CUANDO LOS DIOSES REGRESEN
(Novela por entregas)
David Posse
CAPITULO TRECE
Diego Velázquez se consume de impaciencia en su palacio de Santiago de Cuba, no tiene ninguna noticia de lo que realmente está sucediendo en los territorios que ya se comenzaban a conocer como “Nueva España”.
Todavía se encuentra rabioso contra su ex-secretario, colérico porque sus trampas hubiesen fallado, y pese a que en el fondo no había aportado casi nada económicamente en aquella expedición, pregonaba airado a los cuatro vientos y a todos aquellos que quisieran escucharlo, que él era quien estaba detrás, quien se había jugado los cuartos, quien había comprado y equipado las naves y que Cortés, voto a este y a aquel, solo era un traidor, un miserable ladrón al que ahorcaría-decapitaría-quemaría-descuartizaría-empalaría (y luego vendría lo peor...), en cuanto le pusiese la mano encima al taimado botarate, a quien malas calenturas diese el mismísimo Dios, por vida de uno y del otro, maldición!.
Lo cierto es que pese al tiempo transcurrido, aún está furioso, muy furioso, y para aplacar su furia, se encontraba preparando una flota con la intención de ir a detener al traidor. No importa el precio. Lo único que importa es que acaba de ser reconocido por el rey con el titulo de Adelantado, según le informaban las cartas del licenciado Marín, su enviado ante la corte. Pero en aquellas cartas había otro tipo de noticias, noticias que no le gustan.
Poco más de dos meses atrás, sus espías en La Habana le habían informado cumplidamente de que una de las naves que se llevara con él aquel infame había fondeado en una bahía cercana al puerto. Al parecer, la nave estaba a las órdenes de Montejo, y éste tenía propiedades por los alrededores de la ciudad. Seguramente estaba de visita, o habían venido para aprovisionarse, pese a las prohibiciones en tal sentido que tenía dictadas a los comerciantes, precisamente por si alguno de ellos aparecía por allí, como ahora. No importaba la razón, estaban allí, y como no habían entrado en el puerto, resultaba lógico pensar que sus intenciones no eran buenas, y por supuesto que no venían a entregarse. Envió tres navíos desde Santiago que le cerrasen el paso y los cogiesen mansitos. Ellos les darían noticias de lo que estaba sucediendo en Nueva España. Se había frotado las manos de satisfacción solo de pensarlo.
Pero una vez más su trampa se fue al carajo. Para cuando sus naves llegaron a la bahía, ya la de Montejo estaba navegando, pese a que aún era visible sobre el mar y podían alcanzarla. Sus hombres corrieron en persecución de los fugitivos y poco a poco les fueron dando alcance, pues sus naos eran más ligeras y la de Montejo llevaba carga.
Sus barcos se abrieron en circulo según se fueron aproximando a los fugitivos, encerrándolos para que no pudiesen huir, y cuando, ya cerca de Jamaica, con la isla a la vista en el horizonte, los tenían a tiro e iban a intentar el abordaje, el piloto de Montejo suelta el ancla, vira sobre ella, cortan la amarra y pasan como una saeta entre dos de sus naves, que para cuando los capitanes dieron la orden de abrir fuego, ya Montejo se había ido al diablo a toda velocidad sobre las olas y ambas embarcaciones se alcanzaron mutuamente entre sí con sus cañones. Se había terminado la persecución...
Solo conocía a un piloto capaz de arriesgar semejante maniobra. Alaminos.
Las noticias de su enviado ante el rey que no le gustaban nada se referían precisamente a ellos. Esa nave consiguió arribar en Cádiz sin mayores problemas, y pese a que Marín los había denunciado como ladrones y traidores ante las autoridades en Sevilla, Montejo y Alaminos quedaron libres tras prestar declaración en el tribunal de la Casa de Contratación. Y no habían perdido el tiempo, pues se presentaron ante el rey en Tordesillas con tal cantidad de oro que solo un alquimista podría haberlo fabricado en tan poco tiempo. O bien Cortés y sus hombres se tropezaron de bruces con una montaña del dorado metal, vaya vuacé a saber. Lo cuál era más probable y lo que más le dolía. Fuese como fuese, aquel oro era suyo, el alquimista era suyo, la montaña era suya y quería meterle mano, voto a tal. Todo lo que Cortés encontrase y reclamase para sí era suyo. De él. ¡Para eso era Gobernador y Adelantado por la gracia de Dios, pesase a quien pesase, por los clavos de Cristo!
Llevaba dos semanas recorriendo la isla, comprando y alistando naves, reclutando gentes de armas, prometiendo y repartiendo el oro de Cortés, vendiendo la piel del oso sin haberlo cazado, tachándolos de traidores, alzados, rebeldes, botarates amotinados y toda una recua de calificativos que se le viniesen a la lengua y más aún según se terciase la ocasión, convenciendo a la chusma para que se enrolasen en su expedición de castigo. Lo que menos importaba a aquellas gentes era el castigar a nadie, pero las palabras “montañas de oro a repartir”, consiguieron más que cualquier otra promesa, y así, como tiran más dos tetas que cien carretas, cuenta ya con ochocientos hombres y más de ochenta caballos dispuestos a todo.
Velázquez pone a disposición de aquella gente un total de dieciocho naves para su transporte e ingentes cantidades de armas, municiones, alimentos, cualquier cosa que necesitasen. Solo había que pedir por la boca. Él proveería.
Pero él mismo tiene una necesidad: necesita imperiosamente poner alguien competente al frente. Su sobrino Grijalva es un inepto y no puede contar con él, pues seguramente, pondría todos aquellos hombres y equipos en manos de Cortés. Tras darle muchas vueltas, la única persona disponible que se le ocurre en esos momentos, hombre capaz, con hígados y dotes de mando, es Pánfilo de Narváez.
Una vez decidido, ordena llamar a Narváez a su despacho. Pero pese a todo, es consciente de que Narváez no va a ser fácil de convencer. Sabe que éste no es persona que se deja influenciar así como así con palabrerías ni tampoco se deja cegar por oropeles. Deberá estimular con habilidad al oficial…
Paseando por su despacho, iluminado por la luz del sol que penetra por el ventanal, aguarda ansioso la llegada del capitán.
Poco después, su criado llama a la puerta y le da la tan esperada noticia.
-Gobernador, el capitán Narváez espera-
-¿Y por qué lo tienes esperando? ¡Por los clavos del bendito Cristo, hazlo pasar, cretino!- Se sienta tras su mesa, mientras el criado ejecuta una reverencia y se retira, alegando para sí mismo que nadie más cretino que el gobernador de Cuba y que es una desgracia o un castigo del cielo tener que servir a semejante tarugo. Poco después, el criado, preguntándose a sí mismo que horrendo pecado habría cometido en alguna vida anterior para merecer aquello, abre de nuevo la puerta y poniéndose a un lado, presenta al visitante.
-¡El capitán Pánfilo de Narváez, señor!-
El criado se hace a un lado y Narváez, sombrero en mano, espada al cinto y paso firme, entra en el despacho.
-Narváez!, querido amigo mío. Pasad, pasad, os estaba esperando- Velázquez se levanta pesadamente y dando la vuelta tras la mesa, sale a recibir al visitante con los brazos abiertos.
-Gobernador, me han dicho que vuesa excelencia quería verme- Narváez se inclina ante el gobernador. Sabe que aquello no es una citación de cumplido, que se espera algo de él.
-Efectivamente, pero por vida de Cristo, acomodaos, tomad asiento. Probad este Jerez que tengo aquí...-
Velázquez sirve el Jerez en dos finas copas de cristal traídas de Holanda que coge del aparador y tiende una a Narváez.
-Veréis, necesito de vos un servicio- Ambos hombres se llevan sus respectivas copas a la boca. Mentalmente, Narváez hace cábalas respecto a lo que le depara la fortuna, y lo que ve, no le gusta. Aquel jerez le va a salir caro. Pero qué remedio...
-Estoy a disposición de vuesa excelencia, decidme-
-Bien... Bueno, como ya sabéis, he estado reclutando gente y acondicionando varias naves para ir a buscar a ese condenado renegado de Cortés, ¡que el infierno se lo lleve, voto a Cristo!, que como ya sabéis, desobedeciendo mis órdenes, traicionándome y robándome miserablemente, se ha ido a tierra firme ¡y ahora anda por la Nueva España conquistando, saqueando y robando como un maldito corsario berberisco!- El gobernador golpea la mesa con la palma para dar énfasis a sus palabras. Narváez, cogido por sorpresa, respinga.
