CUANDO LOS DIOSES REGRESEN
(Novela por entregas)
David Posse
CAPITULO DOCE
Las noticias llegaban con cierta regularidad a Veracruz gracias a los mensajeros Zempoales que iban y venían continuamente, manteniendo informados tanto al cacique como a los españoles. La ciudad al mando de Escalante ya estaba prácticamente construida, la mayoría de sus casas terminadas, rematadas y habitadas, con sus muros y defensas convenientemente reforzados. Por mediación de los mensajeros habían tenido noticias de todo lo ocurrido en Tlaxcala y en Cholula, las batallas, las traiciones y las victorias, la marcha sobre Tenochtitlán y la entrada de sus compañeros en la ciudad.
Uno de sus más jóvenes soldados, ya antes de la marcha de Cortés, había comenzado a aprender la lengua de los nativos, mayormente a través de una joven y linda indiecita, y ahora servia de interprete, aunque con el lógico trabajo, pues aún le quedaba al muchacho bastante por aprender. Pero sus compañeros decían que, dado el tiempo que pasaba con la joven, pronto la dominaría, voto a tal. La lengua, no a la joven, como se preocupaban de aclarar entre risas.
La tranquilidad que reinaba en la ciudad se vio rota una mañana en que varios caciques Totonacas con aspecto compungido se presentaron ante Escalante con la noticia de que sus tierras estaban siendo impunemente arrasadas por los ejércitos de Moctezuma. Opinaban los caciques que aquellas incursiones seguramente eran una venganza por haber dejado de pagar los impuestos, obedeciendo las indicaciones de los españoles, y que haciendo honor a la palabra dada por su capitán, venían en busca de su ayuda. El joven traductor trataba de realizar lo mejor que podía su labor.
-Diles que no se apuren, muchacho, que reuniremos unos cuantos hombres y algunos escuadrones de indios, y por vida de Cristo, que saldremos a hacerles frente a esos botarates. Adviérteles también que necesitamos que pongan sus soldados a nuestra disposición-
Escalante, en el fondo, no estaba seguro, tal vez debiera enviar aviso a Cortés, pero la duda que se le presenta es que mientras los mensajeros van y vienen, los mexicas seguirán arrasando, y eso podía restarles credibilidad ante los indios. Y eso, nunca, voto a este y al otro y al de más allá.
Tras mucho darle vueltas, toma la decisión de convocar a sus hombres. Cortés lo ha dejado a él al mando y es posible que no viese con buenos ojos su indecisión. Ante todo, lo primero que hace es solicitar soldados entre los caciques indios para completar sus fuerzas, los cuales prometieron poner a su disposición un gran numero de hombres. Mientras estos se reunían, envió dos mensajeros al general mexica con la orden de suspender inmediatamente los ataques, pues tanto su emperador como el capitán español estaban juntos en la capital de imperio, y aunque en el fondo, lo sospechaba, no creía que el general mexica cumpliese ordenes del emperador cuando éste mismo había recibido a Cortés en la capital, y en esos mismos instantes deberían encontrarse ambos deliberando, por lo cual, se le escapaban las razones de su incursión.
Poco más tarde regresan los enviados con la respuesta del mexica. Éste entendía perfectamente cuales eran los deseos de su emperador. Y si alguien intentaba oponérsele, quienquiera que fuese, defendería sus ordenes con resolución por la fuerza de las armas, lo que venia a decir que Escalante haría muy bien en meterse en sus asuntos.
Las sospechas de Escalante que el general cumple ordenes de Moctezuma se vieron confirmadas por ésta respuesta, y dándose a todos los diablos decide no seguir perdiendo el tiempo en deliberaciones. Con los dos mil indios proporcionados por los caciques y cuarenta españoles que juran, maldicen y reniegan, sale de Veracruz rumbo a las montañas para enfrentarse al general, que según los informes recibidos, disponía de unos cuatro mil hombres.
Se adentran por entre las colinas en busca de los incursores, y éstos, al tener noticias de que los españoles venían a por ellos, no lo dudaron. Qualpopoca, el general mexica, les salió al encuentro con toda la intención de presentar batalla. Y malditas las ganas que tenía Escalante. Los españoles sacaron aceros, y con muchos Santiagos, Españas y reyes, se les fueron encima.
Ambos ejércitos se enfrentaron en un pequeño valle, poco antes de la salida del sol, y la batalla no tardó en comenzar, pese a que los mexicas doblaban en numero a los españoles y sus aliados. Las dos fuerzas chocaron con estrépito y los gritos de ambos ejércitos contendientes llenaron el pequeño valle, poco antes de que los rayos del sol lo alumbrase bañando con su luz la carnicería mientras la verde hierba se teñía con el carmesí de la sangre.
Las armas y la mala leche de los españoles al comprender que poco botín iban a sacar de aquella gesta, pronto consiguieron inclinar la batalla a su favor, y aún el sol no había terminado de asomar tras las cumbres cuando los mexicas emprenden la huida, dejando varios cientos de sus hombres muertos o heridos en el improvisado campo de batalla.
Escalante y sus hombres, en compañía de los Totonacas, salen alegres en su persecución, animados por la victoria que acaban de lograr, y acosan a los mexicas en las montañas. Sin embargo los Totonacas que lo acompañan, poco a poco van abandonando la formación sin molestarse en dar explicaciones, primero en pequeños grupos, luego abiertamente, dejando a los españoles prácticamente solos. Apenas unas docenas de indios continuaron a su lado.
Esto no importa a Escalante, pese a que sus oficiales le recomendaban regresar, ya que si los Totonacas no defendían sus propias tierras, era absurdo el hacerlo ellos solos, voto a tal, pero éste, con la sangre hirviendo por el fragor de la batalla que se avecinaba y la tensión de la cacería, ordena continuar la persecución sin descanso. Según contestó a sus hombres, era cosa del honor, y el honor no admitía condiciones, voto a tal y a cual.
A la caída de la tarde llegan ante la pequeña población en la cual los mexicas han buscado refugio. Pese a todo, Escalante es consciente de la inferioridad numérica, por lo que decide, antes de un ataque frontal, tratar de dispersar a sus enemigos. Ordena rodear la aldea y prenderle candela por distintos puntos.
Cuando ya las llamas se elevan al cielo, despejando las sombras que se les vienen encima, y los mexicas, desbaratados y en desorden buscan por donde escapar, encerrados en su propia trampa, los españoles cargan en un vociferante grupo, entrando por la puerta principal sin encontrar apenas resistencia. Consiguen abatir a un gran numero de sus enemigos tras duros enfrentamientos, en los que los mexicas, desesperados, rodeados por las llamas y sin tener apenas un hueco por donde huir, pelean a la desesperada, hasta que finalmente consiguen abrirse camino y dispersos, huyen por las montañas.
La victoria sale cara a Escalante. Él mismo pierde la vida en el combate y varios más de sus hombres son gravemente heridos, algunos morirán en los días siguientes. Pero lo peor es que, por primera vez, un español cae prisionero en manos de los mexicas. Un soldado herido es capturado durante la refriega y rápidamente, prisionero, es llevado con los fugados.
Moctezuma se encuentra de nuevo en la azotea. Acaba de visitar el adoratorio y está intranquilo. Ya no sabe qué pensar de la situación. Ahora ninguno de los dioses le ha hablado, todos han permanecido mudos, arrogantes en lo alto de sus pedestales. Aquello es toda una novedad, tras las ultimas visitas en que parecían querer volverlo loco. No sabe como interpretarlo. Como los otros misterios. Aunque bien pensado, aquello no era ningún misterio, era algo normal en figuras de piedra. Lo misterioso había sido lo anterior, con las figuras moviéndose, creciendo, alzándose sobre él, gritándole, insultándolo, empujándolo.
