétrea de Yacatecuhtli le estaba sonriendo.
-Por qué dices que estoy perdido!- Grita a la estatua del dios.
“Porque eres un cobarde con las manos manchadas de sangre”
Otra vez a sus espaldas.
-¡No es cierto!- De nuevo, se gira hacia donde suena la voz. -¡Quien eres!, ¡quien está ahí!. Sal inmediatamente. ¡Comparece ante mí!- Pero el adoratorio estaba vacío.
Ahora era la imagen de Xochipilli la que se burlaba de él.
-¡Si hay sangre en mis manos, ha sido para honraros a vosotros!-
“Miradlo. El gran Moctezuma. Señor de Señores. Un cobarde cuya alma se ahoga en la sangre de sus víctimas, que viene a pedirnos consejo”
“Cobarde”
“Asesino”
Todas las estatuas convergían hacia él. Todas parecían hablarle a la vez. Todas le hacían muecas y se burlaban de él. Miraba aterrado hacia todas partes, pero las efigies se alzaban a su alrededor y se arqueaban sobre él, cerrándole el paso.
“Mátalos como a perros, no permitas que entren en tu reino”. Decían unas
“No seas necio!, son inmortales, ábreles las puertas si quieres salvarte”. Lo increpaban otras.
-¡Callaos!. ¡No tenéis razón!- Gritó, sin saber a quién.
“Tenemos todas las razones que puedas imaginar”
Tlahuizcalpantecuhtli, increíblemente, había descendido de su pedestal y estaba ante él con su mascara de calavera más sonriente que nunca. Sus ojos giraban sin descanso dentro de sus órbitas, aunque lo miraban fijamente. Repugnantes gusanos se arrastraban por su pétrea piel.
“Eres un cobarde. Tienes miedo de un puñado de extranjeros”
Ahora ya no era Tlahuizcalpantecuhtli el que le hablaba. Éste permanecía sobre su pedestal como si nunca se hubiese movido, como lo que era, una estatua de piedra. Era Mixcoatl el que estaba junto a él, gritándole al oído con voz atronadora mientras extendía los brazos.
“MÁTALOS!”
-¿Es eso lo que debo hacer?. ¿Matarlos?- Moctezuma giraba sobre si, mirando ora a uno, ora a otro, sin saber con certeza cual de los dioses era el que le hablaba, pues parecían hacerlo todos y ninguno a la vez.
“No, no seas loco. Ábreles las puertas, recíbelos como hermanos, o estarás perdido”
Huitzilopochtli estaba frente a él, observándolo sin parpadear.
“Si los atacas, estarás perdido. Ábreles las puertas”
“Cobarde. Mátalos o muere!”
Tezcatlipoca lo empujó desdeñosamente haciéndolo trastabillar.
“Tu tiempo se ha acabado”
Moctezuma estalló.
-¡Basta!. Malditos!. Malditos seáis por toda la eternidad!. ¿Qué consejo puedo esperar de vosotros?. Nada!. Sois tan inútiles como los sacerdotes que os sirven!-
“No necesitas ningún consejo. Los muertos no necesitan consejos. Y tú ya estás muerto”
-¡No!. No es cierto!. Estoy vivo!. Yo soy Moctezuma, Emperador del Pueblo Mexica, heredero y descendiente de Mexi!. No estoy muerto!. No!, estáis equivocados, condenados os veáis!-
Dándose secamente la vuelta en un rápido movimiento, abandonó el templo a la carrera, sujetándose la cabeza con las manos. En su cerebro continuaban resonando las palabras de los ídolos, persiguiéndolo como vengativas saetas.
“Estas perdido. Tu tiempo se termina...”
De nuevo regresó a la sala, entrando en ella con paso firme, ya más calmado tras la extraña visión que había tenido. Nunca se hubiera esperado que los mismos dioses compareciesen ante él. Aquello era algo inaudito. Otro prodigio. Y nefasto, también. Las conversaciones y discusiones continuaban en el salón, cada vez más acaloradas. Moctezuma no prestó atención y de un empujón apartó al sirviente que se le acercaba, solicito, para atenderlo.
-¡Aparta, imbécil!-
Subió al estrado. Nadie parecía haberse dado cuenta de su presencia y todos continuaban parloteando. Palabras vacías. Frases vanas que sonaban huecas sobre sus cabezas, rebotando en las paredes. Las mismas palabras, los mismos murmullos que lo habían acosado en el adoratorio.
-¡Callaos todos!- Gritó sobre el tumulto. Y todos guardaron un repentino silencio y lo miraron, asombrados por aquella explosión. Las frases dejaron de rebotar por las paredes de un lado a otro para caer en el vacío del silencio. Moctezuma habló con voz firme y grave.
-He tomado una decisión. No es posible detener a los extranjeros, así que voy a recibirlos. Serán invitados en mi corte y en mis palacios-
Las discusiones, tras unos inesperados segundos de silencio mientras asimilaban las palabras pronunciadas por su emperador, se recrudecieron y Moctezuma, apoyando una mano en su frente, como si algo en su interior le doliese profundamente, volvió a gritar pidiendo silencio.
-¡Escuchad!. Ya basta. He consultado con los dioses. No tenemos otra alternativa. Nada podemos hacer. Pero eso no impide que durante su camino hasta aquí, intentemos disuadirlos. Que mis generales se reúnan conmigo en mis aposentos. Que se prepare una nueva embajada. ¡Y marchaos todos de aquí!. Ahora!-
En breves instantes, un tumulto de gentes reverenciosas fue saliendo por las puertas y la sala quedó despejada. Poco después comparecen a su presencia los que serán enviados como embajadores ante los españoles.
-Escuchadme, y escuchadme bien. Llevareis este mensaje a los extranjeros: Moctezuma accede a recibiros y os espera con ansiedad y con los brazos abiertos. Haréis todo lo posible para que su camino sea grato. Yo ordenaré que en Chulola les tiendan una encerrona, pero vuestra principal misión consistirá en confiarlos y llevarlos hasta ella. Partid!-
Los embajadores se retiran a cumplir su misión haciendo las obligadas reverencias. Al otro lado de la plaza se acercan a un anciano que vende ungüento de serpiente para los riñones. No son los únicos. El anciano sonríe amistoso, mostrando al hacerlo una dentadura completa de oro. Piensa en donde podría estar ahora de haber sabido de aquel filón cuando joven...
Moctezuma permanece pensativo unos instantes con la mirada perdida antes de levantarse para dirigirse a sus aposentos, donde ya sus generales estarán esperándolo. Con paso cansado recorre el camino y entra en sus estancias. Allí, a la espera, permanecen en silencio los convocados.
-Atended, os he reunido aquí, en secreto, pues no es necesario que todo el mundo se entere. Esto es lo que haremos. Quiero que diez mil soldados sean introducidos secretamente en Cholula y se tienda una emboscada a los extranjeros. Por si falla, que todo es posible, deberá sembrarse el camino de trampas. No conocen la ruta, así que en las montañas deberéis hacer todo lo posible para perderlos. Si consiguen llegar hasta aquí, seremos nosotros los que estaremos perdidos. Cumplid mis ordenes y mantenedme informado en todo momento. Fuera-
Los generales se inclinan y se retiran sin replicar nada. Moctezuma, pesaroso, se acuesta en su lecho.

Las noticias van llegando con regularidad, tal y como él ordenó. Por medio de los espías se entera de que los extranjeros han salido hacia Cholula y avanzan en compañía de unos seis mil tlaxcaltecas que el consejo ha puesto a su disposición. Asimismo, otros cien mil han quedado en Tlaxcala a la espera. Y cien mil totonacas más aguardan en Tabasco la orden de ponerse en camino. Aquello supone un inmenso ejército. Día a día es informado de lo que acontece.
En principio, parece que todo va saliendo según lo planeado. Los extranjeros entran en la ciudad sin que a los tlaxcaltecas se les permita la entrada, por tratarse de enemigos. Eso es lo convenido, pues si el ejercito de Tlaxcala penetra en la urbe, su emboscada probablemente no tendrá el menor éxito. Éstos permanecen acantonados fuera de las murallas. Estupendo, las cosas van saliendo como las ha proyectado. Hasta el momento, todo va bien.
Pocos días después, cuando Moctezuma se hallaba en la Casa de la Serpiente asistiendo a un sacrificio, uno de sus mayordomos hace acto de presencia. Mientras el cautivo es sacrificado y agoniza a manos del sacerdote y sus ayudantes, los cuales, tal vez nerviosos por la importancia del acto, se muestran bastante chapuceros en su labor al extraer un trozo de pulmón en lugar del corazón, lo cual obliga al sacerdote a introducir de nuevo la mano en la abertura, tanteando, mientras el sacrificado grita como un cerdo degollado ahogándose en su sangre, el criado permanece en el pasillo interior sin atreverse a entrar, muy consciente de como se las gastaban por allí con aquellos que andan metiendo las narices donde no deben, pues no es sano interrumpir una ofrenda bajo ningún concepto a menos que se pretenda ser la siguiente víctima. Cuando todo termina, los compungidos y ensangrentados sacerdotes acompañados del emperador abandonan el matadero. El mayordomo se deja ver y se presenta ante su señor, inclinándose.