-Si, esto… no. Quiero decir que tanto como eso...-
-¡Si, señor! ¡No tenéis ni idea de lo que ha encontrado! Aunque lo cierto es que yo tampoco...- Comenta con aire pensativo, para proseguir. -En fin, sea como sea, algo ha encontrado, ya que ha enviado una nave a España cargada de oro hasta los mástiles, oro que legalmente me pertenece. Como quiera que se ha declarado en rebeldía, todos los territorios conquistados y todas las ganancias son nuestras- Narváez no deja de notar aquel sutil cambio, del “me pertenece” al “nuestras”. La cosa no le está gustando nada, pero sorbe otro trago del delicioso Jerez y permanece en silencio. Sea lo que sea que quiera Velázquez, no tardará en soltarlo. Lo conoce y sabe de qué pié cojea.
-El problema es que tengo toda esa gente y esas naves sin nadie que las dirija, y para ello he pensado en vos. Os haréis cargo de la flota y me traeréis a ese perro traidor con cadenas hasta las cejas-
Narváez está a punto de atragantarse. Aunque intenta disimularlo, no consigue evitar toser un par de veces.
-Pero vuesa excelencia... ¿por qué yo? Cortés era amigo mío. ¿Qué os hace pensar que ahora iré contra él, o bien que él se avendrá a acompañarme por las buenas?-
-Veréis, el rey me ha nombrado Adelantado de todas las tierras descubiertas. Eso incluye las conquistas de ese renegado traidor, lo que lo deja en una posición aún más difícil de lo que ya está en estos momentos ante la justicia-
-Si vos lo decís. Pero sigo sin comprender por qué yo...-
Velázquez apenas presta atención a las alegaciones de su visitante y pasea de una esquina a otra, sorteando muebles con la copa en una mano y con la otra haciendo aspavientos.
-No es que yo lo diga, señor. Por vida de Cristo, lo dice el rey. Por si no lo entendéis aun, ese nombramiento me confiere el titulo de gobernador de la Nueva España, lo cual quiere decir que Cortés, si antes estaba actuando al margen de la ley, ahora aún más-
-Pero señor, yo solo soy un capitán que...-
-¡Error!- Lo increpa Velázquez, volviéndose de pronto hacia él. Observando que su copa ya está vacía, se apresura a llenársela con una sonrisa. Es el momento que esperaba. -Ahora sois teniente y estáis al mando de mi flota-
-Os agradezco la deferencia, gobernador...- Narváez alza su copa mientras inclina la cabeza, confundido. No termina de ver el tema claro pero tampoco sabe como esquivarlo, es consciente de que acaban de ponerle la soga al cuello adornada con un nombramiento.
-Sois persona competente, Narváez, por tal os tengo y por eso he pensado en vos para que mandéis la expedición de castigo. Tenéis que dirigiros sin dilación a Nueva España, detener a Cortés y a sus oficiales y traérmelos cargados de cadenas hasta las orejas. También tendréis que haceros cargo de su gente y tomar posesión en mi nombre de todo lo que hasta ahora hayan conquistado-
-Lo que ordenéis, gobernador...- Narváez intenta llevarse de nuevo la copa a los labios, pero ya Velázquez, conseguido su objetivo y dando por terminada la cuestión, lo despide con disimulo pero con firmeza.
-¡Pues hale!, arreglado el asunto, no perdamos más tiempo, hay ochocientos hombres sin nadie que los dirija esperando, y voto a Cristo, si no parece que están perdiendo la paciencia a causa de permanecer ociosos, así que os vais y los ponéis a trabajar- Poniendo una mano sobre el hombro de Narváez lo lleva hasta la puerta sin que éste haya tenido oportunidad de beber. Ya en la puerta, Velázquez le coge la copa de la mano.
-Comprobad que todo está en orden, los barcos cargados de armas, municiones, provisiones, lo que sea, quiero a la gente preparada y lista para partir cuanto antes. Si alguna cosa más necesitáis, solo decídmelo. Confío en vuesa merced-
-Cumpliré el encargo de vuesa excelencia- Narváez hace una reverencia, se pone su sombrero y se dirige hacia la salida. Velázquez permanece unos instantes observándolo desde la puerta de su despacho hasta que desaparece, luego se vuelve y se da cuenta de que tiene las dos copas en sus manos, una llena, la otra casi vacía. Las mira como si no supiese qué hace allí con aquellas copas. Se encoge de hombros y se las bebe una tras otra. Por los clavos de Cristo, que no es cuestión de desperdiciar el Jerez.
Apenas una semana más tarde, estando Velázquez repasando las listas de la gente y los pertrechos de la armada que le ha enviado Narváez, la cual ya estaba lista para partir y simplemente esperaban sus ordenes, su criado entra en el despacho con cara grave. Velázquez lo mira, el criado permanece en la puerta como si le hubiesen atado un palo a la espalda.
-¿Y bien? Qué haces ahí tieso, cretino. Qué pasa ahora-
-¡Señor gobernador, en la sala está su excelencia el licenciado Vázquez de Ayllón, juez de la Real Audiencia de Santo Domingo, que solicita ser recibido!-
-Como?, Quien?- Aquella es una visita que Velázquez no se esperaba.
-Su excelencia el licenciado...-
-Ya me lo has dicho, inútil!. Hazlo pasar!- El criado, siguiendo las ordenanzas, hace una reverencia mientras piensa que el único inútil allí es su amo, al que siempre se la meten doblada, y sale de nuevo cerrando la puerta tras de sí. Poco después, regresa de nuevo y presenta al invitado-
-Señor gobernador, su excelencia el licenciado Lucas Vázquez de...-
-¡Si, si, si, ya se!. Puedes retirarte-
Ayllón pasa raudo al lado del criado y éste cierra la puerta. La cara del licenciado no promete nada bueno. Velázquez se levanta, sonriente.
-Señor licenciado, cuanto honor, qué trae a vuesa excelencia por...-
-Dejémonos de cháchara insulsa- Lo corta Ayllón secamente con un gesto tomando asiento. -Estoy aquí para pediros que licenciéis a toda esa gente que tenéis pensado enviar a Nueva España, de lo contrario, tendré que procesaros por desobediencia. Y no quiero Jerez- Ya Velázquez se dirigía hacia el aparador, pero se gira en redondo al escuchar la negativa del licenciado.
-No puedo hacer lo que vuesa excelencia me pide. Por si no lo sabéis, tengo un poder real que me autoriza a tomar posesión de todos esos territorios en nombre de su majestad- Alega, esperando zanjar pronto el asunto.
-Tal vez no me he explicado bien. Veréis, tengo perfecto conocimiento de vuestros nombramientos, pero el caso es que si tenéis alguna disputa personal con Hernán Cortés, debéis llevarla a los tribunales del rey, que para eso están. Lo que no podemos consentir es que organicéis una guerra civil en territorios que ahora mismo ya pertenecen a la corona, pues Cortés ha tomado posesión de ellos en nombre del monarca y éste le ha concedido los correspondientes permisos-
-Eso no cambia nada. Mis concesiones y poderes están por encima de los de Cortés. Además, son anteriores, y Cortés, en estos momentos, es prófugo de la justicia y está alzado en rebeldía-
-Tal vez no cambie nada para vos, pero aparte del hecho de que las últimas disposiciones invalidan cualesquiera otras anteriores, como ya deberíais saber, es cuestión de obrar con prudencia. Pensad en los hombres que están con Cortés, ¿de verdad creéis que van a entregar así por las buenas todo aquello por lo que han estado luchando?. Y la gente que enviáis, ¿quien os dice que una vez en Nueva España, viendo las riquezas, no se unan a Cortés?. De cualquiera de las dos maneras, ésta expedición no va a terminar bien, y lo sabéis. De nuevo os conmino a desmontar la armada, pues por culpa de estas querellas sin importancia peligra una gran conquista. Pensadlo. En la corte no miran con buenos ojos vuestras intenciones, y os recuerdo que yo, como justicia real, no he emitido ninguna orden contra Cortés, y las que vos me habéis enviado, están archivadas en espera de estudio, por lo tanto, vuestra flota solo tiene una misión a ojos de la justicia, y esa cuestión es venganza personal. Os lo repito, licenciad la flota-
Velázquez boquea sin poder creerse lo que escucha.
-Y yo os repito que no tengo intención de tal cosa, voto al mismísimo Cristo!. Voy a hacer valer mis derechos por mucho que os pese. Y si creéis que podéis procesarme, pues allá vos. No pierda vuesa excelencia aquí el tiempo!- Y agita una mano, como despidiéndolo, mientras se sienta en su sillón tras la mesa, fingiéndose repentinamente ocupado con su papeleo.