El día está nublado y un frío viento baja desde las colinas, agitando su túnica y susurrándole inconexas palabras de destrucción y muerte en el oído, pero él no parece sentirlo. Sus pensamientos, como siempre caóticos y desordenados, lo tienen sumido en sí mismo, hasta el punto de que no siente llegar al mayordomo que, a toda prisa, ha subido apresuradamente las escaleras y ahora se encuentra con una rodilla en el suelo, a sus espaldas.
El criado permanece sin moverse durante unos minutos, esperando que su amo le dé permiso para hablar, hasta que comprende que éste no se ha percatado de su presencia. Su voz parece un susurro más del viento, cuando, para hacerse notar, habla con rumor quedo.
-Mi príncipe...-
Moctezuma se vuelve, sorprendido, y lo ve semiarrodillado, con la cabeza baja, esperando. ¿Cuanto tiempo lleva allí?. No importa. Ya no importa. De pronto es consciente de la fría brisa. Los presagiantes susurros del viento se han esfumado, arrastrados por éste. Observa las cumbres de las montañas, cubiertas de nieve.
-Dime, por qué me molestas-
-Mi señor, os esperan en el salón, al parecer hay noticias, grandes noticias-
-¿Grandes noticias, dices?. ¿Que entienden esos ineptos por grandes noticias?-
-No lo se, mi señor, solo me han enviado a buscaros con ese recado-
El emperador observa de nuevo las nevadas cumbres, la laguna, y baja los hombros. Parece abatido. Dándose la vuelta se encamina hacia las escaleras y las desciende con parsimonia. Ya no cree en las grandes noticias, no espera nada de ellas. Solo traen problemas. El criado se levanta y sale tras sus pasos, siguiéndolo a distancia.
En el salón, los murmullos subidos de tono de sus nobles tampoco le indican nada nuevo. Sin embargo, hay algo... Aquel que aguarda es Qualpopoca. Él mismo lo envió hace dos semanas o tres a castigar a los Totonacas. El silencio cae sobre el salón cuando se dirige a su silla. El general hace una cumplida reverencia. Su cara expresa satisfacción.
-General Qualpopoca- Saluda Moctezuma con indiferencia. -Por lo que me dicen, tenemos noticias. Dime, cuales son. ¿Acaso has terminado tú solo con la resistencia Totonaca?-
El general pasa por alto el sarcasmo y sujetando con más fuerza el bulto que trae bajo su brazo, comienza a desgranar su informe.
-Mi señor, cumpliendo vuestras ordenes, realicé varias incursiones de castigo contra los perros Totonacas. Ya había arrasado varias de sus aldeas cuando sus caciques fueron a pedir ayuda a los extranjeros que están en la costa, construyendo una ciudad-
-Eso ya lo se, general...-
-Al frente de un cuerpo de ejercito Totonaca, salieron a nuestro encuentro y luchamos en las montañas, en un principio, nos desbarataron y nos refugiamos en una aldea, donde nos hicimos fuertes. Conseguimos que los Totonacas abandonasen a los españoles y para cuando ellos llegaron a las casas estaban prácticamente solos. Prendieron fuego a la aldea y entraron contra nosotros. Luchamos bravamente, mi señor, pero finalmente tuvimos que huir, no sin antes haberles causado varios heridos. Graves, mi emperador, quedaron tendidos en el suelo sangrando, pero...-
-¿Cuantos españoles decís que os pusieron en fuga?- Lo interrumpe Moctezuma.
-Unos cincuenta...-
-Si no recuerdo mal, teníais a vuestro mando más de cuatro mil hombres, y apenas cincuenta, os desbaratan y os hacen huir... Habéis herido a algunos. Gran noticia. ¿Por esta noticia me molestáis?. Esto es solo una señal de vuestra incompetencia, y eso no es ninguna nueva. Decidme, ¿como es posible que cincuenta hombres, por bien armados que estén, desbaraten a mis ejércitos y los pongan en fuga?. ¿A esto lo llamáis una gran noticia?. ¡Sois un imbécil!. ¿Sabéis como premiamos aquí a los incompetentes?. Suelen acabar en manos de los sacerdotes-
El general no dio menor importancia a la amenaza y continuó hablando.
-¡Mi señor, capturamos a uno de ellos. Estaba herido y murió mientras lo traíamos!- Mostrándose ofendido y tratando de mantenerse altivo, saca el bulto que lleva bajo el brazo, y con un gesto arrogante, lo tira a los pies de Moctezuma. Las hojas de palma que lo envolvían se abrieron y una ensangrentada cabeza poblada con una espesa barba cayó rodando con golpes secos por los escalones. Todos quedaron petrificados ante la visión.
Moctezuma, pálido como un cadáver desangrado, se levantó de su asiento como si éste estuviese lleno de escorpiones y solo en ese momento se hubiese dado cuenta, observando fijamente con los ojos fuera de sus órbitas la cabeza que rebotó en el ultimo escalón y quedó quieta en el suelo, frenada por la gran nariz.
-¡Miradla bien. No son dioses!- Gritó el general, volviéndose al resto de los presentes señalando la cabeza. -¡Pueden morir como cualquiera de nosotros!-
El indio, recién llegado de Zempoala, se retira luego de ver a Cortés y entregarle una carta de Veracruz. Ya los primeros informes que le dio el mensajero a Marina no le han gustado, aunque las noticias eran vagas, pero sus peores presentimientos toman cuerpo al leer la misiva. Por ella se entera de lo sucedido, de la muerte de Escalante y de algunos hombres más, así como de la desaparición del soldado Argüello, respecto al cual el consejo de la ciudad le comunica que sin duda ha caído en manos de los mexicas durante la refriega, ya que su cuerpo no aparece por ningún lado. También le piden que designe otra persona para tomar el mando de la ciudad. Malas noticias y serios problemas. Con el mayor de los sigilos, aunque actuando como si nada ocurriese, convoca a sus oficiales en su aposento. Cuando ya todos están reunidos y nadie anda paseando por los alrededores, nadie que pueda enterarse de las noticias y hacerlas correr entre los hombres, los pone al corriente de lo sucedido y les entrega la carta, que pasa de mano en mano.
-¡Esto es una desecha, voto a Dios!- Comenta Alvarado.
-Lo sé, pero bajad la voz, condenado sea, es preciso que nadie se entere, al menos de momento. Os he reunido a todos, señores, por que la cosa es seria y tenemos que pensar en un contragolpe-
-¿Un contragolpe?. A qué os referís, capitán- Velázquez de León, que aún está leyendo la carta, no comprende con claridad a donde quiere llegar Cortés.
-Quiero decir que tenemos que pensar en algo. Y rápido, por los clavos de Cristo. Resulta lógico creer que ese general estaba por la zona con sus hombres por ordenes de Moctezuma, no por que se le ocurriese ir allí por su cuenta y ¡hale, vamos a degollar cristianos, que me aburro!. Varias cabezas piensan mejor que una sola. Y es preciso pensar con calma. Mañana por la mañana, al amanecer, nos reuniremos de nuevo, luego de discurrir alguna solución durante la noche, y trazaremos las estrategias a seguir. No podemos esperar nada bueno. Mientras tanto, repito, discreción, señores, mucha discreción-
Los oficiales se retiran con los rostros serios, hablando entre si agrias palabras por la situación, mientras Cortés coge de nuevo la carta, la lee y la relee varias veces. Es necesario saber lo que pasa en la ciudad, qué sucede entre los mexicas, eso para comenzar. La tarde cae lentamente, el sol ya se ha puesto y las sombras se alargan, pero sospecha que la noche se alargará más aún, y maldice, por vida de tal.
Llamando a su criado, le da ordenes para que todos los espías que tienen dispersos por las calles se vayan presentando ante él para darles informes. Los recibirá una hora después de la media noche.