-¡Mi príncipe!- Habla mientras hace una reverencia. -Debéis venir, tenemos noticias de Cholula. Han llegado varios mensajeros-
Moctezuma sigue al mayordomo que le va abriendo camino hasta llegar al salón, donde efectivamente, ya varios mensajeros están esperando, que se arrodillan e inclinan mientras él se sienta. También van entrando varios nobles y cortesanos los cuales no han perdido el tiempo para dirigirse al salón al recibir la noticia de la llegada a la corte de los mensajeros con nuevas.
-Qué noticias traéis de Cholula. ¡Hablad!-
-Mi señor, las noticias no son buenas...-
Murmullos apagados recorren la sala. Moctezuma siente como si oscuras sombras desfilasen bailando ante sus ojos. Un ramalazo de ira ardiente atraviesa su cerebro de parte a parte, pero pronto cesa. Pese a que contaba con tal posibilidad, no cree estar preparado para lo que sospecha que va a escuchar.
-Eso ya lo veo. Por vuestra cara y la prisa con que habéis llegado, lo supongo. Pero sean cuales sean las noticias, comenzad por el principio y explicaos-
-Poderoso señor. Los extranjeros no han caído en nuestras trampas. A estas horas las calles de la ciudad están sembradas de muertos. Nuestros muertos-
Los murmullos elevan su tono, Moctezuma levanta una mano para imponer silencio.
-Tal y como convenimos, los tlaxcaltecas no entraron en la ciudad- Continúa el mensajero. -Se acogió a los extranjeros, y los caciques los visitaban diariamente para ganarse su confianza, agasajándolos, regalándolos, enviándoles grandes cantidades de alimentos, incluso esclavas que los satisficiesen, todo lo que fuese necesario con el objeto de mantenerlos entretenidos en sus aposentos, mientras secretamente las calles eran cortadas por grandes zanjas, en cuyo interior se clavaron maderos afilados, para que ellos y sus bestias cayesen en ellas. Se llenaron las azoteas de piedras, grandes piedras para dejarlas caer sobre los extranjeros a su paso, y vuestros soldados fueron introducidos poco a poco y secretamente en la ciudad vestidos de peones, campesinos o mercaderes para no llamar la atención, con sus armas ocultas. Todo estaba preparado-
-Entonces qué ha pasado, por qué ha fallado todo, si estaba preparado!- Moctezuma parece a punto de estallar. Mira fijamente al mensajero, el cual baja más la cabeza antes de continuar.
-Veréis, señor. Tal vez la culpa no sea de nadie, tal vez de los caciques. El caso es que en cuanto vuestros hombres estuvieron por la ciudad, los caciques dejaron de proveer a los extranjeros, y probablemente por esta causa, comenzaron a recelar. Por lo que hemos sabido luego de boca de los Zempoales, hubo algún tipo de filtración. También parece ser que mientras los alimentos dejaban de proveerse, las mujeres y los niños fueron retirados de la ciudad para ocultarlos en las montañas ante la inminente batalla. Los tlaxcaltecas acampados en el exterior pudieron observar estos movimientos y avisaron a los de dentro-
-Hablas de una filtración. A qué te refieres!-
-Mi príncipe, como bien sabéis, con ellos viajan varias esclavas. Una de éstas mujeres que los acompañan les sirve de interprete. Una esclava entregada junto con otras varias por el cacique de Tabasco. La madre de uno de los caciques, compadeciéndose de su condición y pretendiendo ayudarla, la puso sobre aviso de la trampa que contra ellos se tramaba, y esa serpiente, que es sangre de nuestra sangre, pues pertenece a nuestro pueblo, despreciando a quien intentaba salvar su vida, comunicó a los extranjeros lo que se preparaba-
El mensajero se detuvo un momento para tomar aliento de nuevo. El mayor de los silencios pesaba como una losa funeraria sobre los presentes, llenando todos los huecos, todos los rincones. La oscuridad, apenas disipada por las antorchas, parecía caer sobre ellos sin remedio y la luz procedente del exterior no podía disiparla. Tras una vacilación, el emisario continúa su relato.
-Los extranjeros, ya avisados, ordenan llamar a su presencia a los sacerdotes, los cuales, una vez viéndose cautivos, no tardaron mucho en confesar que había una conjura, reconociendo que esa misma mañana habían sacrificado diez niños con sus propias manos, cuya sangre, todavía fresca, cubría sus prendas, ceremonia obligada cuando se va a emprender una batalla-
El mensajero alza la cabeza, aunque sin mirar directamente a su emperador, el cual se frota las sienes en un gesto de desesperación. Con voz que intenta mantenerse firme, el comisionado sigue narrando.
-Los extranjeros enviaron a sus sirvientes indios que averiguasen lo que había de cierto en todo aquello, los cuales, vestidos como los nuestros, para no ser reconocidos, se mezclaron disimulados entre la población, recorrieron la ciudad y descubrieron las trampas, mientras los sacerdotes eran confinados para que no pudiesen hablar con nadie y ni dar la alarma de que ya estaban sobre aviso. Estos extranjeros son muy astutos, mi señor...-
-Explícate, qué quiere decir esto-
-Quiero decir, mi señor, que inmediatamente que se confirman sus informaciones, ordenaron llamar a su presencia a los caciques, y diciéndoles que van a marcharse, les piden que tengan preparados alimentos, tamemes para transportarlos, y lo mejor, piden también dos mil soldados que los acompañen y refuercen sus tropas. Los caciques, sin sospechar nada de la trampa que les acecha, se preparan para poner a su disposición lo que les es solicitado, no envían dos mil soldados, envían tres mil, sin darse cuenta de que están desmembrando su propio ejercito, pues según pensaban, si infiltraban aquellos soldados entre los extranjeros, podían fácilmente vencerlos por la traición-
-Estúpidos!- Brama Moctezuma. Los mensajeros se encogen sobre si mismos, sorprendidos y asustados por la explosión de su señor.
-Continuad!-
-A la mañana siguiente, mientras esperan la marcha de los extranjeros para caer sobre ellos, los tlaxcaltecas entran sorpresivamente en la ciudad y pronto se libra una cruel batalla. Todas las trampas son desbaratadas, todos los hombres pasados por las armas. Los soldados solicitados por los extranjeros, son primero divididos en escuadrones y separados, para ser luego masacrados por sorpresa. Ni uno solo tuvo oportunidad de defenderse. Muchos intentaron escapar, pero no hay piedad en los poderosos. La mayoría de los caciques y muchos de vuestros soldados pretendieron hacerse fuertes en los adoratorios y desde las alturas defendieron sus vidas, aunque sin ningún resultado. Todos murieron. Casi veinte mil cadáveres cubrían las calles...-
-Todos muertos...- la voz de Moctezuma suena lúgubre. -No cabe duda de que Huitzilopochtli nos ha abandonado...-
-Los que pudieron escapar aún deben de estar corriendo, mi señor. Los tlaxcaltecas se dieron al pillaje y saquearon la ciudad. Sin embargo, los supervivientes fueron puestos en libertad y vuestros propios embajadores están vivos de milagro. También debemos decir que por parte de los extranjeros no hubo bajas, mi príncipe. Ni una. Ni uno solo de ellos ha muerto-
-¡No es posible... Y mis embajadores... Unos inútiles!. No se para qué los envío. El más estúpido de mis siervos cumpliría su cometido mejor que ellos!- Moctezuma escupe y su cara adquiere tonos cárdenos mientras grita. -Terminad!-
-No hay mucho más que añadir, mi señor, actualmente Cholula está en poder de los extranjeros, se ha perdonado a la población, que han regresado a sus casas, y cuando nosotros salíamos para acá, en cuanto hemos visto que ya no había peligro de que fuésemos descubiertos, ellos se preparaban para abandonar la ciudad y dirigirse al Chalco-
Una vez más, el emperador Mexica permanece pensativo y en silencio mientras los mensajeros, finalizado su informe, se retiran haciendo reverencias.
El emperador piensa, aunque no lo dice, que Mictlantecuhtli debe de estar muy ocupado con tantos muertos llamando a las puertas de su infernal reino. En la sala continua flotando un pesado silencio expectante. Solo uno de los generales se le aproxima con paso vivo y se planta ante él haciendo una reverencia, espera él también en silencio que le concedan la palabra. Moctezuma parece no verlo, mientras su mente da vueltas sin cesar. Otra trampa que no obtiene resultado. Ya los extraños invasores se encuentran casi a las puertas de su ciudad, y nada parece servir para frenarlos, ni siquiera a uno. Si aquello no es cosa de dioses, ¿qué cosa es?.
Su mirada se posa en el general, que permanece respetuosamente con la cabeza agachada.
-Qué problema tenemos ahora...- Su voz ha cambiado bajando el tono. Ya no grita, susurra.
-Mi señor, hemos preparado una emboscada en el camino a Chalco previendo esta posibilidad de derrota en Cholula. Tenemos un cuerpo de ejercito emboscado en las montañas y hemos llenado de obstáculos el camino real para que se vean obligados a tomar la ruta de los despeñaderos. Allí los estaremos esperando. No tienen salida!-
-Y creéis que eso funcionará?-
-Tenemos otra opción, señor?- El general alza la cabeza, mirándolo.