Ayllón se levanta de su asiento sin mirar a Velázquez y se dirige a la puerta.
-Pues muy bien- Abrió la puerta. -Escribano!, entrad, por favor-
Un hombre cargado de legajos y de hombros, con los ojos entrecerrados debido a alguna miopía, encorvado, pequeño, calvo, con una gran nariz roja como un pimiento, producto del abusivo consumo de vino, vestido con ropas que parecían de alguien más corpulento y con picados dientes sobresalientes de un amarillento marfil viejo, penetró presuroso en el despacho. Velázquez permanece incrédulo, mirando al personaje sin comprender nada. Ayllón muestra una silla al recién llegado enfrente de él.
-Haced entrega a su excelencia el gobernador Diego Velázquez, aquí presente, de los requerimientos que traemos contra él por desobediencia y rebeldía, y levantad la correspondiente acta de que han sido entregados-
-Si, señor juez, si!. Lo que vuesa señoría diga-
El personaje dejó caer con un golpe seco sobre la mesa todos los legajos que portaba, levantando una nube de polvo que el gobernador agitó con su mano. Se entretuvo un rato rebuscando entre los papeles con calma, apartando algunos según los iba encontrando y entregándoselos a Velázquez después de pegarlos a su cara y mirarlos detenidamente.
-Esto es para vos, excelencia... Esto también... Este otro también... Y este!. Listo, ahora, si me lo permitís, redactaré la correspondiente acta. -Acercó su cabeza a Velázquez a menos de un palmo, doblándose por encima de la mesa, mientras éste se echaba un poco para atrás, apartándose, en un intento de evitar el podrido aliento vinoso que exhalaba el hombrecillo. El escribano lo escrutó durante unos momentos, entrecerrando más aún sus ojos, mirándolo de arriba a abajo. -Si, sois vos, os conozco, el gobernador Velázquez, no hay duda. Todo es legal. Si!-
Sacó una hoja en blanco del montón y un pequeño estuche con tintero y pluma. Seguidamente, comenzó a escribir en silencio con la cara pegada al papel. Velázquez miraba atónito ora a uno ora a otro. Tras un par de minutos, el escribano, espolvoreando lo escrito para que la tinta secase más rápido, provocando otra nube de polvo sobre el rostro de Velázquez, con gran irritación de éste, dio por terminada su labor.
-Señor magistrado, listo, se han entregado los requerimientos a la persona adecuada y he levantado acta de la entrega. ¿Ordena algo más vuesa excelencia?-
-No, todo ha sido correcto. Podéis retiraros, si os place- Le comenta Ayllón con una ligera reverencia.
-Por supuesto, señor. Caballeros, buenos días- El hombrecillo recogió su estuche y sus legajos, y se quedó mirando a su alrededor, como si estuviese perdido o buscase algo.
-El sombrero se lo habéis entregado al criado al entrar- Le aclaró en juez.
-¡Ah, sí! Es cierto!. Señor juez, señor gobernador, que vuesas excelencias tengan un buen día-
-¡Por los testículos de Lucifer!. Qué infiernos voy a tener un buen día con tanto requerimiento y tanta mierda, por vida de Cristo!- Estalla Velázquez agitando ambas manos llenas de papeles, mientras el hombre, impertérrito tras años de práctica escuchando de todo, salía por la puerta, cerrándola a sus espaldas. Velázquez se encaró con el magistrado, levantándose.
-Todo esto no significa nada!. No voy a detener la flota. Es más, está lista para partir, y lo hará pasado mañana, mal que os pese!-
-Entonces, no tengo más remedio que ir yo también a bordo. Supongo que vuesa excelencia no se opondrá a ello- Ayllón se mira las uñas con indiferencia.
-Por mí como si os queréis ir al infierno con el mismísimo Belcebú!-
-Estupendo. Gracias por vuestra colaboración. Decidme, ¿quien manda la flota?-
-Pánfilo de Narváez. Podréis encontrarlo por el puerto. Decidle que tenéis mi permiso- Contestó cansino, sentándose, apoyando el codo sobre la mesa y descansando la cara sobre la mano.
-Aunque no lo tuviese, gobernador. Aunque no lo tuviese... Recordad que la ley está por encima de todos. Y yo soy la ley- Le contestó el magistrado desde la puerta, antes de cerrarla.
Velázquez, una vez más, se da a todos los diablos, echando pestes contra todos los escribanos, licenciados y magistrados del mundo habidos y por haber, voto a esto y a lo otro!. De pronto se calma. Si Ayllón sale con la flota, las noticias de su propia rebeldía tardarán en llegar a Santo Domingo tanto como tarde el magistrado.
En el fondo, tal vez no sea tan mala idea. Con un poco de suerte, quizás algún desquiciado indio caribe o lo que fuese le abra la cabeza, o alguien, en combate...
Sirviéndose una copa de Jerez, se sonríe para sí mismo, frotándose las manos e imaginando la escena.
Moctezuma recibe a sus nobles, como siempre desde que está en el palacio con Cortés, en un salón equipado para tal evento. Las paredes han sido enteramente cubiertas de vistosos tapices iluminados por antorchas, que, al igual que en la sala oficial que hasta ese momento había usado, apenas despejan la oscuridad, creando una atmósfera intimista. O aterradora, dependiendo de la ocasión. La enorme y maciza silla labrada que Cortés le había regalado, y que usaba como trono, convenientemente acolchada con variadas pieles de puma, había sido transportada hasta allí, y los mismos carpinteros españoles le construyeron un encumbrado estrado de madera forrado en tela y convenientemente alfombrado para poder estar cómodamente en lo alto.
Sus nobles comentaban, como siempre durante los últimos días, el asesinato de su sobrino Cacumatzin. Es el tema de conversación general tanto en la corte como entre el vulgo. Todos están nerviosos y nadie parecía saber con seguridad quién había dado tal orden. Corrían comentarios de todo tipo al respecto. Pero todo eran conjeturas y nadie estaba seguro de nada.
El pueblo sospechaba que Moctezuma se había vengado de su levantisco sobrino por pretender destronarlo, pero gran parte de los generales y la nobleza sospechaban que otra mano estaba detrás, pues todos eran conscientes de que el emperador no ordenaría la muerte de su sobrino sin una razón. Y una revuelta para liberarlo, aunque disimulada bajo otro motivo para no levantar sospechas, no era razón. Además, ellos lo habrían sabido, de ser así. Últimamente se presuponía que tal vez los españoles...
Pero las noticias llegadas de Texcoco apuntaban a los mexicas. Los soldados de la guardia habían perseguido a los asesinos, los cuales habían matado además a un sirviente y a un soldado durante su huida, descubiertos cuando salían del palacio tras cometer el crimen, y por las descripciones, no tenían dudas. Eran de los suyos. Todavía no los habían apresado, pero los estaban acosando y el cerco se iba estrechando. En cualquier momento, los capturarían.
Con los nobles venían varios mensajeros, recién llegados de la costa, los cuales permanecieron silenciosos en una esquina, hablando bajo entre ellos de vez en cuando, susurrando mientras su señor y los ilustres terminaban sus audiencias y confesiones.
Finalmente, Moctezuma les ordena acercarse.
Los mensajeros, haciendo grandes reverencias se pusieron ante su señor.
-Qué noticias traéis de la costa, mensajeros- Pregunta el soberano, con aire hastiado, como cansado de todo aquello.
-Mi señor, nuevas naves con extranjeros dentro han llegado. Se encuentran ante la ciudad de los españoles-
-Cuantos son-
-Hemos contado dieciocho naves, no sabemos cuanta gente viaja dentro, pero creemos que cerca de mil hombres-
Le tendieron varias telas enrolladas, que habían dibujado y en las que aparecían cuidadosamente representados los bajeles, así como algunos retratos de sus ocupantes. Moctezuma las observa una a una en silencio
Aquello, en el fondo de sí mismo, lo dejó indiferente. Si quinientos de ellos habían conquistado sus tierras, qué no harían mil más?. Ya no importaba. De cualquier manera, todo estaba perdido y solo era cuestión de tiempo.
Las noticias de la muerte de su sobrino por un grupo de mexicas no le habían gustado tampoco, pero personalmente, en contra de lo que opinaban los nobles, las había acogido con alegría. Su sobrino, en el fondo, se estaba alzando contra él, aunque pretendiese hacer creer lo contrario al resto de la corte, y había estado a punto de provocar una matanza.