Cortés da vueltas por la habitación mientras otro de sus criados enciende las velas. Su cabeza bulle buscando una solución al conflicto que sabe se avecina. Alguien aparece con queso y vino, y en algún momento, come algo. Se asoma por la ventana y mira al cielo. Las estrellas, pese a que el día amaneciera nublado, titilan como brillantes alfileres clavados en un oscuro tapiz y la luna pone el contrapunto despertando brillos de plata sobre las nevadas cumbres que los rodean y en la superficie del lago, mientras el frío aire refresca su rostro. Los hombres de la guardia van y vienen por el exterior haciendo su ronda y el tiempo se desgrana con una lentitud que se le antoja eterna. Poco después, su criado asoma la cabeza por la puerta.
-Señor, los informantes están llegando-
-Bien, hacedlos pasar. Y buscad a Aguilar, necesito que venga aquí inmediatamente- Con un gesto rápido de su mano despide al criado. Poco después algunos indios, vestidos con ropas mexicas, comienzan a entrar en la habitación. Cortés los recibe amablemente y les hace gestos para que se sienten, acercándoles algunas sillas.
Media hora más tarde, ya son diez los indios que, hablando entre ellos aguardan expectantes, preguntándose que hacen allí y por que han sido llamados. Aguilar no aparece y Cortés se da a todos los diablos maldiciendo a la curia entera, y por los clavos de Cristo, también a la señora puta que los parió a todos. Pretendía despachar a aquellos hombres uno a uno y ahora lo desbordan. Saliendo al corredor, llama de nuevo a su criado.
-¡Por vida del mismísimo Dios!. ¿Donde está ese maldito Aguilar?-
-No lo encontramos señor, hemos mirado por todas partes, no está en sus aposentos-
-Condenado sea, seguro que...- De repente, una idea viene a su cabeza. -Por los cuernos del diablo, ¿habéis mirado en los cuartos de las esclavas?-
-No, señor...-
-¡Pues hale, cuerpo de Cristo!, a ver si se ha perdido y sin querer, ha ido a parar al lecho de alguna. Comprobadlo y traédmelo de inmediato, lo estamos esperando-
El criado salió a la carrera, mientras Cortés, sin saber qué decirles a los indios, pues no lo entenderían, ya que Marina tampoco está presente, y aunque lo estuviese, apenas habla castellano, se dedica a observar con atención los tapices que decoraban la estancia, iluminada por varias velas, mientras los indios murmuran a sus espaldas. Uno a uno fue observando los tapices, aunque sin hacerles demasiado caso. Los coloridos dibujos representaban, mayormente, deidades Aztecas, paisajes o escenas cotidianas.
Uno de ellos, el más grande, llama su atención, pues cubría toda una pared, pero a diferencia de los demás, no llega hasta el suelo, y allí, en aquel trozo de pared que quedaba a la vista, apenas dos dedos entre el tapiz y el suelo, se podía observar una pequeña diferencia en el revoque, claramente visible pese a la mala iluminación proporcionada por las velas. Se acerca agachándose para observar aquello más de cerca cuando Aguilar aparece en la puerta. Cortés se alza al verlo entrar.
-¿Me buscabais, capitán?-
-Condenado seáis, mis criados llevan horas buscándoos, nuestros informantes están hartos de esperar a su traductor. ¿Donde os habéis metido?-
-He estado ocupado...-
-¡Ya!, no sería con las esclavas...-
-Pobres almas perdidas, señor, a las que es preciso enseñar la fe verdadera-
-Y se la enseñáis en el lecho, sobre ellas en posición horizontal y la verga en caliente entre sus piernas. ¿No?-
-¡Por vida de Cristo, infamias, señor capitán!. ¡Quién osa acusarme de tal!. ¡Calumnias y falacias!- Aguilar intenta parecer ofendido, mira con disimulo por la ventana y luego dirige sus ojos hacia los indios reunidos.
-Bueno, allá vos, y si ellas os aceptan. Pero no las quiero preñadas, tenedlo presente, las mujeres preñadas y los niños son un estorbo y un lastre para cualquier ejercito. Ahora a lo nuestro, acabemos con esto, es preciso que averigueis de estos hombres si tienen alguna noticia, principalmente, si han notado algún cambio de actitud entre los mexicas, algo, cualquier cosa que les haya llamado la atención, sobre todo en los últimos días-
-¿Teméis que se esté preparando una asonada?- Aguilar lo observa con atención. No es normal que aquellos espías se reúnan a aquellas horas, si lo sabrá él, y la inquietud de Cortés es perfectamente visible.
-No lo se, pero es una posibilidad, y lo mejor es prevenir, que para eso están ellos. A ver qué dicen y por vida de Cristo, ¡dejaos de preguntarme a mi, es a ellos a quienes tenéis que interrogar, voto a tal!-
Aguilar hace una cómica reverencia aceptando el reproche y habla durante varios minutos con los indios, los cuales, uno a uno, van dando informes de lo que han podido ver y averiguar mientras la tenue luz de la luna penetra por la ventana, eclipsada por las humeantes velas que iluminan el cuarto. Finalmente, se vuelve hacia Cortés.
-En principio, parece ser que el pueblo llano está contento y se alegra de nuestra presencia. Entre la nobleza las cosas son un poco diferentes. Parece que últimamente se forman corrillos y andan un poco intranquilos manteniendo cónclaves secretos, y a veces se les escapan algunas palabras sueltas. Se hace referencia a los puentes de las calzadas, principalmente en lo referente a las facilidades que hay para romperlos, o bien algunas conversaciones sobre cegar los canales, cosas por el estilo-
Aguilar parece preocupado él también con aquellas noticias. No entiende aún nada pero comprende que algo está sucediendo. Y si ese algo preocupa a Cortés, tiene que preocuparlos a todos. Carraspea y se lleva la mano a la garganta como si le picase, pasándose el dorso por la boca. Tanta preocupación es agobiante.
Cortés entiende la indirecta y le sirve un jarro de vino, que el fraile saborea con delectación.
-Pero hay algo más, señor, también han dicho algo inquietante y que me angustia. Una noticia que, de ser cierta, es grave. Dos de estos hombres, al parecer, se han enterado de que hace pocos días, alguien le trajo a Moctezuma la cabeza de un español como regalo, y que éste ordenó que la escondiesen. No sabía que hubiese muerto alguno de nuestros hombres...- El fraile se lleva el jarro a la boca dando otro sorbo mientras Cortés permanece pensativo.
-Podéis agradecerles sus informes, si ya han terminado, y decidles que se retiren-
Cuando los indios se han marchado, Cortés se sirve para sí un jarro y llena de nuevo el del fraile.
-Decidme, qué está pasando...-
-Mientras vos os encontrabais ocupado llevando la luz de nuestro Señor por mediación de vuestra verga a las esclavas, llegó esta carta de Veracruz-
Cortés le tendió la carta al fraile, el cuál la leyó en silencio. Al terminar, le dio otro largo sorbo a su jarro.
-Esto es grave. Ahora sabemos que efectivamente, alguien, con toda seguridad alguno de sus generales, el que incursionó en las montañas y contra el cual luchó Escalante y sus hombres, fue el que le llevó la cabeza de este pobre desgraciado. Que el Señor lo acoja...-
-Una cosa es segura, debéis, al igual que todos los demás, guardar silencio sobre esto. De momento, el resto de la tropa no tiene por qué saber nada, mientras tratamos de idear un plan. Ahora, iros a descansar o a convertir esclavas o al mismísimo infierno, pero mañana al amanecer, os quiero aquí junto con el resto de los oficiales. Procurad pensar en algo útil. Y hablando de pensar, me gustaría saber a cuantas nativas habréis convertido allá en la selva, y cuantos bastardos habéis dejado atrás-
-Me ofendéis, capitán- Contestó Aguilar, levantando la barbilla.