-No, tienes razón, no tenemos muchas opciones-
-Siempre podemos atacarlos de frente. Nuestros ejércitos son numerosos y sabremos dar cuenta de estas gentes-
-General, ¿acaso no has escuchado nada?. Acaban de comunicarnos que unos veinte mil hombres han sido aniquilados por un puñado sin que hayan sufrido ni una sola baja... Veinte mil a cero. De todas formas, tiempo habrá para ello. De momento, que sean enviados nuevamente magos, hechiceros y nigromantes. A ver si esta vez pueden hacer algo útil aparte de engañar a la gente, o de nada. Por lo menos, eso les alegrará la marcha a los extranjeros. Mientras se ríen, no avanzan. Ahora, marchaos, quiero estar solo. Y mantenedme informado de cada paso que dan-
Todos los presentes hacen obligadas reverencias mientras abandonan preocupados la sala en silencio. Todos, sin excepción, visitarán a lo largo del día al anciano de los ungüentos.
Durante los siguientes días, Moctezuma, cada vez más angustiado y afligido, da ordenes de que se sacrifiquen víctimas en los altares sin descanso.
En la sala de los dioses, éstos, cada vez que las visitaba, se mostraban más persistentes, machacones y contradictorios, lo acosaban sin descanso, haciéndolo alucinar y volviéndolo loco con sus palabras, que resonaban como tambores en su mente, la cual era ya un bullidero caótico. Sus consejeros tampoco le servían de mucho, pues sus opiniones eran tan dispares como las de los mismos dioses que riéndose de él, le hablaban en su locura, diciéndole ora una cosa, ora la contraria, resultándole imposible el saber a ciencia cierta qué actitud tomar.

Pese a que ya sabían por los sacerdotes y por los caciques que Moctezuma estaba detrás de la traición de Cholula, los nuevos embajadores enviados por éste se personaron sonrientes ante Cortés como si nada hubiese sucedido, dándole en su nombre las gracias por haber castigado a los levantiscos y sediciosos que, desobedeciendo sus órdenes, los habían atacado. Aseguraban asimismo los embajadores que el camino hasta Tenochtitlán estaba libre y no habría problemas, pues ya los extranjeros habían pasado lo peor, como su amo les había advertido que podría pasar.
Cortés, rodeado de sus oficiales, escucha con atención las palabras que Aguilar, como casi siempre, traduce de boca de Marina.
-Voto a Cristo, que este Moctezuma nos toma por imbéciles- Dice Olid por lo bajo al escuchar a los embajadores, pese a que aunque hablase a gritos, éstos no lo entenderían.
-Tiempo tendremos de demostrarle lo contrario. No hay cuidado. Yo diría que lo que pretenden es que nos confiemos, eso está claro. Bien, Aguilar, decidles a éstas gentes que apreciamos en lo que valen el gesto y los regalos de su emperador, pero que ahora debemos prepararnos para continuar nuestro camino- Y sin más, despide a los emisarios.
De Cholula, los españoles se dirigen a Huexotcingo, población cercana ubicada al pie de los volcanes. La marcha transcurre sin mayores incidencias entre las suaves laderas cubiertas de hierba. Cuando ya se están aproximando, ven acercarse a ellos la consabida recepción formada por caciques y nobles, acompañados por gran numero de tamemes transportando grandes cantidades de alimentos. Los caciques reciben con sinceridad y alegría a los españoles, aunque al ver a los embajadores de Moctezuma, muestran lógicos recelos. Es obvio que aquellos emisarios no son de su agrado.
Su cambio de actitud es notado tanto por Cortés como por sus acompañantes, Alvar, Olid y Alvarado, que más tarde, ya en la población, convenientemente acomodados, se reúnen de nuevo con éstos.
Los caciques, una vez a solas con los castellanos, se quejan gravemente de Moctezuma y de los desmanes de éste y de sus gentes, también advierten a los españoles que no se fíen de los embajadores, pues sus hombres han podido observar gran movimiento de tropas en los pasos de la montaña, tropas que con toda probabilidad los esperan emboscados. Además, habían cerrado el camino real con gran cantidad de piedras y troncos, haciéndolo impracticable, mientras que habían despejado el paso que conduce al corazón de los cañones, donde seguramente los estarían esperando para, aprovechándose de lo quebrado del camino, caerles encima. No resulta difícil para los caciques hacer comprender a los españoles que se avecina una nueva traición.
-Lo que yo decía, voto a Cristo vivo!- Recalca Olid cuando ya los caciques se han retirado. -No podemos fiarnos de esta gentuza-
-Tranquilícese vuesa merced, que con eso ya contábamos. De momento, sus propios súbditos están en su contra y nos facilitan la labor. Eso solo quiere decir que es un gran tirano, como ya hemos comentado, pero esto ya lo sabemos y nos favorece, pues sus propias trampas se vuelven contra él, y pensad que de no haber sido así, no hubiéramos llegado tan lejos. Lo más probable es que ya estuviésemos muertos, voto a Cristo. También sabemos lo que nos espera, solo tenemos que estar atentos. Está claro que no tiene a su favor ni la lealtad ni el cariño de sus pueblos. Y no solo los pueblos más lejanos a su capital, si no también los limítrofes-
Con un gesto, alzando su propio jarro, ordena que les sirvan vino.
-Lo más difícil, por lo que nos dicen estas gentes, es llegar a la cima, allí comienza el camino real, desde allí, será un paseo llegar a Tenochtitlán, que se encuentra al otro lado de los volcanes, y pronto podremos verle la cara al emperador. Debemos retirarnos pronto, señores, nos espera una difícil travesía mañana. Parece que el trayecto de las montañas no será fácil, y por vida de Cristo que está plagado de traición-

Los primeros rayos del sol iluminan la larga columna del ejercito en marcha adentrándose por las cordilleras, deslizándose lentamente por las laderas como una gran serpiente, ascendiendo hasta las cumbres, pasando entre dos volcanes, el Iztaccihualt y el Popocatepelt, que despiden columnas de humo sobre sus cabezas. Si se detienen y se mantienen quietos, pueden sentir la tierra vibrando bajo sus pies con un murmullo sordo, pero en el fondo ninguno tiene ganas de detener la marcha bajo la pesada y neblinosa atmósfera cargada de azufre, que, agobiante, los rodea.
La cumbre parece estar lejos, pero poco a poco la van ganando. Una espesa nieve comienza a caer sobre ellos, dificultando aún más la marcha entre vapores.
A media tarde, la cabeza del ejercito llega por fin a la cima. Allí pueden verse dos caminos, los mismos de los que les habló el cacique de Huexotcingo. Tal y como éste les informó, uno de los caminos está lleno de grandes rocas, ramas y troncos de árboles, impidiendo el paso, mientras el otro se ve que recientemente ha sido limpiado y acicalado. Casi no hubiesen hecho falta las advertencias del cacique, pues la cosa resulta sospechosa de por sí.
A un gesto de Cortés, todos se detienen y ordena que le traigan a los embajadores de Moctezuma.
Cuando éstos están con ellos a la cabeza de la columna, les pregunta qué significan aquellos dos caminos, por qué uno está todo enmarañado y el otro ha sido limpiado con prontitud. Los embajadores le explican que el camino enmarañado es el más dificultoso y lleno de peligros, mientras que el otro probablemente ha sido limpiado por orden de su emperador para que puedan pasar con tranquilidad y sin mayores problemas. Sus sonrisas se ven cortadas cuando Cortés ordena que una tropa de indios vaya por delante despejando el camino atrancado. Murmuran entre si y luego hablan con Marina. Aguilar mira hacia Cortés.
-Los embajadores preguntan qué es lo que estamos haciendo-
Éste los observa, sonriendo él ahora a su vez, antes de decirle nada al fraile.
-Explicadles que nosotros, los españoles, nos crecemos ante las dificultades y no las rechazamos. Preferimos ir por el camino difícil, para ganarnos el favor y la admiración de Moctezuma, antes que bajar holgadamente por el camino fácil. Cosa de la sangre, designio de Dios nuestro señor, y todas esas cosas que vuesa merced conoce-
De nuevo los embajadores se observan entre si en silencio y no dicen nada más, mientras la columna reemprende la marcha por el camino real rumbo a la provincia de Chalco y el ejercito de Moctezuma, oculto entre los cañones, se ve burlado.
Ya cuando están dejando las montañas a sus espaldas, los guías avisan de que grupos de gentes hacen movimientos extraños desde las colinas. Los españoles observan curiosos y divertidos según van pasando, reconociendo por sus gestos, invocaciones y ademanes, nuevos grupos de nigromantes intentando hechizarlos.
Los indios que los acompañan, en un principio, no están tan curiosos ni divertidos, para ellos, aquello es cosa seria, pero observando la actitud y escuchando las carcajadas que esporádicamente sueltan los españoles, y que estos no les tienen ningún temor, optan por no hacer caso de los brujos que inútilmente, gritan, saltan, se retuercen, bailan y hacen aspavientos profiriendo terribles conjuros, terminando por dejarlos a sus espaldas, solitarios e impotentes.