Su muerte sirvió, por lo menos, para detener la carnicería. Cuando menos, de manera temporal, pues era consciente que, dada la situación, no tardaría mucho cualquier otro en alzarse. Solo era cuestión de tiempo.
Pero si los españoles recibían refuerzos... Entonces sí que ya todo estaba perdido. Ningún alzamiento tendría éxito y solo sería un sacrificio inútil.
Con un gesto da por terminada la audiencia, y se levanta del sillón mientras todos abandonaban la sala. Cogiendo las telas, se dirige a los aposentos de Cortés. Éste lo recibe con agrado, y envía a su criado en busca de Marina y Aguilar.
-Mi señor, me honráis con vuestra visita- Lo saluda a través de ambos interpretes, haciendo una reverencia.
-Vengo a traeros noticias, no será mucho tiempo-
-Se sabe algo ya de los asesinos de vuestro sobrino?. ¿Los han capturado?- Pregunta Cortés con interés, aunque disimulándolo. También Aguilar espera con impaciencia las palabras del emperador que Marina le transmite. Alvar no es Cortés y él lo sabe. Siempre le ha caído bien aquel hombre callado, pero inteligente, la sombra opuesta de Cortés, su otra cara, que solo habla cuando se le pregunta y al cual no lo mueve la ambición.
-De momento, no, pero pronto caerán en nuestras manos, no hay a donde huir. Los siguen de cerca-
-Por donde han huido?- Cortés está interesado en saber algo de Alvar, y poder enviar gente a rescatarlo, pero Moctezuma siempre alega desconocer por donde se está llevando a cabo la búsqueda o cualquier otra noticia al respecto, y se zafa de la cuestión con vaguedades, lo que hace sospechar a Cortés que en realidad sí sabe algo.
Cortés tiene a diez jinetes recorriendo en dos grupos las márgenes de la laguna y sus zonas adyacentes hacia el norte y hacia el sur, por si casualmente dan con ellos. Sus espías, repartidos por toda la zona y las poblaciones aledañas tienen órdenes de traerle inmediatamente cualquier información al respecto. Pero hasta ahora no han encontrado el menor rastro, la menor pista. Ni unos ni otros.
Moctezuma, cambiando de tema, habla de lo que le ha traído allí.
-Han llegado noticias de la costa. Varias naves como las vuestras, llenas de gente, han tomado tierra en la bahía, frente a vuestra ciudad- Y le tiende las pinturas. -Las naves que pretendíais construir ya no son necesarias- El emperador hace referencia a los bajeles que, como excusa para ganar tiempo, Cortés le había dicho que iban a construir en la costa para regresar a España, dada la destrucción de sus barcos desmantelados en la playa.
Solo había sido una artimaña, apoyada por los dos pequeños bajeles que ahora flotaban navegando sobre la laguna, pero el mexica se la había tragado. Ahora, aquel subterfugio perdía su validez. Cortés ya no tenía razón ninguna para seguir permaneciendo en su reino. Ambos lo sabían.
Las noticias hacen olvidar momentáneamente a Cortés la suerte de Alvar, las añagazas y lo demás. En un principio, se alegra, pues seguramente, Montejo y Alaminos están de vuelta con gente y suministros. Aquello no podía ser mejor. Observa con atención los dibujos. No hay duda, son españoles.
-Esto es una gran noticia, mi señor. Si estos navíos regresasen a España nos iríamos en ellos!. No han de tardar nuestros propios mensajeros en confirmarla y ampliarla!- El sonriente rostro de Cortés, pese a todo, no engaña al emperador.
Moctezuma no tiene ganas de hablar, desde la muerte de su sobrino se muestra reservado con los visitantes, y dando por finalizada la entrevista, se levanta, despidiéndose. Cortés, Marina y Aguilar lo despiden a su vez con las debidas reverencias e inmediatamente que el emperador desaparece por el pasillo, el capitán español llama a su criado. Marina también se va. Cortés nunca sabe muy bien lo que hace la mujer cuando no ocupa su lecho o cuando no la necesitan de intérprete.
-Manda aviso a todos los oficiales, que se presenten aquí cuanto antes. Mueve el culo!- Ordena a su criado
-Si, señor!-
Mientras espera, con el corazón alegre, se sirve un jarro de vino y lo bebe con placer. Hasta que se percata de la presencia de Aguilar, que ha permanecido sentado esperando la reunión y lo observa en silencio.
-Podéis serviros vos mismo...- Le dice Cortés, resignado.
-Mil gracias, capitán. Es un honor serviros-
-Y dejad de llamarme... Bah!, no importa-
-Como queráis- Contesta el fraile con una sonrisa.
-Por cierto, ahora que lo pienso, que yo sepa, desde que estáis con nosotros, vuesa merced no ha oficiado una sola misa-
-Tenéis ya varios sacerdotes, pero solo un intérprete. ¿Qué preferís?. Sabéis que si me encuentro oficiando, no podré dejar la misa para serviros como traductor-
-Ya, creo que comprendo, lo vuestro es convertir indios. Sobre todo, si son de sexo femenino-
-No seáis duro conmigo, señor capitán, pensad que simplemente hice voto de celibato, no de castidad. Además, tanto tiempo viviendo con los indios que uno adquiere pronto sus costumbres. Eso por no mentar vuestra vida de concubinato con Doña Marina…-
-Voto a Cristo que tenéis la cara más dura que las piedras con las que están hechas estos muros!- Cortés golpea la pared con su mano, y se vuelve a la ventana dando la espalda al fraile mientras éste le sonríe por encima de su jarro.
-Pero tal vez sea mejor así-
-Tal vez... Capitán-
Tres cuartos de hora más tarde, reunidos alrededor de la mesa, todos con sus buenos jarros de vino delante, escuchan las noticias y miran con atención los dibujos.
-No hay duda, señores. Tiene que ser Montejo, que ha conseguido hombres y suministros para socorrernos- Comenta Olid con un brillo de esperanza en sus ojos.
-Estamos de enhorabuena, ya nada nos impedirá tomar este reino, por las buenas o de grado!-
-Tranquilizaos, Alvarado. Estáis muy inquieto, parecéis algo tenso, relajaos...- Le ordena Cortés, señalándole la silla para que se siente. Alvarado hace un gesto de hastío.
-Bah!, por vida de Cristo, estoy cansado de estar sentado!-
-Esperemos, no creo que tarden en llegar noticias de Veracruz-
-Se sabe algo de Alvar y Yáñez?- Pregunta Olid, interesado. A él también le cae bien el capitán. Mejor que Cortés, aunque lo disimule. La pregunta siembra un expectante silencio y todos vuelven sus miradas a su capitán.
-De momento, que con toda seguridad, al menos eso creo y espero, no los han capturado, pero nadie sabe donde están, los espías no consiguen información al respecto y Moctezuma no suelta prenda, aunque sepa algo. Y creo que lo sabe. Nuestros hombres recorren las orillas de la laguna por si aparecen. He hecho creer al mexica que solo son patrullas de vigilancia, pero yo diría que sospechan de nosotros. Además, la llegada de estas naves nos pone en situación de tener que decidirnos con respecto a él. Ya ha comentado que no es necesario perder el tiempo construyendo naves cuando la costa ahora está llena de ellas-
-Bueno, si no capturan a ninguno, nadie sabrá nada- Alvarado, indiferente, bebe un largo sorbo de su jarro, pasándose luego el dorso de la mano por la boca. -En cuanto al resto, ya veremos...-
-No podemos contar con eso!. Es necesario intentar encontrarlos a cualquier precio. Vos, Alvarado, ya que al parecer os aburrís, quiero que con cincuenta hombres hagáis todo el camino desde la calzada a Texcoco. Y sin incidentes. Estamos?. Quiero todo ese tramo de terreno completamente tamizado y cribado. Y que se vaya ampliando el círculo, es posible que, para escapar de sus perseguidores hayan tenido que internarse en las colinas-
-Si, señor, no habrá problemas-
-Pues eso. No parecéis muy consciente de que ese hombre, aparte de amigo mío, y de los aquí presentes, nos ha salvado la vida a todos, al menos de momento, y posiblemente, eso le cueste la suya. Deberíais ser un poco más consecuente con eso!. Tenemos que poner todo lo que esté en nuestra mano para encontrarle-
El criado asoma de pronto por la puerta, interrumpiendo la conversación.