-El que se pica, ajos come, Aguilar. Descansad-
Poco después de haberse retirado el fraile, y mientras se está desnudando para tumbarse, recuerda la diferencia del revocado que había observado tras el tapiz. Cogiendo una vela, se acercó de nuevo al paño y lo observó con detenimiento. Sujetando por una esquina levantó éste. Allí detrás se podía observar claramente que hasta no hacía mucho tiempo había una puerta en aquel lugar, y que aquella puerta había sido tapiada a toda prisa. Golpeó la pared en diversos sitios con sus nudillos y con la empuñadura de su daga, pero la hormaza era de piedra y no sonaba a hueco. La recorrió con sus manos, pudiendo comprobar que la obra estaba bien ejecutada. De no haber sido por la ligera diferencia del revoque, nunca nadie hubiese podido sospechar nada.
Regresó a su cuarto. Durante unos instantes, pensó si enviar a buscar a Marina que lo acompañase, pero cambió de idea. Mañana sería otro día. Otro movido día, voto a tal.
Sentados alrededor de la mesa, poco después de salir el sol, con diversas viandas que los criados estaban sirviendo distribuidas sobre la mesa para el desayuno, la mayoría de los oficiales de confianza de Cortés hablaban entre ellos de cosas sin importancia, esperando que los criados terminasen y se retirasen para poder entrar en materia. Antes de que los criados se marchen, Cortés les ordena traer algunas barras de hierro. Todos observan con atención a su capitán.
-Señores, ya todos saben el por qué estamos aquí reunidos. Aparte del tema por el cual habéis sido llamados, tenemos dos cuestiones más. La primera, ayer por la noche, después de que os fuerais, convoqué a nuestros espías, Aguilar, aquí presente...- Cortés mira a los reunidos, pero el fraile no es uno de ellos. -¡Condenado fraile que Cristo confunda!- Exclama.
-Habláis de mi, lo noto. Me zumba un oído. No es buena señal- Dice este alegremente, entrando en ese instante por la puerta. Cortés le dirige una seria mirada antes de continuar disertando.
-Aguilar, como decía, los interrogó y los espías nos contaron curiosas noticias. Por ejemplo, que algo se está tramando en secreto, aun no sabemos bien lo qué, pero corren rumores entre la nobleza-
-Qué clase de rumores- Se interesa Alvar.
-Todavía no lo saben con certeza nuestros espías, pero al parecer, hay reuniones secretas, y lo peor de todo. Alguien, probablemente el mismo general contra el que luchó Escalante, ha regalado a Moctezuma la cabeza de un español. No hay duda de que se trata del mismo capturado en las montañas. Por vida de Cristo que ya conocemos su fin-
La noticia provoca, primero, un silencio tenso, luego, todos rompen a hablar a la vez con mucho hierro sonando. Las conversaciones se ven interrumpidas por la llegada de uno de los criados portando varias barras de metal.
-Vuestro encargo, señor-
-Dejadlas aquí, contra la esquina, retiraos y encargaos de que nadie nos moleste, no quiero a nadie por los pasillos cerca de la puerta, y disponed guardias en los extremos para cumplir mi orden-
-Si, señor, avisare a la guardia-
Los pasos del criado resuenan alejándose por el corredor. Todos observan las barras y luego a Cortés.
-Vuesas mercedes se preguntaran para qué las barras. Bien, esa es otra de las cuestiones-
Acercándose al tapiz, lo arranca tirándolo al suelo. Ante ellos la pared, desnuda, muestra señales de la puerta tapiada, la cual es perfectamente visible. Varias exclamaciones de sorpresa y algunos juramentos ponen la banda sonora.
-Esta noche observé por debajo del tapiz algo que llamó mi atención. Una vez que los indios se fueron, di rienda suelta a mi curiosidad. Y por los clavos de Cristo que esto es lo que encontré-
-Esta puerta fue tapiada hace poco-
-Si, precisamente, pero ¿por que?. ¿Y qué oculta?. Pues eso es lo que vamos a averiguar, cuerpo de tal. Agarren vuesas mercedes las barras y adelante, manos a la obra. Salgamos de dudas-
Varios hombres comienzan a atacar con ímpetu la pared. El mortero aún está fresco y pronto abren un gran hueco por el que penetra tranquilamente el torso de una persona. Los hombres siguen trabajando y poco después, la puerta a quedado al descubierto. Lo que encuentran en la habitación de al lado los deja a todos sin aliento.
-¡Jesucristo bendito!- La expresión parte de Olid, que no puede contenerse ante el espectáculo que se ofrece a sus ojos. Sus propios compañeros no pueden creerse lo que están viendo y lo contemplan extasiados. Oro, se murmuran unos a otros.
La luz de las velas y antorchas que portan, ilumina y arranca destellos en las montañas de oro amontonadas apresuradamente, ocultas en aquella cerrada estancia tras la tapiada puerta para que los españoles no las descubriesen. Pues mira tu, pensaba Cortés.
-Por todos los diablos...-
Todos observan el tesoro. Ni en sus más delirantes sueños imaginaron nunca nada semejante.
Durante varios minutos recorren la estancia armados con velas y antorchas que despiertan ocultos fulgores y brillos, subiendo y bajando por las doradas y deslumbrantes montañas, soltando por vidas de y votos a todo, mientras hunden sus manos en los montones que se alzan ante ellos. Barras, joyas, vajillas, perlas, gemas, todo lo tocan y lo vuelven a tocar, lo sopesan, lo tasan. La cueva de Ali Babá no hubiese tenido ningún significado para ellos, una bolsa de calderilla, comparado con lo que allí ocultaba el emperador.
-Dejemos todo como está, señores, no podemos permitir que los mexicas sepan que hemos descubierto su caja de caudales- La voz de Cortés suena grave y severa. -Tiempo habrá para llevarnos todo esto. Salgamos-
Con gran pesar y más grandes maldiciones abandonan la estancia.
-Vamos, señores, volvamos a colocar las piedras y pongamos de nuevo el tapiz, ya los criados se encargarán de limpiar la estancia. Huelga decir que debemos mantener el más absoluto de los secretos respecto a éste descubrimiento, al menos, de momento. Me pregunto en qué pensaba Moctezuma cuando decidió esconder aquí su oro y alojarnos luego a nosotros-
Con pena en sus almas, comienzan a taponar de nuevo la puerta, los escombros sobrantes los tiran dentro de la habitación, el resto son amontonados contra una esquina, colocando de nuevo el tapiz en su lugar.
-Bien caballeros. Ya hemos desvelado un misterio, ahora viene la parte espinosa. Sabemos ya que Moctezuma ha ordenado el ataque en el cual consiguieron la famosa cabeza, ahora toca decidir los pasos a dar. Seamos conscientes de que si lo dejamos sin castigo, terminaremos por ser la burla, perderemos nuestro crédito, y con él nuestros aliados. Y con seguridad también las vidas, voto a Cristo. Espero vuestras opiniones-
Velázquez de León alza la voz mientras coge un trozo de queso para llevárselo a la boca.
-Tal vez debamos marcharnos ahora que podemos, despidámonos de Moctezuma dando por finalizada nuestra embajada y regresemos a Veracruz!- Y le da un mordisco al queso, masticando con parsimonia. Ordaz es de la misma opinión, aunque con otros matices, ahora que han descubierto el oro.
-Pardiéz, que no creo que nos dejen llevarnos esto así como así, de buenas a primeras. Yo creo que lo mejor es, ahora que tenemos estas riquezas a nuestro alcance, que las cojamos y nos marchemos como almas que lleva el diablo al amparo de la noche- Dice Alvarado, poniéndose en pié con energía.