Esa noche la pasan en un pequeño poblado al pie de las montañas. Son bien recibidos y acogidos por los locales, y aunque éstos no tienen alimentos en abundancia para todos, hay lo suficiente para acallar los estómagos. Su siguiente paso es la población de Chalco, capital de la provincia, que se encuentra ubicada al pie de la laguna.
Un día más tarde, ya camino de Chalco, aparecen ante la columna en marcha cuatro nobles mexicas, anunciando la llegada del sobrino del emperador, Cacumatzin, señor de Texcoco, con órdenes de recibir convenientemente a los españoles. Cortés decide un descanso mientras esperan su llegada.
El señor de Texcoco hace acto de presencia una hora más tarde acompañado por un gran numero de personajes, subido en una litera que varios indios portan sobre sus hombros. Al llegar ante Cortés, ambos rodeados por su séquito y sus oficiales, el príncipe desciende de su litera e inmediatamente, varios sirvientes barren ceremoniosamente el suelo con coloridas escobas de plumas.
Los dos hombres, frente a frente, se hacen aparatosas reverencias mientras Marina a un lado y Aguilar al otro, llevan a cabo las correspondientes presentaciones.
Pocas horas después, todos realizan su entrada en la ciudad de Texcoco, ubicada a orillas de la laguna de México. Allí son convenientemente atendidos y alojados en diversos palacios, en donde pasan la noche. Ya nadie tiene prisas, pues Tenochtitlán está prácticamente al alcance de la mano. Los españoles, pese a todo, ordenan a sus aliados indios mezclarse con la población y abrir bien los ojos y las orejas. La traición de Cholula está aun muy fresca en la mente de todos.
El siguiente paso es la ciudad de Ixtaplatxinco, para luego ir a Mizquiz, en donde por primera vez pasan sobre una de las avenidas que cruza la laguna.
En todas partes la gente sale a recibirlos con alborozo. Con demasiado alborozo. Tanto que en una de las ocasiones, viéndose rodeados de gentes armadas en gran número, ante el peligro de que en realidad se tratase de una emboscada, Cortés ordena disparar al aire para dispersar a la multitud. Cientos de arcabuces y varias piezas de artillería mantienen a la gente a raya.
La primera vez que consiguen ver Tenochtitlán en la distancia están saliendo de Cuyoacán. Se asombran todos de ver tan majestuosa ciudad flotando en el centro de la laguna, con sus altos templos y edificios reflejando los rayos del sol. Pasan ante las altas torres que defienden la entrada de la calzada y cuyo puente levadizo está bajado para franquearles el paso. Los españoles no salen de su estupor ante la maravillosa urbe que sus ojos contemplan.
Esperaban cualquier otra cosa menos el encontrarse con una ciudad más grande que la mayoría de las que conocieron en España y cuyo esplendor las superaba con creces.
Una segunda fortificación es dejada atrás en el centro de la calzada. Tras la fortificación, una larga calle rodeada de casas. Pese a que las casas están abarrotadas de gentes que los miran con interés y atención desde las ventanas y terrazas, la calle está vacía y despejada. Ante las preguntas de Cortés de por qué aquella calle está vacía, los enviados informan que ha sido despejada por orden del mismo Moctezuma, el cual vendrá a recibirlo.
En efecto, aun bien la cabeza del grupo de los españoles no ha franqueado la entrada, que por el fondo de la calle, en perfecta formación, ven acercarse los primeros pasos de la comitiva real. Unos doscientos nobles, formando en dos filas, todos vestidos con blancas túnicas de algodón y llevando sobre sus cabezas vistosos penachos de plumas, caminan descalzos y con pasos acompasados, recordando a los españoles las procesiones de la semana santa allá en su lejana tierra, aproximándose con parsimoniosa lentitud. Los españoles los aguardan en expectante silencio, impresionados por el despliegue que ante ellos se ofrece.
Cuando la cabeza de la comitiva real llega a su altura, se arriman a las paredes como una ola, uno tras otro, en una coreografía estudiada y con perfecta sincronía, formando un pasillo humano. Cuando ya el ultimo hombre pegó su espalda a la pared, hace su entrada entre las filas un grupo de soldados ricamente ataviados estos también, seguidos a su vez por más nobles, todos con ceremonioso paso.
Al fondo de la nueva comitiva, se ve, sobresaliendo por encima de las cabezas de éstos, una ostentosa litera de oro puro que despedía cegadores brillos bajo los rayos del sol, lo que provoca murmullos entre los españoles. Murmullos que Cortés y sus oficiales se ven obligados a acallar con severidad y disimulo. El brillo de la codicia ilumina los ojos de la formación.
El cortejo avanza con una lentitud calculada, exasperante. A la cabeza van tres nobles con largos cetros de oro macizo que van levantando y bajando al compás, para que todos los vean y sepan que tras ellos viaja el emperador y que nadie debe mirarlo, sacrilegio que se condena con la muerte en los altares.
Cuando ya la comitiva se encuentra a pocos metros de los españoles, se detienen. Cortés se baja del caballo, mientras unos criados apartan las cortinas de plumas para que Moctezuma se baje a su vez de la litera. Son extendidas por el suelo alfombras ricamente tejidas, ya que el emperador no debe pisarlo directamente. Ambos hombres se acercan y permanecen unos instantes frente a frente, sin decirse palabra.
Cortés rompe el hielo, y haciendo una profunda reverencia, pregunta:
-Mi señor, realmente sois vos Moctezuma, el emperador de los Mexicas?-
Moctezuma permanece en silencio, apoyado en sus sobrinos, los Señores de Iztacpalapa y Texcoco, contemplando largamente a aquel personaje maloliente que tanta descortesía, valor y perseverancia había puesto en su encargo. No ve en él signo alguno de los dioses, pero eso tampoco quiere decir nada. Cortés también estudia con gravedad al emperador, no calculándole más de cuarenta años y de mediana estatura, moreno, delgado y de cara aguileña con afilada nariz.
El emperador ejecuta una profunda reverencia, tocando el suelo con su mano y luego besándola, lo que provoca murmullos entre sus seguidores, pues aquello es inaudito en él e impropio de tan poderoso señor.
Cortés se saca un collar de cuentas de vidrio y hace el gesto de ponérselo a Moctezuma, cuando dos de sus servidores cogen bruscamente los brazos de Cortés, uno por cada lado, lo que provoca un momento de tensión entre ambos grupos, pues los españoles, creyendo que intentan asesinar a su capitán, echan mano de sus espadas, movimiento que provoca otro similar entre las filas mexicas, pero que Marina y Aguilar pronto aclaran.
-Por vida de Dios, tranquilos todos, caballeros!- Grita Aguilar, alzando las manos para detener los movimientos de los españoles. -No pasa nada, simplemente, que no lo consideran apropiado, no puede tocarse al emperador, son sus leyes y hay que respetarlas. Que nadie saque sus armas!-
Moctezuma, por su parte, increpa secamente a sus hombres, que tras una ligera reverencia de sumisión, se retiran. Cortés finaliza su movimiento y pone el collar al cuello del emperador, el cual lo observa con detenimiento y lo alaba. Inmediatamente, hace un leve gesto con la mano y un vistoso collar de oro, formado por conchas y cangrejos ricamente trabajados y de un vistoso color rojo, el color de los dioses, es puesto ante él, que con gestos graves, lo toma y lo ciñe al cuello del español, dando las pertinentes ordenes para que estos y sus aliados sean conducidos a la ciudad y agasajados como se merecen. Dando por finalizada la recepción, termina por subir de nuevo en su litera y retirarse.
El palacio puesto a disposición de Cortés y sus hombres es una enorme estructura en la cual caben con holgura más de siete mil hombres con sus pertrechos y caballos. Cortés no pierde el tiempo y se dedica a recorrerlo, fortificarlo y distribuir con rapidez la artillería y la gente.
La construcción cuenta con amplias e iluminadas salas, adornadas con valiosos tapices y profusamente amuebladas. Ya cuando entran, varias docenas de criados se afanan en prepararles comida para todos. Lo cierto es que tanto los indios como los españoles se encuentran asombrados por todo aquel despliegue.

Alvar y Nanco se dedican a recorrer las calles de Tenochtitlán en medio de la mal disimulada curiosidad que la presencia del español acompañado de una mexica despierta entre los habitantes, muchos de los cuales se esconden a su paso, mientras otros lo saludan con reverencias, siendo los menos los que los observan indiferentes. Nanco parece feliz de haber regresado a su ciudad natal y no deja de enseñarle cosas, calles, lugares y sitios al curioso Monterrey.
-Mira!, ven, por aquí llegaremos al extremo de la ciudad, al borde de la laguna!- Ella lo toma de la mano, llevándolo, como si aún fuese la niña que feliz y ajena a los problemas del mundo, corría jugando por aquellas sus calles viendo ocultarse el sol tras las colinas, mientras él observa todo a su alrededor, la distribución y hechura de las casas, la amplitud y limpieza de las calles, los templos menores. Las gentes atareadas en sus faenas, sus ropas y sus tocados. Nada escapa a su asombro, impresionado por la grandeza y magnificencia de la ciudad.