-Señor, unos indios procedentes de Veracruz están abajo y traen una carta-
-¡A tiempo!- Exclama Cortés, exultante. -Hacedlos pasar- Luego, dirigiéndose a los presentes. -Señores, veamos qué de nuevo tenemos hoy- Y alzando el jarro propone un brindis.
Las caras, sin embargo, cambian cuando las noticias que les llegan no son las esperadas. La primera en cambiar es la de Cortés, que toma la carta de manos del indio que la porta y la abre con premura, comenzando a leer. Su sonrisa de felicidad se va borrando poco a poco y su gesto se torna serio. Todos observan la transformación en silencio y nadie osa ni respirar.
Terminada la misiva, los mira uno a uno.
-Maldición, señores, Diego Velázquez ha enviado contra nosotros dieciocho naves con ochocientos hombres al mando de Narváez. Al parecer, vienen a detenernos. Han exigido la rendición de Sandoval, pero éste se ha resistido y ha encarcelado a los emisarios. De momento, no han sido atacados, pero al parecer, Narváez pretende desembarcar de un momento a otro. Esas son las naves que tenemos en la costa. ¡Maldito sea el tal Velázquez y la señora puta que lo parió!-
Los clamores de protesta contra el gobernador y, por extensión, contra Narváez, salen de todas las bocas.
-Señores, no hablen vuesas mercedes mal de mi primo- Protesta, más en broma que en serio, Velázquez de León. Los reniegos y maldiciones se renuevan, ahora con más ímpetu.
-Caballeros, calma!. No todo está perdido. Todos, quien más quien menos, conocemos a Narváez. Parlamentaremos con él, que se una a nosotros. ¡O que se largue al infierno!- Grita levantando su jarro.
-Al infierno!- Exclaman todos al unísono.
-Ante todo, es necesario tomar medidas. Alvarado, os quedareis aquí, con unos ochenta hombres. No dejéis en ningún momento de rastrear las orillas y hacia el interior, ampliando el campo en busca de Alvar. Actuad como os he dicho, aunque lógicamente, con menos hombres. Pero no quiero que la abandonéis- Cortés piensa rápido en situaciones apuradas, y en breves momentos, ya ha trazado sus planes para actuar sin dilación. -Moctezuma debe seguir como hasta ahora, con su libertad vigilada, en ningún momento creéis problemas con él, no puedo mantener dos frentes abiertos, es muy importante que mantengáis la plaza firme y con seguridad, por si hay problemas, nos podamos refugiar aquí. Aunque también aquí tengamos enemigos-
Caminando a un lado y otro de la estancia, dando órdenes, parece encontrarse en su salsa.
-El resto de los hombres, que se preparen para salir. Enviaremos un mensaje a Sandoval, que deje Veracruz en manos del cacique de Zempoala- Aquella decisión levanta algunas protestas. -Lo sé, señores, eso y dársela en las manos es lo mismo, pero no podemos hacer otra cosa. De todas formas allí no podríamos hacernos fuertes. Las empalizadas pueden detener a los indios, pero ya habéis comprobado que contra cañones y arcabuces no sirven-
-Qué hacemos con los indios, ya que hablamos de ellos?- Pregunta Aguilar
-Vendrán con nosotros, preparad comida para el camino y partid a acondicionarlo todo, salimos al amanecer, pues no tenemos tiempo para andarlo perdiendo. Los indios que han traído el mensaje, vos, Aguilar, comunicadles lo que deben decir a Sandoval, y de paso, que avisen a los caciques de Tlaxcala, necesitamos unos seis mil hombres en pié de guerra, y que salgan ahora mismo-
-Si, capitán- Dice el clérigo, ya en la puerta.
-El resto, dispónganse vuesas mercedes en sus puestos, todo listo para partir con las primeras luces del día, no venderemos nuestras vidas de barato, voto a Cristo!-
La desbandada no se haced esperar, es general. Todos apuran sus jarros y luego cada uno se dirige a su puesto, para preparar el ejército y ponerlo en marcha, dejando solo a Cortés, el cual permanece pensativo paseando por la habitación. Se asoma a la ventana y observa el patio. Ya parecía que las órdenes se estaban cumpliendo, pues poco a poco comenzó a reinar una actividad febril, hombres corriendo para un lado y para otro.
Levanta la vista y observa de nuevo las nevadas cumbres. El paso por las montañas no iba a ser fácil si estaban cubiertas de nieve. Pese a que el tiempo era soleado, el frío de la estación se dejaba notar.
Se da la vuelta y se sobresalta. Allí, de pie, enmarcada en la puerta mirándolo seriamente, con su cabello suelto sobre sus hombros, estaba Nanco.
-Nanco!. Qué haces aquí. Me has asustado-
-Todavía no sabes donde esta?- Se limita a preguntar la mujer.
-No, todavía no tenemos noticias, pero...-
-Si lo has sacrificado a tu ambición, si Alvar muere por tu culpa, tú no tardaras en seguirlo. Ni tu Dios ni tu ambición te salvarán de mi venganza- Sus oscuros ojos, profundos como negros pozos en cuyo fondo brillasen las llamas del infierno, fijos en Cortés, parecen presagiar la muerte que le promete. Con un brusco gesto, se da la vuelta y sale del cuarto. Cortés se quedó de piedra.
-Por las calzas de Cristo. Quien te crees que eres para venir aquí a amenazarme?- Le grita. -Solo eres una esclava!. Maldita sea!-
Las palabras de Cortés salieron tras la mujer al pasillo, persiguiéndola, pero resbalaron por su piel mientras se alejaba, sin hacerle mella.
Los primeros rayos del sol se adentran en el valle de las lagunas iluminando al ejercito de Cortés marchando sobre las calzadas camino de Cholula. El día es frío, la brisa que baja desde las cumbres penetra en los huesos, helándolos, y los débiles rayos de Tonatiuh aún no dan calor al corazón de los hombres. Ahora que ya conocen el trayecto que han de seguir, éste transcurre más rápido y les lleva menos tiempo avanzar, aunque no por ello dejan de tomar las necesarias precauciones para su seguridad.
Poco antes de llegar a ésta población, sobre el medio día, ya con el sol sobre sus cabezas y el ambiente más caldeado, salen a recibirlos los caciques con grandes honores, y poco después, ya en la ciudad, hacen un alto para comer y reponer fuerzas, Cortés pretende llegar a Tlaxcala al caer la noche. Quiere forzar la marcha en la medida de lo posible pero sin que los hombres terminen agotados, pues de lo contrario no le servirán de nada si tienen que enfrentarse a Narváez.
Al caer la tarde, poco antes de ponerse el sol, ya ven a los caciques tlaxcaltecas que por el camino salen a aclamarlos como a héroes, por haber derrotado y dominado a su mayor enemigo. Allí se llevan una sorpresa. Los seis mil soldados solicitados por Cortés no están disponibles. El consejo de caciques ha decidido que, ya que deberán enfrentarse a más españoles, y puesto que éstos son invencibles para ellos, no sacrificarán más hombres. Cortés en un principio se da a todos los demonios, pero luego recapacita y comprende que tal vez el senado tenga razón. De todas formas, solo los quería como elemento disuasorio, para hacer bulto e intentar intimidar a Narváez que para el combate...
Pasan la noche en Tlaxcala y los días siguientes continúan avanzando a través de valles, subiendo los pasos por las montañas hasta llegar a una población cercana a Zempoala, en donde se reúnen con Sandoval, el cual, siguiendo sus órdenes, abandonó Veracruz y lo estaba esperando. Allí montan un campamento, y éste puso a Cortés y al resto de los oficiales al corriente de la situación. Con él venían un puñado de soldados que habían abandonado las filas de Narváez para unirse a ellos.
-Veréis, capitán, Narváez ha desembarcado con su gente y están en Zempoala, donde el cacique, creyéndolos amigos, los recibió con afecto, pero pronto se dio cuenta de su error y de la verdad. Envié a dos hombres disfrazados como los indios, de piel tostada, uno de ellos, el joven González, que aprendió su lengua y ahora es nuestro intérprete-
-Si, lo recuerdo, un muchacho inteligente. Hará fortuna, no lo dudo. Seguid-
-Bien, como os decía, se mezclaron con los zempoales y haciéndose pasar por vendedores, entraron en el campamento de Narváez. Está muy confiado y seguro de sí mismo pues la vigilancia es prácticamente nula-
-No es propio de Narváez el bajar la guardia...- Cortés toma nota mientras ordena al criado que llene los jarros. La dejadez de su ahora enemigo puede resultar beneficiosa para ellos y aprovechable si tienen vista.