-Señores, seamos sensatos, lo mejor es pasar por alto el detalle de lo ocurrido en Veracruz. Hagamos como que nada ha pasado, saquemos aquí el máximo beneficio antes de retirarnos. Podemos ir sacando todo este oro poco a poco sin que se enteren. Eso es lo que pienso- Olid toma su jarro y bebe tras exponer su idea.
-Olid, tenéis el seso del revés. ¿No escucháis lo que se está diciendo?. En cuanto los indios se enteren de que hemos descubierto esta sala y estamos al corriente de sus trampas, no duraremos mucho. Creo que deberíamos pensar en que tal vez no tarden en enterarse, y desde luego, voto a Dios que no estarán nada contentos con que les robemos sus tesoros en sus narices!- Lo increpa Velázquez de León.
Cortés escucha en silencio. Casi todos van dando su opinión, las discuten y las defienden con acritud, pero ninguna lo convence. Solo Alvar y el fraile permanecen en silencio. Alvar por su natural silencioso, el fraile, por que no tiene nada que decir. Resulta obvio que no se ha pasado la noche en vela. Al menos, no pensando una solución... Cortés se levanta.
-Alvar, estás muy callado, no has dicho nada. Me gustaría saber lo que piensas-
Todas las miradas convergen sobre Alvar.
-No se qué decir, no se me ocurre nada, al menos nada bueno, pues el problema es grave. Tal vez más de lo que pensamos. Veréis, yo creo que no podemos pedir ahora licencia al emperador, puesto que nos hemos abierto paso hasta aquí con la espada en la mano y a la fuerza. Él y su pueblo, como ya sabemos, nos consideran seres superiores, enviados de los dioses, basándose en sus leyendas, pero no creo que por eso nos dejen llevarnos su oro. Si ahora nos retiramos como si nada hubiese pasado, lo más normal es que termine recelando, y necesitamos tenerlo de nuestra parte para cuando llegue el momento de marcharse, si es que llega, o estaremos perdidos. Si nos pierde el respeto, nos atacará sin mayores dilaciones. Marcharse ahora o ceder es perder todo lo ganado-
Alvar se inclina sobre la mesa y también coge un trozo de queso. Todos asienten y murmuran, pues lo que dice es razonable.
-Si no nos autoriza a marcharnos, pues tanto de lo mismo, estamos rodeados, solo tiene que ponernos cerco y terminaremos muertos, de hambre, de sed... No podremos comernos el oro. Es bastante indigesto y no alimenta- Para dar énfasis a sus palabras muerde el queso con más ganas, y traga el bocado antes de continuar.
-Lo de marcharnos ocultos en las sombras de la noche, pues tampoco lo veo claro. Nada le impide enviar sus mensajeros por delante de nosotros y que sus ejércitos nos cierren el paso, además, eso nos convertiría en fugitivos ante los ojos del resto de los pueblos que ahora son nuestros aliados, los cuales, viéndonos escapar, pues lo más normal es que nos retiren sus alianzas, y probablemente, sospechando que los dejamos solos ante el tirano, también nos ataquen para congraciarse de nuevo con él. No, creo que eso tampoco es la solución- Termina por comerse el queso y mantiene el silencio. Todos lo observan, esperando, pero él se sirve un poco de vino y toma otro trozo de queso.
-Y cual es tu solución, voto a Cristo- Pregunta Cortés, impaciente.
-No hay ninguna solución, al menos, yo no la tengo. Hagamos lo que hagamos, tendremos que pelear. Estamos aquí y debemos mantenernos. No tenemos otra opción. tu mismo lo dijiste, Hernán. La retirada no es una opción-
-Tienes razón. No lo es. Entonces, señores, nos mantenemos, pero tras escucharos sin llegar a nada, se me ocurre que, puesto que el general actuaba por orden de su emperador, y éste está al corriente de lo sucedido, debemos pedirle responsabilidades-
Todos hablan a la vez. La pregunta general es ¿como pedir responsabilidades a un emperador?. Cortés levanta las manos pidiendo silencio. Poco a poco las conversaciones cesan.
-Sabemos que Moctezuma ha ordenado la incursión de su general, ha roto la paz y nos ha atacado mientras estábamos en una embajada pacífica y bajo su protección. Usaremos como pretexto esto, no tenemos nada mejor, y por otro lado, es el mejor de los pretextos. Qué mejor que la muerte de nuestros hombres para detenerlo y traerlo aquí, a nuestro cuartel. Con él aquí, por vida de Cristo que nadie se atreverá a atacarnos!-
-Estáis loco!?- Claman todos a la vez. -Nos matarán solo por intentar detenerlo!-
-Calma, un poco de calma. El mundo es de los audaces, y ya no tenemos otra salida que ser audaces. Es la diferencia entre morir rico o morir pobre- Cortés levanta su jarro proponiendo un brindis, dando por concluida la discusión. Ya tienen solución, ahora solo hay que pulir detalles.
-Quiero que tengas todo listo- Dice Alvar a Nanco entrando en su habitación. -Esto no me gusta nada-
-Por qué- Le pregunta ella, acercándose a él. –Qué ha pasado- La túnica con la que se cubre apenas oculta sus formas.
-Quieren ir a detener a Moctezuma-
-¿Como?. Se han vuelto locos?- Ella lo mira ahora con una sombra de preocupación en su cara.
-No lo se. Parece que soldados de Moctezuma han mantenido un combate con los hombres que quedaron en Vera Cruz. Algunos han muerto de las heridas, pero han capturado un prisionero, y le han llevado su cabeza al emperador-
-Lo entiendo. Tenochtitlán está perdida y su ruina se acerca, lo se...- Murmuró por lo bajo, agachando la cabeza, su cabello deslizándose sobre sus hombros.
-¿Qué estas diciendo?. No te entiendo-
-No importa, no es nada, no te preocupes. Tendré las cosas listas por si tenemos que irnos. Iré a las cuadras, a comprobar los caballos-
-No, espera, de eso ya se encargarán los criados. De momento, no sucede nada. Esta tarde, aprovechando la visita que suelen hacerle a Moctezuma, Cortés aprovechará para detenerlo, es posible que nos ataquen, por lo que quiero que estés lista. Sabes donde están las armas, coge una espada, sé que sabes manejarla, y tenla a partir de ahora al alcance de tu mano-
-No te preocupes, estoy segura de que no va a pasar nada- Una sonrisa aflora tenuemente a sus labios mientras acaricia las facciones del hombre.
-Me gustaría tener tu seguridad, ¿sabes?, voto a Cristo que si. Unos cuantos aventureros vamos a detener a un emperador en su corte rodeado de su propio ejercito, y tu me dices que no va a pasar nada-
La estrechó con fuerza entre sus brazos.
Alvar forma parte de la comitiva que como siempre, rinde visita al emperador. Moctezuma los recibe con cordialidad, como también es su costumbre, aunque ésta sea fingida y solo sirva para ocultar sus dudas y temores. Al igual que hace cuando finge escuchar atentamente todo lo que le dicen, aunque ni le importe ni le preocupe lo más mínimo. Aguilar y Marina escoltan a Cortés mientras éste se sienta frente al mexica.
Cortés no se anda con rodeos, y tras los saludos de rigor expone la cuestión. Sus hombres permanecen en el patio exterior atentos a la puerta, cubriéndola, actuando como con desgana, lo cual es normal, pero manteniendo los ojos abiertos y las manos en las armas.