Cortés se ha quedado en el palacio para recibir al emperador y a esas horas, las primeras de la tarde, ambos deben estar conversando. Es posible que note su ausencia, pero eso no importa a Monterrey.
Ella lo lleva confiada por las calles que conoce y no ha olvidado. Nada parece haber cambiado en aquellos años y todo es como lo recuerda. Doblan a la derecha, a la izquierda, van rectos, atraviesan calles empedradas o sin empedrar, a cuyos lados se yerguen casas de piedra y adobe, con pequeñas puertas y amplias azoteas, cuyos habitantes, curiosos, se asoman a las puertas, a las ventanas, sobre las azoteas, o salen a la calle para verlos pasar, murmurando entre sí, comentando la presencia de aquel extraño forastero cuyo parentesco con los dioses nadie duda. El olor del maíz parece inundarlo todo. Hasta que de pronto, el paisaje de la laguna se muestra ante ellos, impresionante.
-Aquello que ves al fondo, sobre la laguna, es el Cerro del Peñón. Una vez, mi padre me llevó a él en canoa. Ascendimos hasta la cima-
Alvar observa el cerro que se eleva ligeramente a su izquierda, toda una colina que sobresale desde el fondo de la laguna. A su derecha, siguiendo la costa, varias formaciones montañosas truncadas, cuyas laderas descienden suavemente hasta el agua, marcan la línea de la orilla, mientras todo el paisaje del fondo está lleno de ondulantes colinas, unas tras otras, hasta perderse en la lejanía. Dos altos picos, cuyas cumbres, blancas por la nieve, son perfectamente visibles destacando contra el profundo azul del cielo, una justo frente a ellos y la otra más hacia su derecha. El fresco y suave viento procedente de aquellas cimas los acaricia de frente. Varias canoas van y vienen sin prisas sobre las tranquilas aguas de la laguna que el viento de las montañas apenas agita.
-Que te parece?- Le pregunta ella mientras sus ojos recorren todo el paisaje.
-No me esperaba nada así, creo que ninguno de nosotros lo esperaba. Es precioso, Nanco. Pero no tanto como tu...-
-Eres un bobo, lo sabes- Le dice mientras sonríe. A sus espaldas, un numeroso grupo de niños los observa ocultos tras las esquinas mientras murmuran entre ellos y se ríen.
-Ven, recorreremos la orilla, te llevaré hasta donde vivíamos mis padres y yo-
La cara de la mujer se ensombrece un poco. Alvar no deja de notarlo y le pregunta si está segura, si realmente quiere ver la casa en la que vivió su niñez.
-Los fantasmas del pasado ya no existen, Alvar. Mi abuela se aproxima y me habla muchas veces en mis sueños. Ella tenía algo especial. Yo no sé lo que era, solo era poco más que una niña cuando murió, pero recuerdo que de vez en cuando solían visitarla algunas gentes, casi escondiéndose, y hablaban con ella largo rato. Nunca supe por qué era, pero sí pude notar que, cuando iba con ella por la calle, la gente la saludaba con respeto y aprecio. Ella me dijo una vez en uno de esos sueños que los fantasmas no pueden hacernos daño, solo si nosotros los dejamos. No tienen poder sobre el mundo material, así que no me preocupa volver a ver la casa donde pasé mi niñez. No me asustan los fantasmas. No te preocupes. Vamos!-
Pasearon lentamente por el borde de la laguna. Los chiquillos los seguían a distancia, riéndose entre ellos y parloteando como cotorras. De vez en cuando, Alvar gira la cabeza, observándolos y termina por guiñarles un ojo, lo que es causa de más risas, parloteos y carreras. Al poco ven acercarse corriendo a cuatro soldados que se plantan ante ellos y mantienen una tensa conversación con Nanco. Alvar, sin hacer ostentación de su gesto, pone con disimulo su mano sobre la empuñadura de su espada. No entiende nada de lo que se está hablando, pero los soldados parecen serios y preocupados. Nanco habla con ellos tranquilamente, lo que para el hombre es un indicio de que, al menos de momento, no hay problemas graves de los cuales preocuparse.
Finalmente, los soldados se dividen, dos se ponen por delante de ellos y dos a sus espaldas, escoltándolos.
-Qué está pasando aquí- Inquiere Alvar.
-No es nada, solo que tienen ordenes de escoltar a cualquiera de nosotros cuando estemos por la ciudad, en previsión de altercados por parte de los habitantes-
-Eso es absurdo, llevamos tiempo paseando y nadie se ha metido con nosotros-
-Ellos tienen sus ordenes y deben cumplirlas-
Los soldados espantan a los niños que los seguían con sus murmullos y sus risas ocultándose por las esquinas, los cuales desaparecen con rapidez.
-Voto a Cristo, que han asustado a nuestros admiradores-
-No te martirices, no podemos hacer nada al respecto, nos escoltarán, queramos o no. Si no lo hacen, ellos serán castigados-
Los soldados que les abren camino van apartando a la gente hacia los lados sin muchos miramientos. Alvar no está de acuerdo con aquello, pues la actitud de la gente cambia. Mientras antes los observaban con curiosidad, ahora lo hacen con recelo.
-Esto no me gusta, nos han fastidiado el paseo, los botarates. Diles que dejen tranquila a la gente, no es necesario que nos vayan abriendo paso, pueden cumplir sus ordenes igual pero sin molestar a nadie...-
Nanco llama a los soldados. Estos protestan, pero la mujer se pone dura y los increpa con gravedad delante de todo el mundo, lo que le gana algunas sonrisas entre los habitantes, principalmente de aquellos que han recibido algún empujón. Finalmente, los soldados asienten, hacen una reverencia, hablan entre ellos con sus compañeros que les guardan las espaldas y desde ese momento se limitan a caminar varios metros por delante y por detrás de ellos sin apartar a nadie pero sin perderlos de vista.
-Caramba!. ¿Que les has dicho?- pregunta Alvar, asombrado por el cambio de actitud de los guerreros.
-Bueno, nada, solo que nos estaban molestando, que no era necesario que nos abrieran paso. Como tú has dicho, pueden cumplir sus ordenes de la misma manera simplemente caminando entre la gente, no apartándola a empujones del camino-
-Eso es todo?-
Nanco sonríe con aquella sonrisa preñada de enigma.
-En realidad, se negaron, su misión consiste en eso, se creen superiores así, pero les dije que tu eras un jefe guerrero de los extranjeros y que darías sus nombres a Moctezuma para que tomase medidas... Que si persistían en su actitud, los enviarías ante sus jefes para que los deshonrasen públicamente-
-Fíjate tú... Mano de santo-
-Mano de santo... Qué es?- Pregunta la mujer, deteniéndose y mirándolo extrañada.
-Es algo que se dice cuando se pretende expresar que un remedio es eficaz. Y el tuyo lo ha sido-
La alegre risa de Nanco resonó por la calle, contagiando a algunos de los que los observaban pasar.
Llegan ante una gran avenida que termina en una larga calzada sobre la laguna a su derecha y que conduce directamente hacia el centro ceremonial a su izquierda. Alvar puede comprobar que si aquella larga y amplia calzada que transcurre sobre las aguas hubiese sido tirada a cordel, no podría ir más recta.
-Esta calzada conduce a Tepeyac. Por este otro lado, llegaremos a la plaza central donde están ubicados los centros ceremoniales. Si la seguimos recta, atravesaremos la ciudad y llegaremos a la calzada frontera, por la cual entramos, la de Xochimilco. Pero sigamos, ya estamos en Tlatelolco- Nanco señala el gran grupo de casas que se alzan frente a ellos.
-Usted es quien me guía, mi señora-
Pocas manzanas después entran en otra plaza, mucho más pequeña que aquella en la cual se levantan las grandes pirámides ceremoniales. Nanco ha perdido su sonrisa, ahora parece estar en una especie de ensoñación, mientras camina despacio por las calles, observándolo todo con la nostalgia reflejada en sus facciones.
-A esta plaza solía venir con mi madre o con mi abuela. Mis padres, cuando no había otros servicios que cumplir, trabajaban en las chinampas de las orillas. Aquí se forma un mercado, pero nada comparado con el mercado que se forma en la plaza central. Hoy están vacíos por que no es día de mercado. Te llevaré, lo veras. En este mercado solo se suelen vender productos de por la zona. Cosas del campo, carne y ropas de los artesanos locales. En el del centro hay de todo, vienen gentes de muy lejanas zonas. Era maravilloso. Recuerdo cuando iba con mi abuela. Podíamos probar de todo y todo estaba a nuestras manos, aunque no pudiésemos comprarlo, podíamos probarlo-
De pronto, Nanco se detiene ante una casa, encerrada entre las demás, de las cuales no se diferencia en mucho, y la mira con nostalgia.
-Aquí era donde vivíais?-
-Si, esta era nuestra casa. Aquí nací y aquí me crié, hasta que mi padre murió y nos echaron- La tristeza se había apoderado de su mirada.
-Estas bien?- Preguntó Alvar, observándola, acercándose a ella y apoyando una mano sobre su hombro. Ella asintió con su cabeza, pero sus ojos estaban húmedos.