-Se encuentran en terreno pacificado. Nosotros lo hemos pacificado y está confiado- Opina Olid, frotándose la mejilla pensativo. -Pero no, eso no es propio de él-
-Continuad- Ordena Cortés a Sandoval.
-Mis hombres se metieron entre ellos y nadie se dio cuenta del engaño, se pasearon por todo el campamento como si estuviesen por su casa y observaron todo. Narváez no nos espera tan pronto. Tiene varios cañones pero todavía están sin montar sobre las cureñas y no parecen tener prisa en montarlos. Por la tarde, los mismos hombres volvieron al campamento, llevando forraje para los caballos, y salieron de él con un ruano de la brida sin que nadie les dijese nada ni los detuviese- Sandoval no puede reprimirse y rompe a reír. Sus carcajadas son coreadas por todos.
-Estáis de broma?. Decís que dos hombres se han llevado un caballo del campamento español sin que nadie se diese cuenta?-
-Eso mismo, señores. Nadie lo notó, ni les pregunto, ni los detuvieron, nada. Como si el jaco fuese de ellos-
-Y a quien pertenece el animal?, lo sabéis?-
-No os lo vais a creer- Sandoval apenas puede contener las risotadas.
-Probadlo, hombre-
-A Salvatierra- Y rompe de nuevo a reír.
-Salvatierra?, aquel capitán que...?-
-El mismo. Tan arrogante y presumido, y le roban el caballo delante de sus propias barbas-
Durante varios minutos, todos se ríen con ganas comentándose unos a otros la anécdota.
-Ahora estarán sobre aviso. Pero bien por esos dos hombres- Cortés levanta su jarro en alto para dar énfasis a sus palabras, antes de continuar. -Eso nos favorece. El problema es que no tenemos indios que nos apoyen. En Tlaxcala no quisieron facilitarnos gente. Contra cualquier otra nación, están a nuestro servicio, contra otros españoles, no quieren saber nada. Los dejamos bien escarmentados.
-Cobardes!- Exclama uno de los oficiales de Sandoval.
-Cuidad vuestra lengua, os digo que los dejamos bien escarmentados, pero no por eso son cobardes. Estuvieron a punto de desbaratarnos varias veces, solo su falta de un buen mando nos dio la victoria, no nuestras armas. Tened en cuenta que llevan años resistiéndose a Moctezuma sin que éste haya conseguido doblegarlos, no considero que eso sea de cobardes- Un molesto silencio pesa sobre todos.
A su alrededor, los soldados van y vienen, acomodándose para pasar la noche, pese a que aún es media tarde. El bullicio en el campamento es general, y poco a poco se encienden varias hogueras para preparar los alimentos que les traen los indios. El oficial, avergonzado por la reprimenda recibida, baja la cabeza, mirando el interior de su jarro. Cortés, consciente de que acaba de abochornarlo públicamente, rompe la tensión.
-No ocurre nada, no os avergoncéis, solo habéis dado una opinión sin conocimiento de causa. No os habéis enfrentado a ellos. No son cobardes, solo realistas y precavidos- Dirigiéndose a todos en general, prosigue. -Es preciso saber con cuantas fuerzas contamos, antes de planear el siguiente paso. Señores oficiales, hagan un recuento lo antes posible y regresen pronto-
Todos se levantan para hacer un inventario de sus escuadrones, regresando poco después. En total suman doscientos setenta hombres, incluidos los que Sandoval trajo consigo.
-No es mucho para tamaña empresa- Alega Velázquez de León.
-No, pero como no hay donde escoger, tendremos que arreglarnos. Dos mil indios están en camino hacia aquí, y tenemos otros mil con nosotros, a juzgar por lo que veo que habéis traído-
-Aproximadamente, no os fallan los cálculos, pero voto a Dios, que son insuficientes para enfrentarnos abiertamente con la gente de Narváez. Nos aplastarán si no discurrimos algo. Y pronto- Con otro gesto a su criado, éste sirve más vino para todos.
-Es necesario ganar tiempo, mientras llegan los indios de refuerzo-
-Tenéis razón, Sandoval- Cortés se dirige a Velázquez de León, observándolo pensativo. -Vos, Velázquez, como vuesa merced es pariente del gobernador, iréis a parlamentar con Narváez-
-Yo?, pero qué...-
-Escuchad, voto a Dios, que no tenemos tiempo. Iréis a parlamentar, digo. Hablareis con Narváez, os informareis de lo que pretende y luego tratareis de ganarlo para nuestra causa, si es posible. No hace falta que seáis muy explícito en lo referente a la situación, simplemente, le diréis que hay mucho oro a ganar para todos y que un enfrentamiento entre nosotros es inútil. Ya este reino está conquistado, solo falta asegurarlo, y con su ayuda, podremos hacerlo-
-Eso es todo?-
-Si se os ocurre algo más que pueda servirnos para convencerlo sin ponerlo muy al corriente del estado de las cosas, pues allá vos. Sois inteligente, usad vuestra inteligencia-
-Me ahorcarán... De qué me servirá entonces la inteligencia…- Y Velázquez se pasa la mano por el cuello, frotándoselo, como si en esos mismos instantes tuviese ya una soga ciñéndole la garganta.
-No tendremos esa suerte, hombre!- Lo anima Olid, palmeándole la espalda.
-No se atreverá. Sois pariente del gobernador y no se atreverá a tocaros. Además, vais como parlamentario- Lo tranquiliza Cortés pese a saber que solo son chanzas.
-En fin, si no hay otro remedio... –Velázquez termina su jarro con resignación. -Partiré lo antes posible. Deseadme suerte, caballeros-
-Está bien. Los demás, cada uno con su gente lista y a punto-
Dos días más tarde, Velázquez está de regreso e inmediatamente se presenta ante Cortés. Al verlo pasar por el campamento sobre su caballo, varios oficiales e incluso Aguilar, salen a recibirlo, saludándolo con satisfacción y se le unen, acompañándolo hasta la tienda de su capitán. Todos están ansiosos por conocer las nuevas que porta.
-Velázquez!- Lo recibe Cortés, abrazándolo. -No os han ahorcado, lo veis?, os lo dije-
-No lo han hecho por poco, señor- Responde éste, mientras le es servido un jarro. -La verdad, es que no les ha faltado mucho, y ganas había-
-Bueno, qué ha pasado. Sospecho por vuestra expresión que Narváez no quiere unirse a nosotros-
-Sospecháis bien. Llegué a su campamento poco antes de la caída de la tarde y me presenté ante él. En principio se alegró creyendo que me unía a ellos, pero cuando le dije que no era esa mi intención, si no más bien averiguar el por qué de su intento de prendernos, comenzó a hablar de traición y de órdenes. Intenté hacerle ver que estamos en nuestro derecho y que la verdad nos asiste, que más le valdría ayudarnos y no intentar detenernos-
Velázquez hace un paréntesis unos instantes para beber un largo trago.
-Se limitó, al ver cuáles eran mis intenciones, a mostrarme las fuerzas con las que cuenta con ánimo de impresionarme. Vienen muy equipados. Muchos arcabuces y casi cien caballos-
-Cien caballos!- Exclama Olid. –Por vida de Cristo que no nos vendrían nada mal- Todos asienten y murmuran entre sí. Velázquez continúa su narración.
-Me dieron lugar en donde reposar y pasar la noche. Algunos de sus oficiales murmuraban por lo bajo, preguntándole por qué no me detenía, pero él se negó en todo momento, haciendo acto de caballerosidad. Es más, me invitó a su mesa al día siguiente-
-Eso nos abre una puerta, aunque solo sea una gatera en la puerta grande-
-No lo creáis. Durante la comida, comenzaron los oficiales a hablar mal de nosotros sin que él dijese nada o lo impidiese, y el que peor, un pariente mío, Diego Velázquez también de nombre al igual que su tío. Yo, como si la cosa no fuese conmigo. Pero ante mi silencio, ellos se crecieron y en un momento dado, mi pariente, el peor, como os digo, comenzó también a tacharme de traidor y habló de ajusticiarnos a todos sin remisión, comenzando por mi persona-
-Un cabrón!, que el diablo lo lleve!-
-Vaya parentela os gastáis, y lo digo sin ánimo de ofenderos- Aguilar levanta su jarro. -Por vos, que habéis tenido paciencia. Y suerte también...-
Velázquez mira al fraile y una leve sonrisa aflora a sus labios.