-Mi señor, debo poner en vuestro conocimiento que uno de vuestros generales ha atacado a nuestros hombres en los alrededores de la ciudad que estamos construyendo. Este general muy probablemente no seguía ordenes vuestras, no lo pongo en duda. Pero de una manera u otra, habéis roto la paz en la cual nosotros llegamos a vuestro amparo y no solo eso, habéis matado a uno de los nuestros. No comprendo, explicadme, ¿por que por un lado nos recibís como a hermanos y por la espalda nos claváis el cuchillo?-
Según Marina va traduciendo las palabras de Cortés, Moctezuma va perdiendo el color y su gesto de cordialidad da paso a uno de franco miedo. En principio permanece callado, pero pronto reacciona, aunque con torpeza.
-Capitán, vuestras acusaciones contra mi persona son graves, ni he ordenado atacaros ni se nada de la muerte de ninguno de los vuestros- Mira a su alrededor, como preocupado. El español asiente en un gesto de complicidad.
-Veréis, como ya os he dicho, no lo pongo en duda mi señor, por vida de Cristo que eso debéis tenerlo presente, pero tenemos un problema, ni mis soldados ni mi rey se darán por satisfechos con estas noticias a menos que, por vuestra parte, hagáis un gesto de comprensión que contribuya a esclarecer esta cuestión. Por eso, he venido decidido, y encarecidamente os ruego y os suplico, que nos acompañéis a nuestro cuartel sin provocar escándalos para poner todo este asunto en claro. Consideraos nuestro invitado- Cortés se reclina en su asiento, dando por finalizada la cuestión.
-Lo que me pedís no es posible. El pueblo no lo permitirá y...-
-Mi señor, el palacio en el que estamos es vuestro, vos mismo vivís allí parte del año, a nadie le extrañará que nos acompañéis a una de vuestras propiedades. Veréis, seréis tratado con todo el respeto que os merecéis, pero ante todo, debéis comprender que tenemos una espinosa cuestión que aclarar ante mis hombres y ante mi rey- Intenta ser persuasivo, pero el emperador no traga.
-No tenéis ningún derecho ni ningún poder sobre mí, los príncipes no nos entregamos prisioneros de nadie ni nos damos a semejantes bajezas- Moctezuma intenta mantener su dignidad, y levanta la cabeza en un gesto grave.
La discusión se alarga. Para evitar caer prisionero de sus huéspedes, Moctezuma ordena que le traigan a su presencia al general Qualpopoca y a sus oficiales, para ser entregados a los españoles acusados de traición. Ofrece también como rehenes y garantes de su persona a dos de sus hijos. Cortés permanece inflexible y no se deja embaucar. No hay sustituto que valga, sabe que si el emperador no lo acompaña libremente tras las acusaciones de las que lo hacen objeto, estarán todos perdidos. En un momento de la discusión, cansado de palabrería que no entiende pero comprendiendo que la cosa no va a ser fácil, Velázquez de León, de un salto, se planta en el centro de la estancia.
-Por vida de Cristo, señores, que ya está bien de cháchara insulsa. Prendámosle de una vez o matémosle!-
Alvar sujeta a Velázquez y lo empuja hacia atrás.
-Guardad la compostura o estamos todos muertos!- Velázquez lo mira seriamente con la mano en la empuñadura de su espada.
-Regresad a vuestro puesto. Ahora!- La orden de Alvar resuena con dureza. Velázquez se da la vuelta y regresa a la puerta.
Moctezuma se dirige a Marina.
-Qué le pasa a este español, señora, que parece descompuesto. ¿Tiene alguna dolencia?. Tal vez mis sacerdotes puedan curársela-
-No, mi señor, no tiene ninguna dolencia más que la de saber que uno de sus compañeros a muerto por vuestras ordenes. Si en algo apreciáis vuestra vida, haced lo que dicen, os lo ruego. Son gente de palabra, y si prometen que seréis bien tratado, lo seréis. De lo contrario, vuestra vida corre peligro y creo que no saldréis vivo de aquí, aunque ellos también mueran en el intento-
Moctezuma baja la cabeza pesaroso. Comprende ahora que sus dioses tenían razón, pese a todas sus contradicciones. Pero ya ha pasado la hora de las lamentaciones. Lo que debía haberse hecho, no se hizo, y ahora ya es tarde para intentar arreglarlo.
-Sea, no tengo por que desconfiar de vosotros. Vamos, os acompañare por que así lo quieren los dioses-
Mandó llamar a sus criados y a sus nobles. A los primeros ordenó prepararle su litera y a los últimos les dijo que se iba una temporada a residir con lo españoles por su voluntad, pues diversos asuntos debían ser tratados en privado. Cualquier cuestión que tuviesen, que fuesen allí a tratarla con él, como si todo fuese normal, puesto que la decisión era suya. Los nobles hacen honrosas reverencias y mantienen silencio. En el fondo, pese a las palabras de su emperador, son conscientes de la situación, y aunque no la aprueban, ni ven con buenos ojos que su señor se entregue sin luchar, aceptan, acatan y obedecen en silencio.
El camino de regreso, con Moctezuma en su litera rodeado de una guardia de españoles, estuvo plagado de incidentes. Algún criado debió correr la voz de que su señor era prisionero de éstos y el pueblo se echó en masa a la calle protestando. El mismo emperador tuvo que ordenar detener su litera y dejarse ver por sus gentes, en un intento de imponer orden.
Por fin, sin mayores problema gracias a la intercesión de Moctezuma, llegaron al palacio. Éste escogió sus propios aposentos y los de sus servidores, mientras Cortés ordenó doblar las guardias y poner grupos de soldados por las calles adyacentes en prevención de posibles tumultos.
Pero nada sucedió.
Tres días después, Qualpopoca es quemado públicamente por traición en una plaza tras ser torturado y haber confesado que solo cumplía ordenes de su señor Moctezuma. Los aterrados mexicas contemplan en silencio el suplicio del general, cómo este arde entre horrendos gritos, sin sospechar que su propio emperador lo ha vendido, el cual, para evitar incidentes, permanece encadenado en el palacio.
De nuevo, Cortés reúne a todos sus oficiales. Las dos ultimas semanas han transcurrido sin mayores percances, el pueblo, pese a la prisión de su señor y la atroz ejecución de su general, parece tranquilo, aunque bastante turbado. El espectáculo no fue de los que se olvidan, pero los espías informan cada vez con mayor frecuencia de aires de rebelión entre la nobleza. De nada sirve el que se permita al mexica salir libremente a sus templos o el recibir a sus nobles y generales para tratar sus asuntos de estado. El pueblo está inquieto y las referencias a los puentes o las calzadas son cada vez mayores.
Luego de diversas deliberaciones, y como prevención por si estos últimos rumores son ciertos, deciden llevar a cabo la fabricación de dos bergantines que les permitan navegar por la laguna. Se nombra a Gonzalo de Sandoval por unanimidad como nuevo encargado de la ciudad de Vera Cruz, en sustitución de Escalante.
Una noche sin luna, uno de los espías, amparándose en la oscuridad, pide ser recibido urgentemente, trae graves e importantes noticias. Es conducido ante Cortés, que inmediatamente manda a buscar de nuevo a Aguilar, el cual, por una vez, está durmiendo en sus aposentos. El indio parece inquieto, eso lo notan todos a la primera.
Monterrey, Olid y León estaban en esos instantes hablando con Cortés, y se quedaron para escuchar las al parecer graves nuevas.
Tras una larga conversación con Aguilar, este, serio, se vuelve a sus compañeros.
-La cosa es mas grave de lo que creemos, ya no se trata solo de rumores de una revuelta, si no de un alzamiento en toda regla. Parece ser que uno de los sobrinos de Moctezuma, aprovechando la ocasión, pretende alzarse con el poder y no tiene mejor idea que, entre otras cosas, desvirtuar a su tío por haberse dejado embaucar y capturar prisionero, reclutar gente de armas y ganarse a los nobles. Dice que hace dos noches se reunieron en secreto en su palacio los caciques de Cuyoacan, Ixtapalapa, Tacuba y Matalcingo, entre muchos otros-
-Por los clavos del mismísimo Cristo, preguntadle si sabe lo que trataron-
-Dice que no, pues nadie pudo acercarse al palacio, fuertemente guardado por sus soldados, pero que luego, por medio de uno de los criados, se enteró de algunas cosas. Al parecer, a hecho un llamamiento a las armas y ha conseguido el apoyo de los otros caciques-
Todos comprenden a la primera la gravedad de aquellas noticias.