-Crees que nos dejarán entrar?-
-No quiero entrar- Contestó mientras levantaba la vista al cielo, en un intento de evitar que las lagrimas corriesen por sus mejillas. Respiró hondo conteniéndose y miró a ambos lados de la calle. Los soldados permanecían inmóviles, esperando, manteniéndose a varios metros de distancia.
Un grito de mujer sonó a sus espaldas, alarmando a la obligada escolta que se aproximaron unos pasos por si era necesaria su intervención. Alvar miró por encima de su hombro a la persona que gritaba mientras Nanco se volvía lentamente. Una mujer poco mayor que Nanco los observa con cara de sorpresa. La cesta de cáñamo con frutas y maíz que llevaba en sus manos había caído a sus pies, desparramando su contenido por el suelo, y la mujer volvió a gritar. Lo que gritaba era el nombre completo de Nanco. Eso lo comprendió Alvar sin problema, no necesitaba que se lo tradujeran. Ésta la miró unos instantes, de pronto su cara se alegró de nuevo, reconociendo a la mujer.
Ambas se acercaron y entre expresiones de asombro y cariño, se abrazaron. Los soldados volvieron a sus puestos, después de mirar con respeto hacia Alvar y comprobar que no pasaba nada. Durante varios minutos, ambas mujeres conversaron mientras recogían la cesta del suelo, bajo las atentas miradas de algunos curiosos, los cuales no detenían su paso intimidados por la presencia de los soldados. Monterrey permanece silencioso, a la espera, mirando la calle, las gentes, a las mujeres.
Poco después, tras una animada charla, éstas vuelven a abrazarse y se despiden. Nanco se reúne con Alvar y continúan en silencio su camino por el borde de la laguna, cuyas aguas lamen los pilotes de madera que sobresalen, y se ven frenadas por la tierra.
-Éramos amigas de pequeñas- Explica ésta. -No volvimos a vernos desde que nos cambiamos de casa. Jugábamos juntas y juntas crecimos recorriendo estas calles. Pero me ha dicho algo inquietante, su esposo y muchos otros han sido convocados para formar los ejércitos poco antes de nuestra llegada, aunque de momento, no han formado cuerpos, deben estar preparados pues pueden ser llamados en cualquier momento. También me ha dicho que dentro de dos días hay mercado. Iremos juntos-
-Creo que debemos regresar. Nos estarán esperando y quiero saber como han ido las conversaciones-
-Como ordenes, mi señor-
Cruzaron varias calles que los llevaron a la plaza central de Tlatelolco, desde la cual continuaron siguiendo una larga avenida que los llevó directamente de regreso hacia la calzada de Tepeyac, y de allí, al centro ceremonial, donde estaban los palacios.

Aguilar los ve acercarse a la entrada y sale a su encuentro.
-Alvar y Nanco, mis señores- Los saluda mientras hace una graciosa reverencia. -Donde se han metido vuesas mercedes?. No habréis pensado por casualidad en los beneficios del santo sacramento del matrimonio-
-Dejaos de templar gaitas, Aguilar-
-El capitán Cortés ha preguntado por vuesa merced. No os ha visto en la recepción del emperador Moctezuma-
-Qué ha sucedido, ponedme en antecedentes-
-Nada en especial- Comentó el fraile encogiéndose de hombros, caminando a su lado mientras penetran en el patio. -Lo cierto es que no os habéis perdido gran cosa. Moctezuma se ha mostrado grave, como corresponde a su rango, hubo mucha palabrería por ambas partes para no llegar a ningún lado, ya sabéis como es esto, todo muy formal, pero mi garganta se ha secado de tanto blablabla, así que me dirigía a refrescarme el gaznate con un buen vino-
-Eso significa que mi presencia, como yo sospechaba, no era necesaria. Donde está Cortés ahora-
-En sus aposentos, descansando-
-Bien, iré hasta allí, a ver que tenemos de nuevo. Seguid con lo que estabais haciendo, no os entretengáis por nuestra causa- Con un gesto, se despide del fraile, el cual se aleja haciendo de nuevo una pequeña reverencia, sonriente. -Espérame en nuestra estancia, procuraré regresar lo antes posible- Dice a Nanco. Esta, imitando al fraile, también hace una reverencia.
-Pardiez, y luego dices que yo soy un bobo- Se queja Alvar mientras se aleja.
Una vez ante Cortés, éste le expone que para el día siguiente deberán asistir a una nueva reunión con Moctezuma en su palacio, al cual han sido invitados.
-Creo que deberías acompañarnos, por vida de Cristo que no podemos despreciar a nuestro anfitrión- Había un ligero reproche en sus palabras. Resultaba obvio que no le había gustado la ausencia de Monterrey aquella tarde, aunque en el fondo, como explicó a éste, las cosas habían salido bien.
-El mayor problema va a ser el que dejen de sacrificar gente. Es una costumbre muy arraigada. Pero por los cuernos de Satanás que eso no es lo peor, nos hemos enterado que luego se comen a los sacrificados...-
-Canibalismo?-
-Eso es- Responde Cortés.
-Nanco me había comentado algo así, pero solo referente a los sacerdotes, solo ellos están autorizados. Sin embargo, si recuerdas el incidente de Zempoala, recordarás que los sacerdotes tasajeaban a los sacrificados y los vendían al pueblo, y voto a Cristo, siempre creímos que se trataba de un hecho aislado-
-Pues no tiene nada de aislado, al parecer, para esta gente es normal- El capitán se levanta de su silla, pone las manos a la espalda y comienza a dar vueltas por la habitación. -Y voto a Cristo, que sospecho que esto puede traernos algún que otro problema con los sacerdotes-
-Hay otras cosas que también pueden traernos problemas. Verás, durante nuestra visita a la ciudad, Nanco se encontró con una vieja amiga y estuvieron hablando un rato. La mujer le dijo que Moctezuma a ordenado a todos estar preparados y disponibles para ser reclutados en cualquier momento-
Cortés se detiene de golpe, y se vuelve a mirar con atención a su amigo.
-Por los clavos de Cristo!. ¿Estas seguro?-
-Por supuesto-
-Hummm...- Murmura Cortés reanudando sus paseos por la estancia -Esto es algo que no esperaba... De todas formas, ya estamos alertas y preparados para cualquier contingencia. El palacio está bien fortificado y no les será fácil a estos botarates entrar, las murallas son altas, todo de buena piedra. Deberemos restringir las salidas al exterior. Pocos paseos-
Monterrey niega con la cabeza.
-Esa no me parece buena idea, los haría sospechar y podrían cambiar su estrategia por otra que no conozcamos. Ten en cuenta que si comienzan a movilizar a la población, nos enteraremos mejor y antes si estamos mezclados con ellos-
-Tal vez tengas razón. Pero debemos correr la voz entre la gente, los que quieran salir, que lo hagan en grupos, con las manos en los aceros, que no es lo mismo que con los aceros en las manos, y con los ojos bien abiertos, nunca solos- Se asoma a la ventana y mira hacia el exterior. Los tlaxcaltecas van y vienen por el patio y con una rápida mirada comprueba que todos los guardias están en sus puestos. -Ordenaremos que varios de los indios, con ropas mexicas, se mezclen con la población y se mantengan con la oreja lista. Voto a Cristo, que la estratagema dio buenos resultados en Cholula y aquí no tiene por que ser menos-
Apoyándose en el marco de la ventana, deja vagar su mirada en silencio unos minutos por las colinas que los rodean en la lejanía.
-Por Dios y Cristo vivo, que nunca había pensado que nos fuésemos a encontrar algo así. Mira esta ciudad, es enorme y grandiosa. ¿Has visto los templos?. Ni un arquitecto Genovés ni la señora puta madre que los parió los habrían construido mejor. El mundo se ha ampliado, amigo mío. Quién sabe qué otros pueblos, qué otras gentes y ciudades, reinos, imperios, quedan allá, tras esas montañas, esta es una tierra grande, voto a Dios-
Alvar, todavía sentado a la mesa, permanece en silencio. Cortés tiene razón, ni en sus mejores sueños habría creído encontrar en aquel mundo una ciudad de las características de Tenochtitlán, aunque ya en Cozumel debieron haber sospechado algo ante aquellas titánicas urbes abandonadas.
-Bien!, pero tenemos que ir poco a poco, un paso cada vez, la mucha grandeza impone sus reglas- Cortés se separa con un impulso de la ventana olvidándose de la ensoñación y se vuelve hacia su amigo. -Mañana estamos invitados, recuerdalo, y por vida de Cristo, ponte tus mejores galas, lo más limpio que tengas, como corresponde a lo enviados de nuestro rey. Iremos tú, Alvarado, Sandoval, Velázquez de León, Aguilar, Marina y Ordaz. Y yo, por supuesto, acompañados de una pequeña escolta ceremonial, nada vistoso, hombres con hígados, por si fueren necesarios. Tráete a Nanco, es posible que nos haga falta. Hubiese preferido que ella fuese nuestro interprete, eso nos ahorraría trabajo. De todas formas no creo que, si traman algo, lo vayan a llevar a cabo inmediatamente, saben que estamos recelosos y procurarán confiarnos, así que debemos pensar que tendremos una temporada, más grande o más pequeña, de paz-
Alvar se levantó de la silla, dirigiéndose a la puerta.