-Dejadle terminar!-
-Ya poco falta, que en ese momento, cansado de insultos y puyas, me levanto de la mesa con la mano en la espada, y digo bien alto que si alguno de los presentes duda de mi lealtad, de la de Cortés o de la de cualquiera de los que aquí estamos al rey, me lo dijese ante menos testigos y yo le arreglaría las cosas. Propuse cambiar el tema de la conversación, pero mi pariente, levantándose él también, me increpó maldiciendo la casta de Velázquez que corre por mis venas, que se avergonzaba de que algún pariente suyo, tan indigno como yo, llevase su misma sangre, tachándome de desleal por apadrinar y defender la causa de traidores-
Velázquez se detiene, bebe y se toma un respiro entre la expectación levantada por su parlamento ante Narváez y la tensa narración. Los mira a todos. Una ligera tristeza asoma a sus ojos, dando a entender que su embajada no fue cosa fácil.
-No pude contenerme más, saque mi espada y me dispuse a derramar la sangre de mi familia en la persona de un infame. Aunque supongo que él estaba convencido de defender una buena causa. Pero no era necesario tratarme así. Se interpusieron varios oficiales entre ambos, separándonos, desarmándonos y poniendo paz. Narváez me dijo que podía regresar libremente y me entregó de nuevo mi espada, que como digo me había sido arrebatada para evitar que corriera la sangre. Nuevamente algunos oficiales exigieron mi detención, pero Narváez los puso en su sitio. Me pidió disculpas por el incidente, pero también me dijo que nos encontraríamos en el campo de batalla, pues él tenía una misión que cumplir, y era persona de palabra-
-Y lo es, voto a Dios, doy fe!- Dijo Cortés. Caminó pensativo unos minutos de un lado a otro bajo la atenta mirada de todos. Echaba de menos en esos momentos la perspicacia de Alvar. Finalmente se detuvo.
-Es el momento de moverse. No podemos permanecer aquí más tiempo, el que golpea primero, golpea dos veces. Que todo el mundo esté listo, que se recoja el campamento. Señores, salimos al amanecer!-
-Consideráis que es lo más apropiado?-
-¿Tenemos acaso otra alternativa?. No podemos volver atrás, recordadlo, señores. Siempre hacia adelante. Buscaremos un punto, una zona, algo, algún lugar que nos proporcione alguna ventaja, por mínima que sea, sobre nuestros enemigos. Por los clavos de Cristo, todos en marcha!-
El ejercito se puso en movimiento hacia Zempoala resignado aunque con un elevado espíritu de combate, y a poco más de dos kilómetros de la ciudad, en un paraje al lado de un río, se detuvieron en unas casas de precaria construcción que, en caso de necesidad, consideraron que podían ser un buen refugio, donde se mantuvieron a la espera.
Narváez, que también tenía sus espías, al tener conocimiento de la llegada de su adversario, y que éste se había movido, salió al campo con sus hombres, deteniéndose a su vez en un llano a poco menos de medio kilómetro de la ciudad, y allí, distribuyendo a su gente, se dispuso a combatir. Había puesto precio a las cabezas de Cortés y de sus oficiales, dando discursos y conferencias, paseando entre sus hombres, arengándolos con muchos votos a tal y a cual y por vida de este y del otro, para mantener la moral frente a la espera, repartiendo mientras aguardaban el botín de sus enemigos. Vendiendo, al igual que había hecho Velázquez, la piel del oso sin haberlo cazado antes. Esperaba que Cortés lo atacase en el llano, donde la ventaja era suya.
Pero las ideas de éste eran otras, y consciente de su inferioridad numérica, se limitó a mantenerse en su posición, pues en caso de que Narváez quisiese atacarlo, podía hacerle frente cómodamente cuando intentasen cruzar el río.
Mientras, Narváez se cansaba de esperar inútilmente bajo el sol un asalto que no se iba a producir.
Las horas pasaron lentas, el viento cambió su dirección agitando la hierba en los llanos y las ramas de los árboles, mientras que el sol se perdió hacia el oeste y la tarde fue declinando. Negras nubes comenzaron a cubrir el cielo subiendo desde el sur. Una tormenta se aproximaba y no tardó en descargar, cayendo sobre ellos.
Cortés y sus hombres buscaron refugio en las casas, pero sin abandonar la guardia ni la vigilancia.
Narváez, haciendo caso de sus capitanes, a los que la lluvia, los rayos y los ruidosos truenos inquietaban, decidió regresar a Zempoala para guarecerse y ordenando levantar el campo, hacia allí se dirigieron.
Sus hombres no estaban acostumbrados a aquellas condiciones, el intenso chaparrón que caía sobre ellos los había embebido, y el que más tanto como el que menos, protestaban con fuerza jurando y maldiciendo ante la inutilidad de la espera. Si Cortés no los había atacado ya bajo la luz del sol y a pleno día, menos iba a atacarlos en la oscuridad y con aquel aguacero salpicado de rayos con el que Tlaloc descargaba toda su furia sobre sus cabezas. Recibieron con alborozo la orden de regresar, aunque ya todos estaban empapados.
De vuelta en Zempoala tomaron los templos, por ser la zona mejor resguardada y ordenó que se dispusiesen las pertinentes guardias, mientras la mayoría de la gente se retiraba a secarse ante los fuegos y descansar cómodamente. Mañana sería otro día. Cortés no iba a escaparse a ninguna parte.
Entre la gente de Narváez estaba Andrés de Duero, amigo de Cortés, el cual le envió recado avisándolo de la retirada del ejército. El mensajero salió del campamento tranquilamente bajo la lluvia protegido por la oscuridad sin que nadie lo viese ni lo interceptase, siendo capturado poco después por los espías de Cortés, a los que se entregó sin resistencia, pidiendo que lo llevasen ante el capitán. Éste, al saber quién lo enviaba, lo recibió con afecto y lo acogió entre sus oficiales en la casa dentro de la cual se refugiaban, donde lo obsequió con comida y bebida. La intención de Duero era simplemente la de informar a su amigo que, al menos por esa noche, no debería temer ningún ataque, pues todos se habían replegado y reposaban tranquilamente, dándole información de cómo estaban distribuidas las guardias y las defensas.
Cortés no puede creerse su suerte. La ocasión que se le presenta no está para desperdicios. La tormenta continuaba con furia y no tenía visos de remitir pronto, más bien, se abatía sobre ellos con redoblado ímpetu y el viento cobraba fuerza. Decide que es cuestión de aprovechar la coyuntura sin mayores dilaciones. Acuerda con sus oficiales los pasos a seguir basándose en las noticias recibidas.
-Eso significa que podremos descansar nosotros también- Dijo Aguilar animadamente.
-No, señor, eso significa que no nos esperan. Y no son esas mis ideas, no podemos dormirnos nosotros, si no golpear con saña-
Todos se lo quedan mirando, sospechando por sus palabras lo que se avecinaba. Solo Aguilar se atreve a preguntarlo.
-A donde pensáis llegar?. No pretenderéis que...-
-Está claro, hombre. Que la gente se prepare, es nuestra oportunidad. No nos esperan, como estamos viendo. Si esperamos nosotros a mañana, confiando en poder detenerlos cuando intenten cruzar el río, nos aplastarán, mientras que si ahora que sus soldados están durmiendo y descansando, los atacamos y les caemos encima por sorpresa, tendremos una oportunidad de vencerlos. Aunque sea pequeña, debemos aprovecharla. Contamos con la ventaja del tiempo y el que no esperan nuestro ataque-
-Eso es una locura!- Exclama Olid.
-Mayor locura es esperar aquí a que ellos se nos vengan encima. No perdamos tiempo, señores-
-Pero capitán, si están cayendo chuzos de punta...- Observa Aguilar, compungido. La lluvia no le gusta nada.
Cortés se acerca al fraile, pasándole el brazo por los hombros y mirándolo sonriente.
-Aguilar, amigo mío. El cielo nos favorece. Vos sois amigo del cielo y tenéis confianza con él, o por lo menos, alguna influencia, puesto que tanto lo recomendáis, ya que, pese a todo, sois ministro del Creador en esta tierra. Pedidle que continúe así, al menos un par de horas más. Pero mientras lo hacéis, vamos allá- Dándole unas palmadas en la espalda, se vuelve hacia el resto de los reunidos. -Vos, Sandoval, con setenta hombres, formareis un escuadrón. Olid, coged otros setenta a vuestras ordenes, el resto, conmigo-
-Qué tenéis pensado, capitán- Preguntó Olid, levantando la voz por entre el fragor de un trueno y el estruendo del aguacero.