-Esto nos puede crear un problema serio. Si este sobrino pretende alzarse con el poder, no tendrá ningún inconveniente en atacarnos, aún con su tío aquí- Alvar, pensativo y preocupado con las noticias, mira por la ventana, dando la espalda a sus compañeros, pero se vuelve para continuar. -Es más, eso lo favorece. Si nos ataca, y su tío muere, no tendrá oposición ninguna para hacerse con el trono. La trampa se vuelve contra nosotros-
Todos permanecen en silencio. Alvar tiene razón, si Cacumatzin, Señor de Texcoco y sobrino del emperador estaba deseando una ocasión para hacerse con el poder, se la están poniendo en bandeja. Cortés toma la palabra, tras meditar unos instantes.
-Entonces solo podemos hacer dos cosas, primera, liberar a Moctezuma y así los planes de su sobrino se quedarían en nada, o segunda, deshacernos del sobrino. Si liberamos a Moctezuma, volvemos a donde estábamos o tal vez peor, pues entonces nada impedirá a éste vengarse y deshacerse de nosotros...-
-Deshagámonos del sobrino- Propone Olid. -Es lo más fácil-
-De fácil no tiene nada. Seguramente tiene una buena guardia a su alrededor y cuenta con un buen ejercito ya a estas horas o no habría reunido a los demás caciques, no creo que sea tan tonto como para hablar por hablar si pretende hacerse con el poder-
-Demos un golpe de mano, igual que Pérez del Pulgar hizo en Granada. Es la única solución. Si lo atacamos abiertamente, con seguridad que nos desharemos de él, pero eso nos granjeará nuevos enemigos y más caciques, fieles a Moctezuma, se conjurarán contra nosotros, pero si el sobrino muere misteriosamente...- Dice Aguilar
-¡Esa es una buena idea, voto a Cristo!. A veces me sorprendéis, Aguilar-
-Tal vez, solo falta saber cómo la llevaremos a cabo- Alvar se vuelve a mirar por la ventana apoyando sus manos en el quicio.
La noche siguiente, una canoa con cinco indios a bordo navega silenciosa por la laguna, a la sombra de una de las calzadas para no llamar la atención desde la ciudad. De los cinco indios, solo tres son tales. Los otros dos son Alvar y un arquero español, Yáñez, famoso por su manejo con tal arma. Siguiendo la calzada reman con ímpetu, llegan hasta la orilla y descienden a tierra cerca de Ixtapalapa. En silencio, amparados por la oscuridad, varan la canoa en la orilla y se pierden entre las sombras. Todos van vestidos como mexicas. Alvar casi nunca usa barba, y Yáñez tuvo que afeitarse para no ser reconocido. Si alguien los ve a distancia, los confundirá sin problemas con cinco indios que andan atendiendo sus propios asuntos o los de sus señores. Durante todo el resto de la noche, caminan en silencio bordeando la orilla entre cañaverales en dirección norte hacia Texcoco.
Con las primeras luces del alba se ocultan entre la espesura al abrigo de un bosquecillo y descansan mientras comen algo de carne seca. Tienen buen cuidado de no hacer fuego y de no delatar su presencia. Duermen tranquilamente entre la vegetación turnándose las guardias, y cuando comienza a ponerse el sol, continúan su camino.
Pasada la media noche entran con sigilo en la ciudad. Si alguna patrulla los detiene, hablarán los indios, explicando que han venido de Tenochtitlán para comerciar. Las capuchas que los cubren, similares a las usadas por los sacerdotes y algunos comerciantes, impiden que en la oscuridad los españoles sean reconocidos. Pero la suerte los acompaña, las calles parecen vacías, aunque de buena parte de las casas todavía salen luces y fragmentos de conversaciones por sus ventanas. Nadie los ve, nadie los detiene, y avanzan tranquilamente por las oscuras ramblas, de sombra a sombra, ocultándose en los callejones para esquivar a las escasas patrullas de soldados, que no esperan una incursión así, hasta llegar al palacio.
El palacio se encuentra en la esquina de una gran plaza, y al igual que el de Moctezuma, su fachada principal ocupa todo un lado de ésta. Hay muchos guardias en la zona y aproximarse por el frente no es posible. Regresan hacia atrás y metiéndose por calles laterales, dan un rodeo y salen a la fachada trasera. Allí hay más oscuridad y menos vigilancia. Algunos guardias hacen acto de presencia por las esquinas siguiendo su ronda y vuelven a desaparecer, al comprobar que todo está en calma, pero no se ve ninguno por los alrededores. Tampoco ven como entrar en el palacio, ni tienen muy claro los pasos a dar. Todo aquello es completamente desconocido para ellos.
Sin embargo, pueden observar como varios sirvientes entran y salen de vez en cuando por un par de puertas. La zona de servicio.
-Voto a Dios que me he dejado embaucar como un botarate, la cosa no parece fácil... Entraremos por allí, o lo intentaremos- Alvar señala las puertas que probablemente conducen bien a la cocina, bien a las habitaciones de los criados, aunque no hay forma de saberlo con seguridad. -No tenemos muchas alternativas, una vez dentro, trataremos de orientarnos-
Bajo las túnicas llevan sus espadas y unos cuchillos de obsidiana. Ningún indio tiene cuchillos de acero y las espadas solo las usarán en caso de extrema necesidad. El arco es un arco nativo y las flechas tienen punta de obsidiana de típica manufactura mexica. Nada, excepto las espadas, que delate la presencia de unos extranjeros en Texcoco esa noche.
-Tendremos que entrar en el palacio, eso está claro- Observa Yáñez. -No creo que el cacique se nos ponga a tiro de pichón así por las buenas, y por vida de Cristo que menos aún por la zona de los sirvientes. Tampoco podemos permanecer aquí toda la noche esperando-
-Por supuesto que no... En eso tenéis razón- Alvar comienza a pensar que tal vez la idea del fraile no sea tan buena y que deberían de haberla preparado con detenimiento, pero ya es tarde para eso. Mirando hacia los indios que los acompañan hace un gesto con la cabeza, indicando el palacio, y aprovechando las sombras se escurren entre los porches, aproximándose con precaución. No tiene ni idea de lo que van a hacer, pero no duda.
Las puertas están abiertas, pues no dejan de entrar y salir criados con cierta regularidad, no hay tampoco guardias a la vista, y con rapidez se deslizan en el interior. Al fondo, un par de sirvientes los ven entrar, pero en la oscuridad los confunden con los suyos, por lo que no les prestan mayor atención y continúan con sus quehaceres. Una vez dentro, las cosas no son mejores. Varios sirvientes van y vienen por los pasillos trayendo y llevando provisiones, ropas, vajillas. Necesitan saber en donde está Cacumatzin, pues, aparte de no conocer el palacio, tampoco saben en donde tiene sus aposentos. Por suerte para ellos la iluminación de aquella parte es mas bien escasa, varias antorchas, repartidas en largos trechos, creando más sombras de las que despejan con su luz, contribuyen a que su avance no sea descubierto.
Poco a poco, escondiéndose en oscuras y vacías estancias unas veces, pasando raudos por los pasillos otras, atraviesan hacia un gran patio interior. Allí, ocultos entre la vegetación que adorna los zaguanes, escuchan y observan.