-Estaré dando una vuelta comprobando los puestos de guardia, y más tarde, en mi aposento. Si me necesitas mándame recado-
-Quédate tranquilo, Alvar, disfruta de tu estancia. Es lo mejor que podemos hacer de momento -

Al día siguiente, la comitiva de los españoles, escoltados por una docena de sus hombres, todos con gran pompa, muy emperifollados y en perfecta formación, como bien mandan los cánones de las buenas costumbres, pero metiendo bulla de hierros y con los aceros al alcance de las manos, abandonan el palacio y se dirigen por las calles hacia la mansión en donde Moctezuma los aguarda. Aquí, las casas son más altas y grandes que en la zona de Tlatelolco, construidas con grandes piedras, teniendo varios pisos de altura y terrazas. Las calles están llenas de gentes que reverenciosas se apartan para dejarles paso mientras murmuran por lo bajo. Una palabra se repite entre la multitud: Teules. Cortés no parece prestar atención, pero Alvar pregunta a Nanco el significado de aquella frase.
-Dioses, eso es lo que significa y eso es lo que os consideran-
Se encoge de hombros imitando el gesto de Aguilar, pensando que por desgracia no tardarán en desengañarse de sus consideraciones, y continúan en silencio pasando por un par de calles más hasta llegar a las puertas de la residencia del emperador. Mientras se aproximan al enorme edificio, pueden contar hasta treinta puertas. La fachada principal ocupa todo un extremo de la gran plaza. Allí son recibidos por algunos mayordomos que los guían a través de interminables pasillos y varios patios hasta un salón donde se ha dispuesto una larga mesa capaz de acogerlos a todos con comodidad. Moctezuma los está esperando y al verlos entrar se aproxima a ellos como si fuesen amigos de toda la vida, y poniendo las manos sobre los hombros de Cortés les da la bienvenida, invitándolos luego a tomar asiento.
El peso de la conversación con el emperador lo llevan Marina, Aguilar y Cortés. De vez en cuando, Nanco traduce para Alvar y los que se mantienen cercanos algunas palabras. Al parecer, Moctezuma les está hablando de las viejas leyendas y de su realización en la persona de los españoles. Diversos platos son puestos sobre la mesa y cada uno se sirve a su antojo, ensuciándose bien de salsas, vino y demás, y limpiándose ambos bandos con las mangas de sus ropas. En ese aspecto, observan algunos, las cosas no son para nada diferentes de las costumbres españolas.
Finalmente, terminada charla y comida, todos se levantan. Aguilar explica que van a visitar el templo mayor. Nanco se aferra con fuerza a Alvar. Este observa que la mujer está inquieta.
-En lo alto de ese templo sacrificaron a mi madre...- Le susurra al oído.
-Si no quieres ir, no iremos, buscaré alguna excusa y...-
-No!, iremos. Esta bien-
Abandonan el salón con el emperador a la cabeza, salen de nuevo al exterior por otra puerta diferente a aquella por la que entraron y que conduce al otro lado, a otra plaza. Ante ellos, imponente, una enorme pirámide ocupa el espacio central. Antes de llegar, el emperador habla con los sacerdotes en la puerta. Nanco informa a Alvar de que les está pidiendo permiso para que ellos, extranjeros, puedan visitarlo, y que aquello no parece gustar mucho a los sacerdotes.
Finalmente, tras una corta discusión, tres ancianos aparecen en la puerta y hacen las funciones de guías, mientras Moctezuma les va explicando a todos las características del adoratorio. Aguilar y Marina se turnan para traducir sus palabras. El emperador tiene buen cuidado en no nombrar nada referente a sacrificios.
La visita transcurre sin mayores percances hasta que, en un momento dado, Aguilar habla a Marina y ésta traduce sus palabras al emperador y a los sacerdotes. La reacción es unánime. Éstos se muestran escandalizados y con grandes protestas y aspavientos, empujan a los estupefactos visitantes al exterior, emperador incluido. Moctezuma permanece serio y callado. Una vez en la plaza, los mira con atención y les dice que lo menos que deberían haber hecho hubiese sido tener por el lugar un respeto que no habían tenido con él, y que podían irse de nuevo al palacio que les había asignado o al infierno, si era su gusto, pues él debería quedarse para pedir perdón a sus dioses por lo mucho que estaba sufriendo con su presencia, e inmediatamente regresa al interior del templo.
Todos han sido cogidos por sorpresa con aquella actitud, y habían permanecido pasmados, confusos y en silencio con las bocas abiertas ante la reacción tanto de los sacerdotes como del emperador sin entender nada. Nanco se ríe disimuladamente bajo la mirada de Alvar, mientras Cortés llama al fraile, sospechando que éste tiene, y mucho, que ver con aquella respuesta.
-Vos, Aguilar, venid acá, creo que todo esto es por vuestra culpa, a ver, voto a Cristo crucificado, qué prenda de las vuestras le habéis dicho para que hayan tenido esta salida. Explíquenoslo vuesa merced, si lo tiene a bien. Hablad!-
El fraile, no menos compungido que sus compañeros, se mesa la barba unos instantes mirando a unos y a otros como si la cosa no fuese con él, antes de encogerse de hombros y responder.
-Yo?, nada, señor capitán, solo les he pedido permiso para poner una cruz en el templo-
La sorpresa que causan sus palabras es general. Nanco ríe ahora a carcajadas.
-¿Lo qué?. Pero qué os pasa, voto a Cristo. ¿Os ha dado un aire en el seso o qué?. ¿Es que os habéis vuelto loco?. Decidme, por Dios vivo y por la señora puta que parió a vuesa merced, ¿que diríais vos si estos salvajes os piden permiso para instalar las imágenes de sus demonios en una de nuestras iglesias, acaso no lo tendríais por ofensa harto agria?, ¿eh?. Maldita sea!. Por Cristo y los cuarenta mil santos!. No volváis a tener ideas de este tipo. Y mucho menos, no las expongáis sin antes consultármelas!. ¿Tenéis idea de lo que habéis hecho?, ¡podrían matarnos por menos!. ¿Vuesa merced no lo haría?. Mierda de Cristo!. Nos fuimos!. Hale!-
Enfurecido, Cortés abre la marcha hacia el palacio, mientras Aguilar tiene que soportar las puyas de sus compañeros, algunos de los cuales no pueden evitar el reírse con Nanco de la salida del fraile.

Nanco y Alvar caminan por entre la multitud que abarrota la plaza, deteniéndose ante todos los puestos, observando. Miles de olores diferentes asaltaban sus olfatos, confundiéndolos. El bullicio es impresionante, cientos de mercaderes pregonando sus mercancías. Ni en España había visto un mercado semejante. Nanco descolgaba túnicas que se ponía sobre el pecho y se ofrecía a la vista de Alvar, pidiéndole su opinión. Se colocaba sobre la cabeza floridos penachos de plumas, tocaba, miraba. Estaba radiante y feliz, volvía a ser una niña. Los mexicas, ya más acostumbrados a la presencia de los extranjeros, apenas les prestaban atención, no así los comerciantes venidos de lejos. La mujer lo llevó a varios puestos en los que se preparaban diversos alimentos.
En uno de ellos, Nanco cogió dos trozos de una extraña carne que el vendedor asaba a la vista, como en la mayoría de los puestos, y le ofreció uno a Alvar mientras ella se comía el otro. Lo cogió con recelo, mirándolo y oliéndolo con atención, hasta que finalmente, como ella lo observaba esperando, se lo metió en la boca. La carne estaba tersa y sabrosa, con un sabor que le recordó al del pollo asado. Hizo gestos de asentimiento mientras masticaba.
-Está bueno. Qué es?- Preguntó después de tragarla.
-No querrás saberlo-
-Pero bueno... Me lo dirás o qué?-
-Serpiente- Contestó ella con seriedad mientras se dirigían hacia otro puesto.
-Serpiente?. En serio?. Pues esta buena-
-¡Mira!- Exclamó ella de pronto. -Los había olvidado. Estos comerciantes vienen del sur, desde muy lejos-
-No cambies de tema-
-Ven, quiero que veas las mercaderías que traen. A mi siempre me llamaban la atención por sus colores y sus dibujos- La mujer lo tomó de la mano tirando de él, abriéndose paso entre la multitud.
Las mercancías de aquellos hombres eran diferentes a las de los mexicas. Sus prendas, sus joyas, todo. Su mismo aspecto, sus adornos, sus ropas denotaban que no eran de por los alrededores, si no que eran forasteros.
-Vienen de un lejano reino hacia el sur, no recuerdo el nombre, pero son todos muy extraños y hablan una lengua desconocida, menos mal que tienen ayudantes que hablan Náhuatl. Cuando yo era niña solían venir dos o tres veces al año-
Los comerciantes formaban grupos entre ellos, sentados tras sus puestos sin mantener conversación con casi nadie, mientras mascaban con delectación unas extrañas hojas que llevaban con ellos, solo hablaban entre sí o con sus ayudantes, los cuales les transmitían las preguntas de los posibles clientes y a su vez, transmitían las respuestas, oficiando tanto de vendedores como de interpretes. Transportaban sus mercancías a lomos de unas pequeñas y extrañas bestias desconocidas para Alvar.