-Por las noticias que nos trae este hombre, apenas han puesto guardias, ya que no nos esperan. Han dispuesto su artillería sobre las gradas de los templos, así que ése será vuestro objetivo, impedirles usarla, tomad los cañones y allí es donde vos, Olid, os dirigiréis con vuestros hombres, apoyando a Sandoval y rodeando los templos mientras él se lanza al asalto. Narváez está en la torre central, yo iré a atacarla con mis hombres-
-Habéis pensado que puede ser una trampa?. Quien nos dice que no es el mismo Narváez el que envió a este hombre con tal cuento?-
-Por que conozco a Duero, y por si no lo sabéis, ya Narváez intentó tenderme una trampa esta mañana. Propuso un parlamento, y deberíamos presentarnos cada uno acompañados simplemente por diez de nuestros hombres. El mismo Duero me informó que Narváez había ocultado otros cincuenta para capturarnos. Su trampa falló, y él lo sabe. No, no intentará otra trampa-
-Por qué no hemos sido informados?-
-Para qué?. La argucia ya estaba descubierta y deshecha, yo no iba a comparecer a la reunión y no era necesaria ninguna preocupación. Eso no es ahora lo importante, si no que el tiempo pasa y todavía estamos aquí. Movámonos!-
Sin más dilación, en pocos minutos, pusieron a su gente en orden de marcha y cruzaron el río bajo el aguacero sin mayores percances.
La luz de los relámpagos ilumina por veces a los hombres avanzando entre los empapados campos hacia Zempoala. Los exploradores regresan advirtiendo que dos centinelas los han descubierto. Consiguieron capturar a uno, pero el otro se dio a la fuga sin que pudieran darle alcance.
-Voto a Dios. Eso cambia nuestros planes, señores- Admite Cortés, apesadumbrado y pensativo. -Si nos han descubierto, es posible que nos estén esperando-
-Tal vez, pero también es posible que el centinela dé un rodeo para intentar evitarnos. No saben cuántos batidores tenemos por la zona-
-Bueno!, sea como sea, apuremos el paso, no les demos tiempo a reaccionar. Adelante!- Grita Cortés para hacerse oír. Sus hombres comprenden que ya no pueden hacer otra cosa y se lanzan campo a través, en silencio, hacia su objetivo, manteniendo un paso ligero bajo la pesada lluvia, pese a que sus ropas empapadas, chorreando agua, han doblado su peso y se pegan a sus miembros, impidiéndoles libertad de movimientos.
Pasada la media noche, están ante la villa. Nadie parece haberlos visto, todo permanece a oscuras y no hay indicios de que los estén esperando. A la orden de asalto entran en la ciudad.
Sandoval, atravesando las embarradas calles, cruzando entre las oscuras casas, en cuyo interior los indios, tal vez presagiando lo que se avecina, permanecen en silencio, se dirige directamente a su objetivo, las gradas de las pirámides, en las cuales está la artillería y cuyos soldados, aunque vigilantes, solo los ven llegar corriendo bajo la pesada cortina de agua cuando prácticamente los tienen encima, con las espadas en la mano, destellando en la oscuridad.
Los invasores suben a toda prisa las gradas y comienza el combate. Pese al ímpetu de la embestida y la sorpresa, no pueden evitar que uno de los cañones sea disparado por un soldado que inmediatamente es abatido. Pero la alarma ya ha sido dada.
La oscuridad y el desconcierto favorecen a los asaltantes, aunque Sandoval se ve rodeado, pues más hombres, al sonido del cañón, van saliendo. Los arcabuces se muestran inútiles, pues la pólvora está húmeda y solo las lanzas y las espadas entonan su mortal cántico metálico cuyo acerado brillo es resaltado por las descargas de los deslumbrantes relámpagos, coreadas por los gritos, juramentos y maldiciones de los contendientes y por los truenos que resuenan sin cesar, creando una irreal escena en una atmósfera de pesadilla, como si retazos de los mismos rayos se moviesen macabramente en los adoratorios. Olid llega en ayuda de Sandoval, con lo que consiguen mantener la posición y poco después, tomar totalmente las escaleras de la pirámide haciéndose con los cañones.
Mientras, Cortés se dirige con sus hombres hacia la pirámide central, donde sabe que Narváez se encuentra. La lucha que sigue es feroz y encarnizada. Españoles contra españoles. Narváez hace acto de presencia peleando a la desesperada. Aunque tarde, comprende que el explorador que poco antes había entrado a toda prisa en sus aposentos avisándolo de que Cortés se les venía encima, tenía razón. Él no había hecho caso del hombre. No lo creyó, y ahora pagaba las consecuencias.
Espada en mano sale al exterior, tras abatir a tres indios y dejar herido a un español, pero aun bien no se deja ver, que una lanza lo golpea en la cara dejándolo sin sentido. El golpe de suerte surte efecto, pues sus hombres, al verlo tirado en el barro, sangrando profusamente por la cara con la mejilla abierta y con un ojo colgando, creyéndolo muerto, ofrecen menos resistencia, mientras su capitán es rápidamente recogido y llevado, tal vez vivo, tal vez muerto, no lo saben, por los asaltantes.
La lucha cesa poco después, ante los gritos de victoria por parte de éstos últimos y al correrse la voz de que Narváez ha muerto.
Pero este no ha muerto, solo ha perdido un ojo a consecuencia del golpe y pronto es curado y encadenado. Cortés ordena detener los gritos de victoria y rápidamente se encarga de que sus hombres pregonen un indulto general para todos aquellos que se entreguen sin más resistencia deponiendo sus armas. La dispersión y la confusión bajo la lluvia son absolutas entre los seguidores de Narváez. Aquellos hombres están allí por el oro, no por política, y no tardan en entregarse para intentar unirse a Cortés.
Las restantes horas de la noche transcurren curando heridos y revisando tanto las nuevas fuerzas que se unen a su ejército como contabilizando las armas y provisiones de las que ahora disponen.
Con la llegada de las primeras luces hacen su entrada en la ciudad los dos mil soldados indios que se esperaban, y aunque su llegada ya es innecesaria, son cordialmente recibidos.
A lo largo de la mañana, Cortés va recibiendo a los oficiales de Narváez, a todos hace la misma proposición, o unirse a él en su conquista, o regresar libremente a Cuba. Sin ninguna excepción, todos, así como sus hombres, se unen a él. Solo Diego Velázquez, el sobrino del gobernador, y Salvatierra, cuyo caballo fuera robado pocos días antes, los cuales habiendo mantenido un foco de resistencia sin entregar las armas, fueron reducidos y encarcelados al abandonarlos sus hombres.
Los recuentos finales dan más de mil soldados en total con los que ahora cuenta Cortés, abundantes provisiones, cien caballos, armas y municiones en cantidades suficientes y dieciocho naves, a bordo de las cuales envía a Lugo con la orden de descargarlas y desmantelar velas, jarcias, timones y todo aquello que les pueda ser de utilidad.
Una vez conseguida la victoria, fidelizada la gente de Narváez ahora a su causa, y con un problema menos sobre la cabeza, Cortés vuelve sus pensamientos a Tenochtitlán. Alvarado se había quedado allí con pocos hombres y no tenían ninguna noticia de ellos.
También lo preocupa la suerte que pueda haber corrido Alvar. Ordena que todos se preparen para salir de nuevo hacia la capital mexica, ya que allí no hay nada que hacer. Sandoval deberá regresar a Veracruz, mientras que Ordaz deberá salir al frente de doscientos hombres rumbo a Guazacoalco y Velázquez de León, con otros doscientos, a la conquista de Panuco, para reunirse con él en cuanto cumplan su misión.
Pocas horas después, cuando ya los preparativos están listos y todo a punto para el camino, un exhausto soldado se presenta ante Cortés con una carta de Alvarado. Al ver la carta, Cortés siente como si el corazón le diese un vuelco, consciente aun antes de leerla, de que aquella misiva solo tiene malas noticias. En presencia de los oficiales, la abre y la lee en silencio, con el semblante pálido. Luego, mira con atención a sus hombres, antes de hablar. Su cara expresa la gravedad de la situación.
-Señores, tenemos aquí una carta urgente que acaba de llegar y nos dice lo siguiente: Alvarado nos advierte que regresemos inmediatamente, ya que los mexicas se han alzado en armas en Tenochtitlán, cercando a los nuestros y agrediéndolos con insistentes asaltos. Si no partimos cuanto antes, Alvarado, sus hombres y toda esta conquista, corren el riesgo de perderse en la nada...-
lunes 21 de febrero de 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