De una de las estancias superiores vienen voces de mujer y risas de hombre. De pronto, observan con creciente temor como un criado se acerca a ellos. Aun no los ha visto, pegados como están a las columnas y disimulados entre las plantas, pero pronto llegará a su altura. No pueden retroceder sin ser vistos. Si los descubre y da la voz de alarma, están perdidos.
Alvar, sacando su cuchillo de obsidiana, pegado a la columna, espera, conteniendo la respiración, mientras hace gestos a sus compañeros para que se agachen.
En cuanto el criado llega a su altura, cae sobre él tapándole la boca y poniendo la afilada arma en su garganta, lo arrastra con él a las sombras. El hombre abre los ojos como si fuesen a salírsele de las órbitas y en su sorpresa, ni siquiera forcejea, se mantiene quieto.
Alvar susurra a su oído, “Cacumatzin”. Aunque su pronunciación no es buena ni de lejos, el hombre entiende lo que buscan aquellas sombras que lo rodean amenazadoras, y señala a sus espaldas. Con un rápido gesto, Alvar lo obliga a darse la vuelta, en dirección por la que venía el criado y vuelve a susurrar el nombre del cacique, sin soltar la presión que mantiene sobre su boca y apoyando más fuertemente el cuchillo sobre su garganta. Si el hombre consigue llamar la atención de alguien... Prefiere no pensarlo.
Éste levanta la mano de nuevo y señala hacia el oscuro fondo del pasillo. Alvar, sin soltarlo, lo empuja ligeramente para que camine, y pegados a la pared, aprovechando las sombras, los va guiando. Suben una anchas escaleras ocultos por el grueso pasamanos de piedra, agachándose todos cuando dos guardias pasan tranquilamente, hablando entre ellos, al final de las escaleras. Alvar sofoca más aún a su prisionero para que no se mueva y los guardias continúan su camino sin percatarse de nada.
Llegan al final de la escalera, cruzan otro oscuro pasillo que los lleva hacia una galería exterior, que da a la gran plaza. Han atravesado todo el palacio desde la parte trasera. La oscura noche los favorece.
Alvar siente temblar al hombre entre sus manos, que de pronto se detiene señalando una de las puertas al fondo de la galería. Con un gesto de la cabeza, ordena a los indios que se adelanten y abran la puerta. Confían en que al otro lado no esté ningún guardia, y tienen suerte una vez más. Sin embargo, la estancia está oscura, muy oscura. De uno en uno van entrando deslizándose contra la jamba y cierran la puerta tras de sí. No se ve nada y durante largos minutos permanecen sin moverse, esperando que sus ojos se acostumbren a la oscuridad.
El criado hace un gesto y Alvar clava con más fuerza el cuchillo en su garganta, cortando la piel por la presión. Éste gime. Poco a poco pueden ver algo. Distinguen las amorfas formas de algunos muebles, y un liviano retazo de luz que sale por debajo de una puerta. Allí hay otro cuarto. Uno de los indios se acerca silencioso y empuja la puerta con cuidado, muy despacito. Las cosas no podían ir mejor, pues la puerta no está cerrada. Probablemente para que sus ayudantes puedan entrar o salir sin molestarlo, el cacique la deja sin cerrar.
El indio abre la puerta con una lentitud exasperante, milímetro a milímetro hasta que consigue meter la cabeza y mirar, luego se vuelve a Alvar y asiente. Éste, de un tajo, corta el cuello del criado. Lo siente por él, pero no pueden dejar testigos. Por su acento, el criado ha comprendido que son extranjeros y la idea es que todos piensen que Cacumatzin ha sido asesinado por orden de su tío.
Lentamente, lo deja en el suelo, apoyado a la pared, agitando débilmente las piernas, y con pasos ágiles y sigilosos, se aproxima a la jamba, todos esperan, expectantes, y a un gesto de Alvar entran. El cuarto apenas está iluminado por una pequeña antorcha sujeta en la pared del fondo.
El ruido que producen al entrar llama la atención del hombre que está en la cama, que comienza a volverse incorporándose, pero ya una flecha sale disparada del tenso arco y atraviesa su garganta. Aun no se ha recuperado de su sorpresa cuando otra se le aloja en el corazón. Medio incorporado como está, cae hacia atrás muerto sobre el lecho, sujetándose las astas de las saetas, con éstas sobresaliendo de su cuerpo como extrañas plantas que hubiesen brotado de repente. No ha tenido tiempo ni de dar un suspiro.
Pero ahora hay que abandonar el palacio antes de que a ningún sirviente se le ocurra venir a comprobar si su señor está bien o necesita algo. Salen de nuevo a la galería, que, de momento, parece vacía. Alvar se aproxima a la balaustrada y mira hacia abajo por entre los barrotes. Apenas diez metros los separan del suelo, pero son insalvables, pues la plaza continua llena de patrullas. Es preciso regresar hacia la parte trasera y salir por donde entraron. Pero no tienen quien los guíe, y las dificultades han aumentado. De nuevo, pegados a la pared, agachados para no ser vistos desde el exterior, recorren la galería, entran en el pasillo y llegan a las escaleras, cuando los pasos de algunos guardias resuenan, aproximándose. Retroceden hasta la galería de nuevo y desde allí, asomándose apenas por la esquina, observan.
No se trata de guardias, si no de un grupo de criados que desde el pasillo se dirigen hacia la escalera. Alvar tiene una idea, en realidad sabe que no hay otra opción. Haciendo un rápido gesto a sus acompañantes, sale detrás de los criados, uno ocho o diez, que ya comienzan a descender. Todos corren silenciosos por el pasillo y se ponen a las espaldas de los servidores que, absortos en sus conversaciones, no se percatan de que un grupo extraño ha aparecido tras ellos, uniéndoseles con disimulo.
Consiguen atravesar el palacio a la vista de todos sin llamar la atención. Uno de los criados mira hacia atrás y los ve, aquel grupo de otros sirvientes que los siguen y a los que saluda, recibiendo una respuesta por parte de uno de los indios, pero tampoco le da importancia, continuando luego su camino, conversando con el que va a su lado. Son tantos los sirvientes del palacio que no todos se conocen. Aquello favorece a los infiltrados y consiguen llegar a las puertas.
Su suerte se acaba allí mismo, donde uno de los soldados observa algo extraño entre aquellos sirvientes y los llama. Todos se detienen y esperan en silencio. El soldado se aproxima, preguntando algo con voz grave y uno de los indios, haciendo gestos de sumisión, como cualquier otro sirviente, le contesta. El soldado no parece muy convencido y continua aproximándose mientras Alvar y el otro español, con disimulo, se colocan tras los indios intentando pasar desapercibidos. El guardia porta una macana incrustada en afiladas lascas de obsidiana.
Los indios, intentando cubrir a sus compañeros, hablan con el soldado, pero ésta ha visto el arco que porta el español y apartando a los indios, quita la tela con la que se cubren las cabezas. Sus ojos se abren por la sorpresa al descubrir que aquel criado armado con un arco no es uno de los suyos y levanta la macana. Abre la boca para gritar cuando Alvar, con un rápido gesto, le clava el cuchillo de obsidiana por debajo de la mandíbula empujando hacia arriba, atravesando el paladar hasta alojarlo en el cerebro. El golpe es tan salvaje que el cuchillo se parte dentro del cráneo mientras el soldado salta en el aire produciendo un gran estruendo al caer gesticulando y estremeciéndose contra varias vasijas, haciéndolas romperse por su propio peso muerto.
-¡Maldito sea!. ¡Corred!- Susurra Alvar. No hace falta que lo repita. Mientras otros soldados se aproximan corriendo hacia ellos, gritando y saliendo en su persecución, dando la alarma, Alvar y sus acompañantes se pierden entre las sombras de las oscuras calles de Texcoco.
miércoles 9 de diciembre de 2009
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