Nanco se probó de todo, cadenas, aretes, brazaletes, ropa, hasta que finalmente su mirada se posó en una ligera y vaporosa túnica semitransparente de un color verdoso, como el agua del mar cercana a la costa, como una esmeralda translúcida. Habló durante un largo rato con el vendedor, y volviéndose a Alvar, se lo quedó mirando en silencio, con la túnica en sus manos.
-Qué pide por ella- Preguntó, comprendiendo el gesto de la mujer.
-Mi cuerpo-
Alvar alzó las cejas, sorprendido.
-Por vida de Cristo, que le haré pagar la chanza!- Poniendo la mano sobre la espada, miró con cara de pocos amigos al vendedor, que esperaba sonriendo.
-No, bobo, solo quieren granos de cacao, a menos que tengas algo interesante y que a ellos les guste, entonces, podemos llegar a un acuerdo-
Alvar se registró la bolsa, solo tenia un poco de oro, que entregó a la mujer.
-Arréglate con eso, es lo que tengo-
-Servirá, no te preocupes-
Con las piezas de oro en la mano, se volvió al vendedor y de nuevo estuvieron largo rato hablando. Algunas piezas cambiaron de mano, pero Nanco continuó hablando, preguntando al vendedor, el cual les hizo gestos de que esperasen un poco. Habló con su amo en su desconocido lenguaje y éste se levantó, se fue hacia uno de sus compañeros y regresó poco después con dos grandes vasos de plata llenos de un amarillo y oloroso liquido.
-Dicen que es costumbre en su tierra. Aquí no suelen hacerlo, pero que como este vestido fue confeccionado para una princesa, pues no tienen problema alguno en hacer una excepción-
Tomaron con respeto entre sus manos los vasos que se les ofrecían.
-Qué es?-
-Una bebida de su país, que llaman Chicha-
Ambos la probaron casi a la vez.
-Está buena- Alvar levantó el vaso e hizo una reverencia al extraño vendedor, el cual puso cara de satisfacción. Se bebieron la Chicha a sorbos y cuando la terminaron, entregaron los vasos a su propietario y volvieron a hacer una reverencia, la cual fue prontamente correspondida por el comerciante. El criado se les aproximó y, tendiendo una pequeña bolsa de piel a Monterrey, habló con Nanco. Alvar tomó la bolsita y la abrió. En su interior había varias hojas de una planta desconocida.
-Dice que su amo te ofrece este presente. Cuando estés cansado, sediento y hambriento, mastica lentamente una de las hojas y tus males desaparecerán. Es una planta sagrada. Debe ser la misma que ellos mastican-
Nuevas reverencias fueron efectuadas y continuaron caminando de nuevo, viéndolo todo, tocándolo todo.
-De donde será esta gente?, voto a Cristo que son bien extraños- Preguntó guardando la bolsita en su propia bolsa.
-Dicen que proceden de una región muy al sur, a muchos días de camino, un lugar que llaman Pirú. Allí, el mar es cálido y las montañas, altas, frías y cubiertas por las nubes. Dicen que su rey es un poderoso señor, descendiente del Sol, su hijo, al que llaman Inka-
-Una bonita historia. Pero pardiéz, ahora que lo pienso, quiere decir que hacia el sur...- Alvar se queda pensativo unos instantes, mientras Nanco lo mira y espera a que termine la frase. Alvar ha recordado unas palabras pronunciadas por Cortés unas noches antes... -No!, mejor no pensarlo. Esperemos que estas noticias no lleguen a oídos de nadie más. Otro reino hacia el sur, y si debemos juzgarlo por las mercaderías que traen sus comerciantes, un reino rico... Un reino a destruir...- Dijo entre susurros. Nanco comprendió lo que pasaba por la mente del hombre. Si la sospecha de un nuevo y rico reino hacia el sur, corría entre los españoles...
-Ven, no te martirices, vayamos a comer algo. Será lo que los dioses quieran que sea- Le dijo, intentando distraerlo de sus pensamientos
-¿Más serpiente?-
-¿Por qué no?- Ella lo miró por encima de su hombro, sonriente.
-Peor seria una piedra...-
-No, bobo, no comeremos serpiente, comeremos carne de venado, si no recuerdo mal, solían ponerse por aquella esquina...-
Resultaba imposible pretender guiarse por el olfato entre aquel maremagnun de especiados y frutales olores, pero pronto los asaltó de nuevo el olor de la carne asada y el humo de los fuegos. Rodaron por varios puestos, mirando la carne, tocándola, hasta encontrar uno que les pareció conveniente, y allí mismo se pusieron a comer, mientras el vendedor les iba preparando tajadas y más tajadas asadas sobre una piedra en un oloroso fuego de madera. La carne estaba fresca y jugosa, caliente, y al masticarla, los jugos les corrían por las comisuras de la boca.
Comieron hasta que ya no pudieron más, y aun así encargaron unas buenas tajadas para llevárselas. El vendedor las preparó mientras ellos daban una vuelta más por los alrededores. Cuando volvieron a recoger la carne, el hombre se la envolvió solícitamente en una grandes hojas y se la entregó con una gran sonrisa. Nanco escogió una pieza de oro de las que le había dado Alvar y pagó. Todavía permanecieron varias horas más por el mercado, había demasiado para ver. El sol ascendió hasta el centro del cielo, y luego fue cayendo hacia el oeste. Figuras y estatuillas, tapetes, calzado confeccionado con fino cáñamo, tapices. Barro, piedra, metal. Todo un mundo expuesto a su vista. Alvar llevaba el paquete envuelto con la túnica, mientras ella llevaba el de la carne.
Cuando se cansaron, al caer la tarde, mientras ya mucho puestos eran recogidos, caminaron de vuelta a su aposento. Entraron en el palacio y se dirigieron a su cuarto. Allí, ella dejó la carne sobre la mesa, se lavó y le quitó la túnica de las manos a Alvar.
-Sírvete un poco de vino. Hasta yo estoy sedienta. Y espérame, no te lo comas ni te lo bebas todo- Le dijo mientras entraba en la siguiente habitación, en donde había un amplio lecho de hojas de palma.
-Como ordenéis, mi señora-
Alvar se lavó también y se sirvió vino en el único jarro que tenían. Su criado apareció en la puerta. Compartía habitación con otros criados.
-Necesitáis algo, señor?-
Alvar miró al hombre, luego miró hacia la puerta del dormitorio, antes de contestar.
-No, puedes retirarte, hemos traído de comer y no te necesitaré. Toma-
Cogiendo una daga, abrió el paquete con la carne asada y cortó un generoso trozo que envolvió en parte de las hojas, entregándoselo al criado.
-Ocúpate de que nuestros caballos estén atendidos, y no bebas mucho, tal vez mañana haya trabajo-
El hombre cogió el paquete y se inclinó levemente en una reverencia.
-No os preocupéis, señor. Estaré listo y despierto por la mañana- Luego se retiró, corriendo la cortina de la puerta.
Alvar se sentó a la mesa y bebió con gusto un largo trago. La verdad es que tenia la boca seca, solo habían bebido aquella Chicha y agua con la carne en todo el día, que había resultado caluroso. Seguidamente procedió a cortar trozos de carne que distribuyó en sus escudillas.
Aun no había terminado, cuando Nanco, descorriendo la cortina del dormitorio, salió a la estancia. La túnica que habían comprado se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, cayendo desde los hombros hasta por debajo de las rodillas, dejando libre casi todo su pecho. La verdosa transparencia de la tela dejaba al descubierto su desnudo cuerpo. Alvar estuvo a punto de atragantarse.
-Estoy sedienta-
El le ofreció el jarro. Ella se acercó y se pegó a su cuerpo.
-Veo que has preparado la mesa. ¿Que tal si comemos esta rica carne?-
-Si... Será lo mejor-
-Por qué dices eso-
-Por que si no, se estropeará-
-Que sonso-
Ambos se sentaron a la mesa. Alvar volvió a llenar el jarro y mientras comían, se observaron en silencio. Nanco cogía la carne con la mano y le daba grandes mordiscos. Él, al principio, se entretuvo en cortarla con la daga, pero finalmente, la imitó.
-Esta rica- Dijo la mujer en un momento dado, masticando con deleite.
-Tu si que estas rica-
-Crees?-
-Estoy convencido, voto a tal-
Ella se limpió las manos con calma, como si no tuviese ninguna prisa, mirándolo desde el otro lado de la mesa, luego, se limpió la cara y se soltó el pelo, que llevaba sujeto a la nuca con una tira de cuero. Apoyó los codos en la mesa y la cara en las manos, mirándolo. Sonriendo.
Finalmente, se levantó y se acercó a él. -Ven...- Susurró en su oído, la túnica deslizándose lentamente sobre su tersa piel.

En el exterior, los perros aullaban a la luna menguante, la cual les mostraba sus cuernos, respondiendo a los coyotes que desde la lejanía la saludaban, coreándolos.